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EL AÑO QUE MIS PADRES SE FUERON DE VACACIONES

Escrito por JLSN

Crónica emotiva de una infancia en dictadura militar

Al igual que le sucede al niño de Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), la dictadura militar lleva a los hijos de los resistentes antifascistas a extrañas vacaciones, nuevas identidades o aventuras donde han de fabular con mitos como Houdini o, en este caso, la selección brasileña triunfadora del Mundial de Fútbol celebrado en 1970 en México. En este caso, una pareja de Belo Horizonte deja a su hijo en casa del abuelo en Sao Paulo cuando tiene que tomar vacaciones forzadas previendo que quien toque el timbre a las siete de la mañana no sea el lechero. En la dictadura brasileña proliferaron, ya desde los sesenta, los tristemente célebres Escuadrones de la Muerte que, con distintos nombres hicieron la guerra sucia en la década siguiente en Argentina y Chile. Es la memoria de esos tiempos de pintadas reclamando libertad o democracia, de clandestinidad y delaciones, pero también de la borrachera de patriotismo que el fútbol siempre ha proporcionado y que tan bien ha venido a los gobiernos autoritarios, lo que está en la base de El año que mis padres se fueron de vacaciones, una película pequeña, pero bien resuelta y estimable en su pretensión y en su compromiso.

Los padres dejan a Mauro, de unos doce años, en la puerta del bloque donde vive su abuelo, en un barrio judío de Sao Paulo. El abuelo ha fallecido y, como a un nuevo Moisés recogido de las aguas del Nilo por la hija del faraón, la comunidad hebrea adopta simbólicamente al chico. A lo largo de varias semanas, durante las cuales la actuación de Brasil en el citado mundial es uno de los temas y de las ilusiones recurrentes en Mauro y las gentes del barrio, el chico aprende a sobrevivir, descubre los ritos y costumbres judías, se deja querer por una joven maternal, tiene amistad con una vecina de su edad, conoce a un resistente amigo de su padre, espía mujeres desnudas con otros chicos y, sobre todo, asume el papel de nieto con un vecino que sustituye a su abuelo. Como trasfondo, la represión de la dictadura y la mitomanía futbolera, pero también la comunidad judía que remite a otras persecuciones políticas y otros desarraigos, en los que se incluyen los orígenes europeos y africanos de los aficionados al fútbol del barrio paulino.

Con su primera película personal, donde no es difícil rastrear componentes biográficos, Cao Hamburger (Sao Paulo, 1962) se sitúa entre la crónica y la fábula y juega debidamente la baza de la nostalgia y la ternura sabiamente combinadas con el compromiso de hablar de un país en un tiempo especialmente memorable. No es una obra original en la perspectiva de mostrar un mundo conflictivo desde los ojos de un niño que también vive su paraíso particular y el propio director remite a Machuca (Andrés Wood, 2004), además de que al espectador le recuerde la citada Kamchatka, Valentín (Alejandro Agresti, ) o, más remotamente, Papá está en viaje de negocios (Emir Kusturica, 1985). En todo caso, hay que situar este filme dentro de un ciclo sobre la dictadura militar que se viene dando en el cine brasileño y que, lamentablemente, apenas ha circulado fuera del país.

La foto realista de tonos apagados, una ambientación espartana y una cámara en mano muy directa otorgan al relato cierto aire de cinema vérité en un filme sencillo y emotivo; aunque también se utilizan recursos más complejos, como es la utilización de espejos, cristales y otras superficies reflectantes –y puertas, ventanas o agujeros en las paredes- que actúan como intermediario entre la realidad y su filmación constituyéndose así en notarios de la condición de memoria selectiva que todo recuerdo tiene, sobre todo cuando el Mal irrumpe en la realidad y cuando es un niño quien la testimonia.

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