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CUESTIÓN DE HONOR

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Polis corruptos.

La divisa de la policía de Nueva York es «honor y gloria» (Pride and Honor, como reza el título original). Su buena o mala fama afecta a la familia Tierney, vinculada al «cuerpo» durante varias generaciones. El conflicto estalla cuando uno de sus más jóvenes miembros, Ray Tierney, por presiones de su mismo padre, alto mando de la guardia metropolitana, se ve obligado a abandonar el tranquilo Departamento de Desaparecidos para encargarse de detener al asesino de cuatro colegas de Narcóticos que estaban a las órdenes de su hermano Francis.

Cuestión de honor es, pues, como cualquiera puede adivinar, la enésima cinta sobre corrupción policial. En esta ocasión no se trata tan sólo de los sobornos que acepta un grupo de policías neoyorquinos de los traficantes de droga a los que debería perseguir, ni de la violencia inhumana con que también esos agentes del orden se cobran la «protección» de algunos tenderos, ni siquiera de los métodos heterodoxos con que ejercen su profesión arrancando confesiones u falseando pruebas, sino de la honra de la institución a la que pertenecen. El axioma es simple: el buen nombre de la Policía ha de quedar siempre a salvo y, en el peor de los casos, es mejor buscar un chivo expiatorio que culpar a la institución. Aunque haya que mentir, cerrar los ojos o dejar impunes a los corruptos o ineptos.
 
Al igual que en La noche es nuestra, el conflicto ético se desarrolla en el seno de una familia en apariencia sólidamente fundada en una serie de valores que, en realidad, son sólo parte de la «imagen» que se quiere presentar de la misma. Pero para mantener semejantes ficciones (la policía y la familia son sacrosantas) hay que quebrantar esas mismas normas de cuyo cumplimiento alardean.
 
El guión de Cuestión de honor procura escaparse del estereotipo dotando a cada personaje de un cierto desarrollo y progresión dentro de la trama. Sólo lo consigue en algunos casos (la esposa cancerosa de Francis, la ex mujer de Ray). En otros, como en el personaje de Jimmy, cae decididamente en el tópico, tanto en la justificación de su conducta (familia numerosa, bajo sueldo oficial) como en la extrema violencia que utiliza en contraste con su afable y cariñosa actitud en el hogar. Lo mismo cabe decir del «patriarca del clan», encarnado por un Jon Voigt sin ningún carisma, estólido y acartonado.
 
La trama, con todo, está bien contada y el film se sigue con interés, aunque no haya sorpresas y el asunto, finalmente, se resuelva por derroteros totalmente previsibles. Gavin OConnor muestra buenas maneras y resuelve algunas situaciones con pulso notable. No todas, porque la inicial, con cámara en mano, no es precisamente un dechado de realización. Pero hay apuntes, detalles, algunos fogonazos que, de haber tenido continuidad, hubiera situado este film en un nivel superior. Tal vez debería creer más en su propio estilo y no tratar de imitar algunos un tanto desfasados ya. Me refiero al Tarantino de Pulp Fiction al que de alguna manera se rinde homenaje en la escena del bebé y la plancha candente.
 
Al final, cuando se encienden las luces, uno lamenta haber visto tan sólo una película de género, cuando a ratos parecía que el film iba a volar más alto.

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