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DESPEDIDAS

Escrito por Francisco M. Benavent

El último destello de vida a los difuntos y de compasión hacía los allegados

Esta producción japonesa ha tenido una triunfal carrera en diversos festivales (Yokohama, Hawaii, Palm Springs, el Premio de las Américas en el de Montréal…) y diez galardones de la Academia Japonesa del Cine, repercusión coronada por el Oscar 2008 a la mejor película de habla no inglesa, distinción sólo alcanzada, en la edad dorada del cine nipón, por Rashomon (1950), La puerta del infierno (Jigokumon, 1953) y Samurai (Miyamoto Musashi, 1955). El éxito ha puesto sobre el mapa a su director, el veterano Yojiro Takita (n. 1955). Formado durante los años ochenta en los "Pinku Eiga" ("Pink films", pornos blandos), semillero del que han salido buen número de realizadores japoneses, Yojiro ha dirigido hasta el momento cuarenta y tres cintas, en su mayoría comedias o fantasías épicas de buen rendimiento comercial. The Yen Family (1988), Secret (1999), Onmyoji: The Yin Yang Master (2001), When the Last Sword Is Drawn (2003) o The Battery (2007) son los títulos que se destacan en su filmografía.

Drama emotivo sobre las exequias mortuorias, algo que no es precisamente por lo que se desvivan los productores, el filme tiene su origen en "Coffinman: The Journal of a Buddhist Mortician", libro de memorias publicado en 1996 por Shinmon Aoki, un empresario de pompas fúnebres que traspuso en él las experiencias por las que había pasado en un trabajo tan rehuido como poco conocido. Sin embargo, se desligó de la adaptación cinematográfica, sin dar permiso para utilizar su nombre o el título del libro, cuando vio que en el guión (escrito por un avezado libretista televisivo, Kundo Koyama) se había cambiado la localización de la historia de la prefectura de Toyama, su tierra natal, a la norteña y rural de Yamagata.

Hasta allí llega un joven violonchelista (Masahiro Motoki, el impulsor del proyecto) cuando la orquesta donde tocaba se disuelve al quedarse sin patrocinador. Casado hace poco y necesitado de dinero, responde a un anuncio de prensa solicitando un asistente para una agencia de viajes. Eso creía, ya que en realidad el puesto que se ofrece es el de "nokanshi", la persona que se ocupa del elaborado ritual de lavar, maquillar y vestir a los fallecidos antes de ser introducidos en el ataúd y velados por sus deudos conforme a las normas budistas. Esta práctica, que simboliza la limpieza de las miserias de esta vida y el revestir con honor para la próxima, resulta esencial dentro del respetuoso ceremonial nipón donde la defunción es un "punto de partida". El título original del filme, Okuribito, significa "el que envía", aludiendo el inglés Departures a las salidas, los "tránsitos", lo que propicia el equívoco del anuncio periodístico. A su vez, puede recordarse que del verbo griego "pempéin" (enviar, acompañar, escoltar) es de donde procede el vocablo hispano "pompa".

Acuciado por la economía doméstica, el violonchelista acepta "ayudar a partir" y se pone a disposición del dueño de la empresa fúnebre, papel que incorpora uno de los grandes del cine nipón, Tsutomu Yamazaki, protagonista de otra cinta fundamental a este respecto, El funeral (Ososhiki, 1984), donde Juzo Itami describía con ironía todo el follón berlanguiano que se montaba con ocasión de este evento: la llegada de los familiares, la del monje budista con el Rolls, el banquete para los invitados, el "miyagata" (el extravagante coche fúnebre cuyo tejado se asemeja al de una pagoda), la cremación (obligatoria por ley en un país donde no existe espacio para un millón de muertos al año), etc. Actor con casi medio siglo de carrera y habitual en los filmes de Kurosawa -El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), Barba Roja (Akahige, 1965), Kagemusha, la sombra del guerrero (Kagemusha, 1980)-, Tsutomu se halla magnífico como el avezado maestro de ceremonias, un Carón lleno de experiencia y dignidad que a pesar de todo disfruta con los placeres de la vida, la comida o las plantas.

Bajo la tutela de su mentor, el aprendiz de embalsamador va adentrándose en el "nôkan", un arte noble que provee de un último destello de vida a los difuntos y de compasión hacía los allegados. Ejecuta con destreza y elegancia, casi con musicalidad, los movimientos precisos para que apenas se vea la piel del cadáver. Un trabajo muy bien pagado, pero socialmente visto con repugnancia, como bien sabía el Nino Manfredi de El verdugo (1963). Al comienzo incluso lo oculta a su mujer y un amigo suyo le reprocha con incomprensión que haya aceptado algo así. Pero ese mundo luctuoso lo va atrapando, lo mismo que le sucede al espectador en esta película larga (¿se podría haber aligerado en el montaje?) y cuyo ritmo pausado recuerda al de Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom, 2003), del surcoreano Kim Ki-Duk. El viaje que emprende el joven le va a traer también cambios en sus valores y en su forma de encarar la vida, poniéndolo igualmente frente a sus recuerdos familiares, con un padre que se largó de casa y una madre que murió sin que él pudiera estar presente en ese momento donde tener cogida la mano de un hijo contribuye a partir en paz.

La historia se va desvelando gradualmente, entreverada con una gran riqueza de observaciones y momentos de cierto humor. Hasta culminar en uno de los finales más emotivos y conmovedores que ha ofrecido la Historia del Cine, por el que vale la pena toda la película. Entre medio, contiene escenas de un impresionante valor cinematográfico, de esas donde los fotogramas pesan tanto que van cayendo uno tras otro, momentos de belleza y serenidad dignos de Ozu o Mizoguchi, por no hablar del Kurosawa de Vivir (Ikiru, 1952). Si ese final es memorable (cuidado cuando los acomodadores abran las puertas), no lo son menos los relativos a la madre que regenta la casa de baños, el recurso de la "piedra mensajera" –ya presente para clavar el ataúd en la citada El funeral- o las variadas emociones que afloran durante los duelos. Escenas donde se habla con ternura y sabiduría de las equivocaciones cometidas, del último adiós, de lo que se ama (o se debería amar) en vida, del perdón y la reconciliación con el pasado. Todo ello asoma en el interregno entre la vida y la muerte ("budistas, cristianos, musulmanes, hindúes... la muerte no discrimina a nadie") en una película humana, genuinamente vernácula y por ello de resonancia universal.

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