.

YO, TAMBIÉN

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Aproximación digna y encomiable a un persona con síndrome de Down

Las películas que tratan el tema de la discapacidad tienen, en su inmensa mayoría, un carácter denunciatorio y reivindicativo. Muestran la discriminación o marginalidad que sufren los afectados y reclaman una mejora en su calidad de vida exigiendo un trato igual al de los demás ciudadanos. Yo, también, título claramente beligerante, no escapa a este doble propósito. Su protagonista es Daniel, un joven adulto con síndrome de Down, que ha logrado licenciarse en la Universidad y, a continuación, se ha colocado en la Consejería andaluza que se ocupa de las personas discapacitadas. El contacto con sus compañeros de trabajo, en su mayoría chicas, le lleva a plantearse por qué no puede tener una vida sentimental, afectiva y sexual como el resto de la gente. Su pretensión acaba por tener visos de realizarse cuando intima cada vez más con Laura, una mujer herida por una experiencia familiar negativa y que desde entonces navega sin encontrar puerto por un mar de relaciones decepcionantes. Daniel le ofrece lo que no ha encontrado hasta ahora, ternura, cariño y delicadeza.

La película se inspira en el caso real de Pablo Pineda. Bueno, algo más que inspiración, pues el guión es un trasunto de su vida y es él quien interpreta, en la ficción, a Daniel Sanz. Para el que desconozca su vida no dejará de resultarle un tanto inverosímil la competencia intelectual y social de este afectado por el síndrome de Down. Es un caso, en el pleno sentido de la palabra, excepcional. Quizá el mayor mérito de los guionistas y directores –Álvaro Pastor y Antonio Naharro– resida en eso mismo, en haber conseguido presentarlo como bastante creíble aunque, claro está, la historia amorosa es inventada. Pero los directores no quieren circunscribirse únicamente a la anécdota de este «superdotado» y han introducido una subtrama en torno a un grupo de danza para «Downs» y, especialmente, centrándose en dos de sus miembros, Luisa y Pedro, cuyo grado de afectación es mayor que el de Daniel, pero que también tratan de vivir en pareja a pesar de la oposición de los adultos. Con eso se cumple el doble propósito que enunciábamos al principio: denunciar y reivindicar.

No entraré en el fondo del asunto (si ciertos discapacitados intelectuales, sensoriales o físicos tienen derecho a una vida plena en el ámbito de las relaciones sexuales y familiares) porque una película no es un foro de debate, ni tiene ningún sentido centrar este comentario en algo que se sale de lo cinematográfico. Sí podemos poner en duda la plausibilidad de la historia narrada en sus diversas ramificaciones y, sobre todo, la verosimilitud del idilio principal y su desarrollo. No parece tampoco que un personaje como el de Laura, malherido por una experiencia desdichada, al parecer de abusos paternos (que se insinúa, pero no se explicita), sea el que más se prestaría a una experiencia de este género. No soy psicólogo, pero el sentido común me dice que quienes han sufrido vejaciones de ese tipo difícilmente se meten en aventuras tan inciertas como ésta. En fin, las buenas intenciones (sin duda, las mejores) de los guionistas de presentarnos a «los Down» como mucho más normales de lo que cree la gente que no los conoce y reclamar para ellos una vida afectiva y social más normalizada son del todo respetables y compartibles. Pero un film no es una «paloma mensajera» ni un manifiesto que suscribir.

Lola Dueñas y Pablo Pineda fueron galardonados en el festival de San Sebastián con sendos premios de interpretación, algo muy discutible. La actuación de Lola, que a ratos se le ve muy perdida y sin saber muy bien cómo salir de atolladero, ni la de Pablo que, en realidad, «hace de sí mismo» no está a la altura del trabajo serio, difícil y riguroso de otros colegas en películas de mayor aliento que concurrían en el certamen donostiarra. Pero, en esto también (valga la paráfrasis al título del film), se pusieron por encima las cuestiones morales a las virtudes interpretativas. Ya se sabe lo influenciables que son los jurados.

Dicho esto y teniendo en cuenta que la mayoría de los espectadores adoptamos a priori una actitud favorable a la doble pretensión (denunciar y reivindicar) nada tiene de extraño que se vea la película con agrado y hasta con simpatía, porque realizar este tipo de películas tiene dificultades añadidas. El film no es ñoño, ni blando, se faja con la dificultad y se esfuerza por despojarse de todo paternalismo o falsa compasión. Es digno y encomiable. Pretende además ser veraz. Si lo es o no, no soy yo quien para decirlo.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.