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DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

Escrito por Ernesto Pérez Morán

Una película encantadora que no tiene por qué ser «algo más»

La última película de Spike Jonze, enfant terrible del cine estadounidense supuestamente vanguardista, plantea numerosas incógnitas, como es habitual en la corta filmografía de este director aficionado a alambicar sus narraciones. Ahora las preguntas giran en torno a las motivaciones, más que a la creación en sí. La primera surge en cuanto se advierte la obra literaria de referencia, pues ¿por qué este autor decide llevar a la gran pantalla un cuento infantil que en castellano tiene 355 palabras? Responder a este interrogante es de suma importancia y permite repasar el texto originario, comparar el conjunto resultante e indagar, huyendo de dogmatismos, los posibles fines de Jonze.

Los pasos parecen lógicos y cualquier espectador poco avisado extraería unas conclusiones que algunos han abrazado sin medias tintas. En el librito escrito e ilustrado por Maurice Sendak, publicado en 1963 y convertido pronto en un mito, el protagonista es Max, un niño que, castigado por sus travesuras, se refugia en su habitación, y entonces aparece un bosque frondoso, punto de partida hacia la aventura. Navegando en una barcaza, llega a un lugar ignoto donde encuentra unas criaturas a las que amedrenta con su fiereza. Coronado rey, descubre que ese universo onírico no es tan divertido y regresa al hogar una vez ha hecho frente a sus miedos. La narración contiene, por tanto, dos mundos, con lo que se adivina el atractivo que tiene esa dialéctica para un Jonze que había articulado alrededor de ella sus dos primeros largometrajes.

En Cómo ser John Malkovich (1999), el juego acerca de la realidad y la ficción lo vehiculaba el famoso actor, en cuyo cerebro podían introducirse los personajes a través de una extraña rampa al estilo de Alicia en el país de las maravillas, obra de Lewis Carroll mucho menos pueril –en el sentido peyorativo del término– que este debut cinematográfico. La simplicidad de unos planteamientos de trazo grueso, explicados hasta la saciedad, no impidió que la crítica los saludase como auténticas revelaciones. Posteriormente, El ladrón de orquídeas (2002) escondía una incipiente madurez, pero no por la complicación discursiva –que alteraba tiempos y espacios en un abismo especular–, sino debido al manejo del relato y las sugerencias. Se concedió entonces al realizador la categoría de maestro casi indiscutible, como si de un Alain Resnais se tratase, por citar a un autor capaz de urdir lúcidas reflexiones sobre realidad y representación, desde El año pasado en Marienbad (1961) a Providence (1976). Esos mismos críticos y el público más permeable esperaban impacientes la nueva genialidad de Jonze; sin embargo, éste se empecinaba en dar un quiebro tras otro, produciendo estupideces del pelaje de Jackass: la película (2002), diseñando videojuegos o rodando videoclips, terreno en el que es una autoridad. No había manera: todo lo que hacía era aclamado de forma cortesana y servil.

Y en éstas se descuelga con la adaptación de una fábula infantil basada en la existencia de dos mundos, lo que ha dado pie a esgrimir la continuidad de su «investigación metaficcional» y calificar Donde viven los monstruos de sesuda manifestación artística. Como muestra, y aunque la fuente no sea muy ortodoxa, es fácil acceder a una entrevista con la periodista Mara Torres, en la 2 de TVE, durante la cual Spike Jonze ponía cara de estupefacción ante las preguntas trascendentes, aseguraba que sus intenciones no eran las que se le atribuían y, de paso, coqueteaba con la entrevistadora. Porque si en vez de justificar sus motivaciones con discursos crípticos, se adopta una perspectiva menos compleja, todo adquiere una nueva dimensión dentro de esta historia a ratos deliciosa. El libro de Sendak –productor aquí junto a Tom Hanks– era el favorito del director, quien rinde homenaje a ese universo breve pero exuberante, lanza un guiño malicioso a la fascinación por las modernas tecnologías y se adhiere a la actitud antipaternalista del referente literario.

Vayamos por partes. En primer lugar, la película carece de ínfulas. Al contrario, Spike Jonze y su guionista Dave Eggers (notable novelista) se toman las libertades oportunas, ya sea eliminando el vergel surgido en la estancia, potenciando el viaje del joven –adición muy cinematográfica–, individualizando a cada monstruo o generando subtramas mediante las relaciones que establecen con Max. En cuanto a esas criaturas, su diseño ­–fiel a las ilustraciones– se realiza a la antigua, con la colaboración del artista Sonny Gerasimowicz y la compañía de Jim Henson, responsable de los ‘teleñecos’ de fieltro, y recurriendo a los trucos digitales sólo en contadas ocasiones. La gracia está en que resultan creíbles por estar bien construidos, rompiendo así con la creencia de que basta con la verosimilitud visual. El que parezcan peluches, además, es adecuado al tono general.

Lo que lleva a la tercera afirmación, ya que este filme sin pretensiones consigue captar el valor fundamental de Sendak: alejarse del paternalismo que suele gravitar sobre los niños a través de un protagonista que, sin ayuda de los adultos, exorciza sus monstruos particulares. Porque es cierto que los dos relatos son alegóricos, lo que no es óbice para dar complejidad a las interpretaciones, y Jonze se pone del lado del escritor aportando algunos rasgos propios inconfundibles, como esas entradas circulares que salpican la narración, accesos a un lugar de protección que remiten al pasadizo de Cómo ser John Malkovich, o los paralelismos entre el ataque de rabia de Max al principio y el del entrañable Carol al final –el doblaje hurta la matizada voz de James Gandolfini–, en un desenlace que contiene gotas de lirismo sin caer en la ñoñería. Todos estos méritos, amén del inteligente trabajo fotográfico del operador Lance Acord, se difuminarían al intentar elevar la altura intelectual de Donde viven los monstruos, una película encantadora que no tiene por qué ser «algo más».

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