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EL BAILE DE LA VICTORIA

Escrito por Norberto Alcover

Poesía poderosa y victoriosamente anclada en la realidad

Un hombre (Ricardo Darín) deja la cárcel tras la amnistía a raíz de la desaparición del pinochetismo. Se trata de un antiguo ladrón de alto standing al que llaman “el maestro”. Un rostro ajado. Una aguda necesidad de recuperar el ámbito familiar, tarea ya imposible. Al mismo tiempo, un joven ladronzuelo (Abel Ayala) también se encuentra en la calle y conecta con el maestro, además de conocer a una muchacha muda y bailarina, de nombre Victoria (Miranda Bodenhöfer), de la que se enamora locamente. Y mientras el maestro anda a la búsqueda de su mujer (Ariadna Gil) y de su hijo adolescente, el joven recuperará un caballo de carreras del que está absolutamente flipado. El trasfondo es un posible robo de gran altura en el domicilio de un famoso pinochetista. Y todavía más allá, la relación entre los dos jóvenes, el ladronzuelo y la muchacha muda y bailarina, que trascurre a lomos del caballo en desguace. Detalles nimios nos permiten situar estas historias en la bruma de las venganzas políticas, de los trapicheos económicos posteriores a toda dictadura y, en fin, al destrozo familiar ejecutado desde los ámbitos del poder más corruptos que pensarse puedan. El baile de la victoria, en este contexto, tiene dos acepciones: o bien alude al baile que una y otra vez ejecuta la bailarina coprotagonista, símbolo de una clase reivindicada, o bien estamos ante un título que proclama el triunfo de unos seres sobre otros tras jugar sus cartas al límite tras la desaparición de los traidores a la justicia. Al comienzo y al final, la gran cordillera chilena como sueño dorado que traspasar y comenzar una vida diferente. Y la mirada de Victoria, que emite una ligera palabra. Fin de la película.

El punto de partida del film de Fernando Trueba es la novela homónima de Antonio Skármeta, que en gran parte desaparece a lo largo de la narración en beneficio de un halo poético que Trueba acentúa en detrimento de la trama exterior del componente social y político. Porque esta historia de perdedores (en la que algunos consiguen ganar al final pero otros no) se nos ofrece mediante una artesanía muy próxima al realismo poético de la más reciente cultura latinoamericana, pero sin exageraciones lingüísticas y recurriendo a momentos narrativos que convierten la historia en una especie de poema sobre la desesperanza adulta y la irreductible esperanza juvenil, concretadas ambas en los dos protagonistas, y con la excelente conclusión de que el desesperado sobrevivirá al robo, mientras quien espera será víctima del mismo. Excelente secuencia cuando el joven ladronzuelo es asesinado en el hipódromo una vez que ha conseguido comprar su soñado caballo, al que su dueño vende como pieza sin relevancia tras perder su carrera más relevante. Es el fin de la utopía. O tal vez, las consecuencias de una inocencia natural jamás perdida por ese joven parlanchín hasta la extenuación, sensible ante la perfección de Victoria, y que cabalga en su animal por las calles de Santiago con su chica a grupas, como una extraña realidad en medio de la realidad objetiva que le envuelve y que al final le pasará factura. El nuevo mundo postpinochetista carece de la piedad suficiente para albergar personas de esta guisa, inocentes que viven como si estuvieran en un western de los de antes. La gente no va a caballo, va en coche…, salvo para huir de los peligros ciudadanos, de las fracturas normales, y entonces sí que cabalga en la cordillera gigante, retornando a los orígenes. Cuando Victoria recupera el habla. El habla de la esperanza.

Estamos ante un film que, desde mi punto de vista y como anteriores obras de Trueba, gusta o disgusta en la medida en que se consigue penetrar en el universo creado y que jamás ha trascurrido fuera de un ámbito poético, a pesar de otros comentarios críticos. Porque películas como El año de las luces, La niña de tus ojos, pero sobre todo Belle epoque, nuestro segundo Oscar, conteniendo menos elementos surrealistas desde el punto de vista narrativo, mantenían ese hálito imposible de descifrar que, en ocasiones, nos remite a Fellini y en otras a Cuerda. Es la capacidad para saltar desde planos de un thriller agobiante (una y otra vez el rostro de un enorme Darín y las breves intervenciones de su esposa, Ariadna Gil), a la tragicomedia más dolorosa y delirante (casi todas las intervenciones del joven ladronzuelo, interpretado de forma suprema por un prometedor Abel Ayala), mientras la pantalla se nos llena de la belleza perfecta de esa muchacha que baila como los ángeles en su probablemente única intervención pública en Santiago. Tal vez, en algunos momentos el film acumula demasiados elementos narrativos un tanto claroscuros, que afectan a los personajes secundarios, tal vez. Pero el hecho es que nos encontramos ante una historia audiovisual del todo anómala en la actualidad española y casi mundial. Es una opción por la memoria histórica, pero sobre todo un declarado poema fílmico que nuestros ojos y nuestros oídos tan borrascosos y atascados por lo cutre y lo repetido, apenas están en condiciones de gustar. Tantas películas equivocadamente alabadas por razones mucho más ideológicas que cinematográficas, nos están conduciendo a una imposibilidad estética para percibir que la belleza solamente aparece en instantes privilegiados y que dejarla pasar es como quien ve un cometa en el cielo y cuando quiere recuperarla para gustar su perfección le resulta imposible.

La fotografía de Julián Ledesma acusa, para bien, la dirección enérgica de Trueba, de la misma forma que, a pesar de una enorme dosis de espontaneidad, los actores y actrices sugieren un dominio, por parte del realizador de altos vuelos. Es un film sumamente preciso, calculado, casi matemático, como los anteriores de Trueba, pero que en momento alguno, abdica de su intencionalidad por sorprender al espectador con la ternura de una poesía poderosa y victoriosamente anclada en la realidad. Todo ello para que esa misma realidad salte hacia el arriba de sí misma, descubra su propio misterio, y nos susurre que la vida más pestilente siempre está llena de belleza y de esperanza. Otra cosa es que nosotros seamos capaces de asumir un discurso tan atípico hoy día. Y ante tanta mediocridad, optemos por la demolición del arte. Ha sucedido demasiadas veces en años pretéritos. Lástima.

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