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LA DECISIÓN DE ANNE

Escrito por Manuel Alcalá

Difícil drama que consigue la dignidad esperable

El director neoyorkino Nick Cassavetes (1959) es hijo de John, el gran maestro del cine (1929-1989), y de su mujer, la extraordinaria actriz, Gena Rowland. La fiel pareja hizo películas inolvidables, algo no muy frecuente en Hollywood llegando a crear un estilo independiente, tanto temático como formal que integró el nuevo realismo europeo y la excelencia del cine norteamericano. Precisamente la madre del director actuó como la deuterogonista en la película de J.Erman Diagnóstico final (An early Frost, 1985) primera que desveló el problema del sida en la vida norteamericana y quizás el anticipo de La decisión de Ana.

Estamos en una familia californiana de Los Angeles, típica de su clase media alta. El padre es bombero de profesión; la madre, abogada pero no ejerce por haberse dedicado totalmente a sus tres hijos: un varón y dos niñas. La situación parece normal, pero no lo es. Kate, la hija mayor, arrastra con 18 años una leucemia congénita, galopante y lastrada de insuficiencia renal. Urge el trasplante de riñón, como última e insegura tentativa. Hasta ahora el tratamiento fue literalmente a costa de Ana, la hermana menor que incluso había sido concebida por consejo médico, para facilitar a la enferma transfusiones sanguíneas y medulares homólogas. El doble martirio no resultó. Tampoco puede recurrirse al hermano mayor por ser incompatible. La decisión es arriesgada a vida o muerte. Con todo, la gravedad del momento es aún mayor por otra razón. Ana ya no quiere seguir siendo la medicina de su hermana. Su adolescencia no tolera psíquicamente una funcionalidad que parece quitarle el dominio de su cuerpo, recién concienciado. Sin dudarlo un momento ni decirlo a nadie, recurre a un abogado para lograr respaldo legal de su postura. Al declarar su actitud, madre e hija se enfrentan, acusándose mutuamente de egoísmo y de lesión de derechos. El equilibrio del hogar se destroza, pues cada uno de sus componentes familiares adopta opiniones distintas, al usar diversos criterios.

El planteamiento del tema, sin duda original, se complica más aún a lo largo del relato. Sobre los enfoques legales se encabalgan los profesionales de los médicos, las opiniones colaterales de parientes y amigos y, por supuesto, el sentido ético difuso de una sociedad donde abundan tales situaciones y casos-límite, oscureciendo las conductas. Precisamente tal acumulación confusa de derechos y deberes podía haber dado al traste con la película, al ser quizá más propio de un relato literario, origen real del argumento. Cassavetes ha recurrido a dos recursos para plantear visual y sentimentalmente el tema y zafarse del peligro. El primero la presentación sucesiva del contenido en incesantes saltos atrás que sintetizan las diversas posturas familiares. El segundo, la apelación sentimental que había utilizado ampliamente en su película anterior, El diario de Noa (The Notebook, 2004), por cierto dirigiendo también por tercera vez, a su propia madre.

Ambas películas coinciden en este punto. Sin embargo, el realizador neoyorkino tomó literalmente nota de las acusaciones de sentimentalismo blandengue que le hicieron entonces y ahora modera la dosis, aun acentuando muchos momentos emotivos. Esto lo consigue gracias a la notable interpretación de los tres personajes femeninos del reparto familiar, núcleo y centro de gravedad del problema. Los masculinos cumplen, sin más dentro de su corrección y colaborando a la credibilidad del asunto. Kate, la hija enferma, está bien encajada por la joven neoyorkina de ascendencia rusa Sofie Vassilieva que a sus 17 años cuenta con varias interpretaciones secundarias, algunas de ellas premiadas. Su difícil papel se resuelve con acierto, gracias al dominio del personaje y al excelente maquillaje que le transforma en existencia fronteriza pero verosímil entre la vida y la muerte en vida. De su parte, en el personaje de su hermana Ana, la provocadora del múltiple conflicto, se esconde Abigail Breslin, brillante neoyorkina que con 13 años cuenta ya con una amplia filmografía de cine (15 películas) y TV (en cinco series). Si la opinión pública no la malogra y ella evita cierto resabio de autovaloración, podría llegar muy lejos. Su actuación en esta película es notable. Por fin, está la madre en su tremenda situación. Era la incógnita del film por haber sido elegida para el difícil papel la californiana Camerón Díaz, cuya trayectoria cinematográfica ha oscilado desde la procacidad descarada al triunfo popular. Sin embargo, aquí muestra auténtica calidad dramática  rica en expresividad, lejos de su habitual agresividad exhibicionista, incluso en los abundantes momentos emotivos. Su actuación es ajustada y llamativa.

La incógnita final sería si esta película resuelve satisfactoriamente en sus perspectivas artística y humana el problema que plantea o lo elude a base de ciertos recursos al sentimiento fácil. Probablemente las opiniones se dividan. Es muy posible que otras soluciones hubieran mejorado el guión. Sin embargo, la obra en conjunto tiene, no sólo la dignidad esperada, sino cierta categoría que acerca la figura del director, Nick Cassavetes, al recuerdo entrañable de su padre y maestro.

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