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50 HOMBRES MUERTOS

Escrito por Manuel Alcalá

Hacer verosímil la misma verdad de una autobiografía

El terrorismo en Irlanda del Norte ha sido, durante largos años, una horrible pesadilla europea. Tanto su índole especial, como su complicada evolución y, sobre todo, su horrible radicalismo, lo hicieron un acontecimiento dramático e histórico muy apto para el cine. De ahí la frecuencia de su tratamiento, especialmente en los cines irlandés y británico, los países más directamente afectados por su problemática humana, política y hasta religiosa. Afrontarlo de nuevo desde una perspectiva cada vez más lejana, tenía, en principio, riesgos indudables y muchos problemas por resolver si se quería evitar las repeticiones y saturaciones temáticas. La realizadora canadiense Kari Skogland, gracias a una amplia preparación documental y a larga experiencia televisiva, ha sabido plantear y resolver con notable lucidez tales dificultades saliendo airosa de una empresa en la que entraba con doble responsabilidad de guionista y directora.

Sus aciertos han sido varios. Ante todo, una gran cercanía humana en medio de la inhumanidad de los años 80 del pasado siglo, en los que el IRA llegó a su máximo paroxismo. Esto lo consigue al fundamentar su relato y argumento visual en la autobiografía de un muchacho irlandés, prototipo de gamberro desarraigado y antiguo militante del IRA. Traumatizado, al ser inmediato testigo del brutal asesinato de un joven soldado del ejército británico ocupante, es captado por su servicio de inteligencia (MI5) y se transforma en topo infiltrado en la misma dirección de un sector muy activo de la organización terrorista. Desde aquel momento, la película adquiere doble y honda perspectiva que amplía el género de violencia con su paralelo de espionaje abriéndola a novedosas posibilidades expresivas.

Este enriquecimiento se logra, más aún, por la figura del tutor que el chico recibe, como enlace informativo y que se va transformando insensiblemente en una figura familiar de extraordinaria empatía para el espectador. Ambos personajes entran en una nueva órbita de peligro, porque los dos son también espiados y fiscalizados. En estas difíciles situaciones se revelan las interpretaciones de gran calidad que hacen, en sus respectivos papeles, el viejo maestro Ben Kingsley y el joven actor, Jom Sturgess. Son dos figuras del cine británico que encarnan la veteranía y la nueva generación y que dan a la ficción un nuevo toque de verosimilitud y de riqueza dramática. Ambos acusan, evidentemente a distinto nivel, la calidad de dos generaciones. El primero, con una trayectoria de excelencia universalmente reconocida. El segundo, con una sólida base de formación teatral y de experiencia televisiva. Son dos personajes que se sentirán  complementan unidos por la situación especialmente trágica que les arrollará con su peligrosidad.

El resto del reparto está muy bien ambientado, lo cual habla a favor de los aciertos de un guión complicado, cuyo mérito principal consiste en hacer verosímil la misma verdad de la autobiografía. Aunque parezca paradójico, suele haber realidades acontecidas que no logran la verosimilitud cinematográfica y falsedades que logran verosimilitud en la pantalla. Tal calidad de verosímil llega a su plenitud en esta película en la gran peripecia final, por supuesto, también autobiográfica y rebosante de auténtico humanismo.

Los aspectos técnicos en torno a la recreación de ambientes y tensiones argumentales, mantienen también la excelencia. La banda musical, acertada y el montaje, nervioso y sincopado, no dejan que el espectador se despegue de un argumento por definición incómodo, pero que se ve aliviado por el toque de humanidad aludido y por otros que denuncian la feminidad de la dirección. La fotografía consigue funcionalmente identificarse con los documentales, tantas veces vistos, de los actos terroristas, pero sin perder el temple ni la calidad. En conjunto, pues, una obra muy acorde con la mejor tradición del cine británico.

Finalmente recordar que el título de la película alude a la cincuentena de vidas que se salvaron de una muerte prácticamente segura, gracias al valor de los protagonistas, a sus sacrificios e incluso a sus abandonos y traiciones ante el crimen organizado de una minoría fanática ante una inocente mayoría.

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