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A CIEGAS

Escrito por José Antonio G. Juárez

Parábola especular sobre la sociedad desigual que logra la traslación literaria.

Un hombre pierde la visión bruscamente mientras conduce. Ayudado por un transeúnte con rastreras intenciones, logra llegar a su casa. Una vez explorado, su médico no encuentra justificación científica alguna a la enfermedad. Pronto, la extraña epidemia de ceguera blanca se contagia a las personas que han estado en contacto con el primer afectado, su médico, su mujer y el ladrón que le ayudó. Como en un efecto dominó, se extiende a decenas de personas. La situación provoca el pánico entre las autoridades que confinan a todos los cegados en un hospital, creyendo aislar al resto de la población del peligro de contagio. Del caos inicial por su nueva situación como invidentes surge una ayuda inesperada, la mujer del médico no está afectada por la enfermedad. Sin embargo, una vez organizados, la ley del más fuerte jerarquizará la nueva sociedad.

 
De cómo se fraguó la relación entre Meirelles y Saramago y cuál puede ser la visión del escritor de la traslación cinematográfica de su obra dice mucho la colaboración del luso en la promoción del filme. Ensayo sobre la ceguera es una obra claustrofóbica, extrañamente meticulosa en la creación de atmósferas, una novela ciertamente sensitiva, difícilmente asequible al arte cinematográfico. La concepción visual de Meirelles, sin embargo, parece dar en la diana de lo que el texto reclama y sólo recurriendo a lo anticinematográfico, un radicalismo tipo Branca de neve (Joao Cesar Monteiro, 2000), carente de sentido teniendo en cuenta que implica anular su medio de expresión, alcanzaría la mirada del Nobel. Con escrupulosa fidelidad al texto, Meirelles se impone el mayor reto, por encima de las sagaces lecturas de las que es acreedora la obra, de transmitir la ceguera blanca física a unos espectadores contando con un elemento comunicativo eminentemente visual como es el cine. Una fotografía lechosa, quemada, y el desenfoque, magistral y puntualmente empleados, son sus elementales armas. La cercanía de la cámara, la textura, el detalle del tacto o la evidente putridez de los espacios, alientan esa cualidad sensorial de la novela.
 
De otro lado, existen otras dos dificultades al menos para la adaptación, la cadencia del relato, la prosa arrolladora de Saramago y su poco ortodoxa inclusión de los diálogos y el espacio en el que se desarrolla (más que pistas sobre este, la novela se centra en la atmósfera emocional, no hace tanto hincapié en la cárcel improvisada como en la de la ceguera). Obligaba más que nunca a una reinterpretación de la esencia de la obra. El resultado para quien haya disfrutado de la novela es de aparente literalidad. Una parábola especular en la que puede advertirse con cierta nitidez el orden mundial actual, una sencilla alegoría que habla del ser humano y de la teórica igualdad siempre inaceptable para algunos, fustigada por líderes que organizan su propio bienestar vendiendo un bien común entre inferiores con el arma del miedo. Meirelles salva las numerosas barreras con brillo, sin dejar que la adaptación, equilibrada y entretenida por lo demás, se resienta de las limitaciones con respecto al medio expresivo literario original.

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