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LA TETA ASUSTADA

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

Una mirada propia sobre la sociedad políedrica latinoamericana.

El título, que parece remitir a un pseudoporno o a cualquier subproducto de cine palomitero, no favorece nada a una película que, además de la simpatía del cinéfilo hispano por el cine latinoamericano comprometido con la cultura de la región, posee la fuerza de una mirada propia. El posible prejuicio inicial cambia radicalmente si aclaramos que la “teta asustada” se refiere al trauma que la protagonista, Fausta, ha heredado de su madre transmitido por la leche materna y que le impide relacionarse con normalidad con los hombres.

La directora Claudia Llosa debutó hace sólo tres años con Madeinusa, también protagonizada por Magaly Solier, donde asimismo se abunda en las raíces de una sociedad peruana donde lo “primitivo” emerge espontáneamente junto a los procesos más kitsch. El hilo narrativo de La teta asustada se inicia con la muerte de la madre de Fausta y su intento de conseguir dinero para inhumar el cadáver en la aldea; Fausta vive con su tío en un arrabal de la ciudad, formado por construcciones de bloques de fibrocemento en medio de un secarral y rodeado de colinas con extrañas escalinatas. Esta chica vive callada y pronto sabemos que el miedo a ser violada por algún guerrillero o algún soldado en los años duros del terrorismo de Sendero Luminoso, pánico transmitido cuando fue amamantada, le ha llevado a comportamientos tan patéticos como colocarse una patata en la vagina a modo de protección o conjuro. Fausta se pone a trabajar en una casa burguesa, vive las bodas de vecinos y familiares, se aferra al cuerpo muerto de su madre y no sabe cómo superar el síndrome de su enfermedad de “teta asustada”.
 
Con un ritmo pausado, con el tempo necesario para que el espectador vaya sumergiéndose en el territorio de la cultura indígena, en un mundo de valores alejados del canon occidental, La teta asustada, invita a participar de unas coordenadas bien distantes; y lo consigue por la vía de empatizar con un personaje y una historia en esbozo que hablan de experiencias tan universales y tan radicalmente humanas como el miedo y el dolor. Poblada de silencios significativos y de retazos de historias, se pone en pie el apuro de Fausta para enterrar debidamente a su madre, pero también las celebraciones kitsch de bodas, la solidaridad de las mujeres, el desprecio de la burguesía ensimismada y displicente, la impotencia de los trabajadores sociales (médico) y otros muchos rasgos necesarios para comprender una sociedad donde coexiste la superstición ignorante, el miedo a la autoridad, la jerarquización social, la pobreza secular y formas de amor y celebración tan contradictorias como el resto de realidades.
 
Fausta es continuación del personaje que la misma actriz encarnó en Madeinusa y las dos primeras obras de Claudia Llosa quedan vertebradas por distintos hilos para poner en pie una crónica “mágica” –es decir, alejada de narraciones cerradas de causalidad fuerte- sobre esa realidad de improbable crisol donde se amalgaman la herencia indígena con creencias a veces peligrosas y la modernidad de ritos capitalistas. Lo que queda, lo que vale, es la mirada solidaria de la directora hacia Fausta con su impotencia para enterrar a su madre, el miedo a los hombres (para ella todos posibles violadores) o las bodas que parecen trenes que se pierden. La película es muy madura, con apuntes verdaderamente creativos –la burguesa se apropia de la canción de Fausta, íntima emergencia de su forma de vencer el miedo- aunque se trate de un cine de historias mínimas, del que hay muestras en los últimos años en todo el continente, desde el argentino Carlos Sorín a títulos de Chile y Uruguay, que no convocará masas de espectadores ni servirá para dar empaque a festivales y entregas de premios.

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