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ÁGORA

Escrito por Pedro Sangro

Aunque muera de éxito, la peor película de Amenábar.

Vaya por delante: el talento de Alejandro Amenábar es incuestionable. En una época dominada por viejas vacas sagradas cinematográficas pertenecientes a generaciones más apolilladas su Tesis (1996) demostró que había llegado el momento de tomar el relevo en el cine español ofreciendo género de calidad. A pesar de su juventud, sólo un año después Abre los ojos (1997) confirmó sus amplias capacidades como director: su alambicado relato fantástico de mundos paralelos y dimensiones temporales alternativas despertó el interés del mejor cine del mundo, sirviendo en bandeja material patrio para que Tom Cruise se despachase a gusto en un remake espacial que no alcanzaba la frescura y la inteligencia del original. Después llegó su mejor película hasta el momento, Los otros (2001), una deliciosa pieza de contención cercana al terror en la que Nicole Kidman brillaba como nunca arropada bajo la distante vigilancia de la producción de los broncos hermanos Weinstein. Y tras ella, la arriesgada pirueta que supuso el melodrama Mar adentro (2004), un osado ejercicio de realización minimalista y mucho trabajo actoral que permitió que el “niño terrible” del cine español se llevara un Oscar a la mejor película extranjera, un galardón tan merecido por su wellesiana obra como deseado por todos sus seguidores.

Aunque en ocasiones haya sido criticado por algunos por su supuesta simplicidad para tratar dilemas morales, y odiado por otros por su regular rentabilidad en taquilla, en general Amenábar se ha consolidado como nuestro cineasta más universal en activo (con el permiso de Pedro Almodóvar), probablemente por detentar una mirada tan comercial como inteligente en la que sus historias siempre son tratadas como artefactos narrativos que supuran cine con mayúsculas: la resonancia de autores como Hitchcock o Spielberg en sus formas no debería pasarnos desapercibida. Por todo ello, la expectación despertada por el estreno de su nuevo trabajo, tras cinco años de espera después de su última hazaña, resultaba enorme y presuponía encontrar también un proyecto de grandes dimensiones.
 
Ágora (2009) no decepciona en su tamaño. Con un presupuesto propio de una superproducción de major, reconstruye la ciudad de Alejandría en el siglo IV sin escatimar en imposibles planos digitales y una dirección artística que regala paisajes y decorados rigurosamente precisos. Cuenta además con el protagonismo de una fémina consagrada en Hollywood como Rachel Weisz para asumir el papel protagonista, el trabajo experimentado de algunos de los mejores profesionales del cine de nuestro país, la producción del tenaz Fernando Bovaira y la financiación de una televisión con audiencias millonarias que cada diez minutos interrumpe su programación para alardear de su patrocinio del invento. Sin embargo, al margen de sus descomunales dimensiones de producción y marketing, lamentablemente la nueva película de Amenábar es, cuando menos, una obra fallida.
 
El principal tumor de Ágora tiene un origen claro: su guión. Centrado en las preocupaciones del personaje histórico de Hipatia, lo único que está en juego en su inerte relato es la resolución del enigma relativo al movimiento de los planetas que tiene absorbida a la filósofa. Un asunto sin duda interesante, pero muy insuficiente (demasiado pequeño, en cambio) para sostener por sí solo una historia que pretende alcanzar dimensiones épicas. Al no existir tejido argumental generoso los personajes pasan de puntillas tratando de hacer bulto sin llegar nunca a colgarse de la tenue línea ascendente del drama: el pretendiente Orestes y el esclavo Davo están dibujados de forma gruesa y no contribuyen al avance de un relato mortecino; la misma Hypatia termina irritando por su frialdad, sosería y parsimonia, limitándose a esperar que sucedan acontecimientos a su alrededor (incluso en el momento de su muerte anunciada) a pesar de pretender asumir un rol heroico. El altavoz con el que Amenábar pregona el fanatismo de los cristianos, tratados como si fueran un grupo de ninjas supermalos, pesa más que la dramaturgia de la acción bélica, convirtiendo la cinta en una didáctica clase de Historia más propia de un documental que de una película que quiere asombrar al mundo. Cualquier espectador que lea la sinopsis promocional tras haber visto el filme comprobará la sospechosa simplicidad de su redacción, fruto del abandono argumental en el que Mateo Gil y el propio director han caído, más preocupados de ilustrar un par de ingeniosos principios de la Astrología que de trenzar una historia inolvidable.
 
Y es que el afán por el rigor histórico señalado con entusiasmo en las notas de producción facilitadas por la distribuidora (más que el que destila la película), hacen que en Agora el contexto se coma al texto, hasta el punto de que se hace imposible creerse una épica sin personajes potentes. A partir de aquí, al haber sido concebida, como los anteriores filmes del director, de forma orgánica, todos los andamios de la película empiezan a castañetear: los ejercicios gimnásticos de la cámara con sus recurrentes visitas a las estrellas gracias a la postproducción digital (o sus giros de 180 grados mostrando el mundo al revés) sólo consiguen distanciar más aún al espectador de la verdad de la ficción; las elecciones de casting empiezan a cuestionarse; la música se escucha demasiado… Todo a la vez afecta a un montaje ya de por si mutilado (ha perdido más de veinte minutos fruto de su tibia acogida en Cannes) que por primera vez Amenábar deja en manos ajenas, y que se traduce en un ritmo que parece fibrilar y pararse descompensadamente, muy inferior al de su cine pretérito.
 
A pesar de lo dicho, Ágora deja entrever momentos a la altura del talento de su director, como el encuadre que muestra la turba de cristianos profanadores de la sabiduría de la biblioteca de Alejandría que los presenta como insectos de la carcoma mediante un plano cenital reproducido a velocidad rápida, o la fugaz agresión sexual que Hypatia soporta estoicamente perdonando posteriormente a su agresor (Davo) y liberándole de su esclavitud, una escena rodada con brillantez en la distancia corta que el joven director parece manejar a la perfección. Gracias a la maquinaria de promoción que la protege parece seguro que la película hará una caja suficiente para que el negocio del cine siga apostando por la globalización: menos películas y más grandes. Pero aunque el talentoso Alejandro se muera de éxito, alguien que no le deba pleitesía debería decirle, con todo el respeto del mundo, que Ágora es la peor de sus películas. El tamaño, como en otros órdenes de la vida, no importa.

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