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¡EL SOPLÓN!

Escrito por Ángel A.Pérez Gómez

Más que chivato, mitómano.

La cinta con la que Soderbergh debutó y que obtuvo la Palma de Oro en Cannes se titulaba Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Esta su última película –por el momento– podría titularse «Finanzas, mentiras y cintas de vídeo». Haría justicia al contenido del film, que no versa sobre ningún chivato, sino sobre un mitómano, es decir, un patológico deformador de la realidad, un mentiroso compulsivo. Mark Whitacre, nombre fingido bajo el que se oculta al protagonista de un caso histórico que llegó a convertirse en libro de cierto éxito, consigue confundir a sus colegas, directivos de una poderosa multinacional de la alimentación, a los agentes del FBI que le creyeron y le tomaron por un delator, al departamento de Justicia de EEUU, a varios abogados y hasta a su propia familia. Pero este personaje no se limitó a embrollarlo todo a base de engaño sobre engaño sino que, además, se embolsó fraudulentamente, al parecer, unos once millones de dólares, delito por el que fue condenado a pena de cárcel por un tribunal.

 
Si no fuera por la presencia estelar de Matt Damon en el film, esta obra se podría inscribir perfectamente en esa sección de la filmografía de Soderbergh dedicada a proyectos personales de bajo presupuesto, rodados con pocos medios y abordando temas nada comerciales, con un estilo propio del cine independiente de autor. En esta categoría se inscriben algunas películas, como su ópera prima, ya citada, Kafka, Solaris o Buble, ésta no estrenada en España. Un cine, ciertamente, muy distinto de sus películas de éxito: Erin Brockovich, Traffic, Ocean’s Eleven, etc. Ese carácter hasta cierto punto experimental se refleja también en la misma fotografía de ¡Soplón! Es su autor el propio Soderbergh, aunque con seudónimo para no vulnerar las reglas sindicales que prohíben la duplicación de tareas dentro de un film. La ha realizado con una cámara digital de alta definición que da una imagen de grano grueso (como ocurría en las dos partes de Che), pero que permite la filmación en ambientes y lugares con poca luz y resulta mucho más manejable que las profesionales.
 
Evidentemente, con ello Soderbergh trata de dar un tono más «documental» a las imágenes de esta historia que se pretende veraz, que es el retrato de un embustero neurótico pero cuyos bulos aburren al poco tiempo de escucharlos y verlos encadenarse. En efecto, no importa demasiado que uno no entienda bien las trapisondas que se inventa el mendaz Mark ni cómo va embrollando la madeja hasta confundir y despistar a los ejecutivos de ADM, a los clientes y competidores de su empresa, a la famosa agencia federal de investigación de su país, una de cuyas «especialidades» son los delitos económicos, y hasta a una «tropa» de avezados picapleitos.
La prodigiosa capacidad de Mark para fabular e idear continuos embustes y patrañas tiene un limitado interés. Pronto se apercibe el espectador que no se trata de descubrir una «lógica» o un plan deliberado en el cúmulo de sus invenciones. Más aun, su voz en off, que nos desvela el discurrir de su pensamiento, nos confirma de inmediato que estamos ante un caso patológico y, por tanto, que es irrelevante la producción concreta de su mente: el problema es su compulsión a mentir.
 
El film, aunque pretende demostrar que casi siempre la gente acaba por creer lo que desea que sea cierto (caso de los agentes del FBI), es reiterativo y no avanza dramáticamente. Procede por acumulación y acaba siendo muy tedioso. Tampoco la interpretación de Damon es particularmente brillante, sin ser mala. Así que, pasada la primera media hora, uno se ve condenado a un aburrimiento que, minuto a minuto, se hace más intenso. Queda claro, pues, que de momento las dos líneas de la filmografía de Soderbergh caminan paralelas, sin encontrarse: lo minoritario no alcanza al gran público y lo comercial no llega a la obra maestra indiscutible. Es un quiero y no puedo que, al parecer, es la tónica de su carrera. Al menos, hasta ahora.

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