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DESTINO FINAL 4. 3D

Escrito por José Antonio G. Juárez

Invitación directa a aprender a mirar un argumento conocido.

Consciente de las atávicas limitaciones argumentales de la saga (la presente es su segunda incursión), David R. Ellis, ante la ausencia de James Wong, uno de los alma mater del producto, amplía su aportación a la misma atreviéndose con el siempre socorrido rodaje en 3D, una moda cíclica y pasajera de la que están siendo víctimas en especial las cintas de terror (inminente el estreno 3D de la nueva entrega de los Halloween). El opinable espectáculo de esta vieja técnica le sirve, además, para introducir la segunda de las novedades, un aún más discutible espectáculo de radiografía animada.

 Argumentalmente sólo cabe añadir matices a la estructura y al desenlace de sus tres antecesoras. El accidente en esta ocasión tiene lugar en el circuito de carreras automovilísticas de McKinley, en una carrera de NASCAR. El protagonista, Nick, logra que un grupo de personas del público que le rodea, amigos y desconocidos a quienes ha visto morir en su pesadilla premonitoria segundos antes, salven milagrosamente la vida. Sin embargo, en el mismo lugar del accidente comienza la brutal e ineludible persecución de la parca. Uno por uno, los incrédulos salvados (salvo licencias u olvidos del guión, que lamentablemente se deja por el camino algunas víctimas) son despojados de su “segunda oportunidad”, en lo que aparentan ser crueles accidentes de los que la casualidad ha querido convertir en protagonistas a los suertudos supervivientes.
No por repetido un argumento y por conocido un desenlace ha de perder necesariamente interés una historia. Esto era algo que conocía muy bien Hitchcock cuando explicaba a Truffaut la diferencia entre terror y suspense. Esta máxima también explicaría por qué no nos cansamos de revisar algunos títulos icónicos de nuestras videotecas particulares. Y en ella se basan sagas como Destino final, Saw, Hostel o Elm Street, por poner algún ejemplo. El quid radica en el matiz, en el desarrollo concreto y en la forma. Si lo pensamos fríamente es, en esencia, infinitamente más cinematográfico que someter nuestra atención al suspense de un texto que nos abduce hasta su resolución. Dejamos de lado ese texto consabido para bucear en las imágenes. Cierto que nos lo dan todo hecho, pero no menos cierto es que supone una invitación más que directa a aprender a mirar, a no desperdiciar ningún elemento del campo visual que el director comparte con nosotros. Para el caso que nos ocupa, una vez más los nuevos protagonistas deben llegar a comprender el mecanismo de la predestinación, despejar la incógnita y conocer la ubicación de su momento supremo en el tiempo. La capacidad de sorprendernos la fiamos al estilo que demuestre la muerte en su victoria.
 
Peros concretos de la cuarta secuela, siempre pensando en sus adeptos: al margen del empeño en el 3D (que a alguien cautivará) y en el gore pasado por el tamiz de la animación en los créditos del film (repescando algunas de las muertes más espectaculares de la saga) y en su descafeinada resolución (un pequeño fraude), la impresión general, en comparación con sus antecesoras, es la de que Ellis pisa el freno y el ritmo se resiente notablemente, amén de la elaboración de los accidentes y su resultado que aún muy lejos de ser decepcionante, salvo excepciones, pierde mucho de su brillo. Esperamos ya con impaciencia el desquite en una quinta entrega.

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