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EL GRECO

Escrito por Pedro Miguel Lamet

Grandilocuente superproducción que falsea la historia y estética del pintor cretense

Pocas épocas tan fascinantes  y  poco explotadas en el cine internacional como el siglo de oro español y pocas tan aptas para ceder a la tentación de convertir  la vida de sus reyes, santos, escritores y artistas en superproducciones al gusto hollywoodense. Lo malo es que se quedan con lo peor de este tipo de films y por lo general no alcanzan su eficacia. En esta ocasión se trata de una coproducción griego-hispano-húngara de la mano de un realizador cretense, Iannis Smaragadis, ( autor de Kavafis), que nació en Heraklion a unos metros, como él dice,  de donde vio la luz su compatriota Doménikos Theotokópoulos.

Estas películas coinciden  con la actual floración y venta de novelas históricas, que responden a mi entender a dos tendencias: las que, en la línea de Galdós y sus Episodios, cuentan con rigor la historia sobre la base de una trama secundaria de ficción como percha narrativa, y las que la desfiguran sin escrúpulos en aras de impactar al lector. Lo mismo sucede con el cine. El Greco se inscribe en este segundo grupo. Pues, pese a sus defectos, la reciente La conjura de Escorial, respondería al primero.
 
Bien es verdad que la biografía de este pintor afincado en Toledo cuenta con grandes lagunas. Sabemos poco de su infancia y juventud. No es seguro que trabajara en Venecia con el Tiziano, aunque sí es cierto que, después de liberarse de la pintura tradicional griega, influenciada por los iconos, Creta se le quedara pequeña y de allí saltara a Italia donde aprendió de sus grandes creadores y luego a España. Vino con la intención de hacerse pintor de la corte de Felipe II, que a la sazón decoraba El Escorial y, rechazado por éste, a quien no le agradaban sus cuadros, acabó por afincarse en Toledo donde tuvo éxito y ganó y despilfarró sustanciosos ducados, relacionándose con las más destacadas figuras de la época.
 
Pues bien, Smaragadis se inventa un Greco a su gusto, sobre libre adaptación de la novela  El Greco: El pintor de Dios de Dimitris Siatopoulos. Encarnado por el británico Nick Ashdon,  lo convierte en hijo y hermano de rebeldes nacionalistas contra el gobierno de Venecia, y después de incluirlo en la escuela del Tiziano, le inventa a un amigo-enemigo, como antagonista fílmico, el sinuoso sacerdote y luego cardenal Niño de Guevara (Juan Diego Botto), que, transformado en Gran Inquisidor, será la gran amenaza contra la obra y la persona del artista. Dos historias de amor, la de Francesca (Dimitra Matsouka), y la su compañera más estable y modelo, Jerónima de las Cuevas (Laia Marull), completan la trama en el  marco de un variopinto siglo XVI español donde, como en su pintura, luchan la luz y las sombras.
 
Todas estas licencias narrativas estarían justificadas si el film, como suele suceder en estas obras pretenciosas, no sucumbiera al efectismo, la ingenuidad y a veces a la ramplonería. Sabemos que el Greco fue, como buen artista, un tanto excéntrico, que no contrajo matrimonio con su amada Jerónima y que tuvo un hijo natural, lo cual era mal visto por aquella sociedad biempensante. Pero de ahí a presentarlo como un histriónico, que llora, ríe y vocifera a cada rato y como un héroe peligroso que se enfrenta al mundo con sus pinturas en aras de la libertad de conciencia hay mucho trecho. Más creíble, fílmicamente hablando –no históricamente pues en la realidad el amigo que la trajo a España, Diego de Castilla, fue su  fiel protector hasta que acabó sus días- es el personaje de Niño de Guevara, bien interpretado por Juan Diego Botto, aunque no se libere de ciertos tics. Sus enfrentamientos dialécticos con el cretense sobre lo divino y lo humano rayan en la pedantería y la premiosidad, mientras que Laia Marull logra excepcionalmente acercarse a cierta naturalidad dentro de lo que cabe en tan rocambolesco guión. Incluso se parece físicamente a los cuadros.
 
Que Doménikos llegue aparecer como una víctima de la Inquisición, cuando sus dos enfrentamientos históricos  con la Iglesia se redujeron a un interrogatorio  sobre la longitud  de las alas de los ángeles y a un descontento del cabildo catedralicio sobre los personajes que aparecen en El Expolio, no se debe a otra razón que  a la necesidad imperiosa de presentar a su compatriota como casi un santo,  un héroe  nacional de Creta. En realidad se unió con su pintura a la corriente de la Contrarreforma, por ejemplo en su insistencia de pintar a la Virgen.
 
Sin embargo hay que señalar un logro, que sigue siendo frecuente en este tipo de films: la ambientación, el vestuario de Lala Huete, quien traslada las costumbres y la moda  de la época a la pantalla con eficacia pictórica;  y una fotografía trabajada de Aris Stravau, que sin embargo se pasa de preciosista en su intento de recrear las luces y sombras de los cuadros de El Greco (lograda, eso sí, por ejemplo en la recreación en vivo de El entierro del conde de Orgaz). El conjunto  resulta relamido, demasiado puesto, como las pelucas y  los pliegues de la colcha roja donde descansa la amada. Por no hablar de la redundante y omnipresente voz en off.
 
Es sin duda un lujo la música del compositor griego Vangelis, pero lamentablemente se suma a la grandilocuencia de un film, tan lleno de buena voluntad como de falto de valor histórico y equilibrio estético. Las instituciones españolas que han contribuido a los ocho millones que ha costado la película bien podrían, para preverlo, al menos haberse  leído antes el guión.

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