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AL LÍMITE

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Un policiaco de intriga, suspense, acción y emoción.

Desconozco la serie de cinco episodios que está en el origen de esta película. Pero la fecha de su realización, hace 25 años, nos indica que es anterior a la subsiguiente evolución del género policiaco, que se ha precipitado hacia la acción desaforada, las persecuciones espectaculares, los efectos especiales y la truculencia sanguinolenta. De esta última característica no está del todo exenta Al límite, pero en dosis bastante tolerables, teniendo en cuenta el nivel casi gore al que nos ha acostumbrado los últimos filmes de polis.

La verdad es que se agradece que los guionistas hayan confiado en la inteligencia de los espectadores y hayan urdido una trama que tiene coherencia y lógica narrativas. No se trata de un relato basado en engaño tras engaño, ases de última hora en la manga y giros caprichosos en el tono e hilo narrativos. Al límite es un thriller en el sentido más clásico, es decir, se trata de la investigación de la muerte de la hija de un inspector de policía bostoniano a la puerta de la casa de éste y que, en principio, parece un error o una venganza contra el agente de la ley. Muy pronto, intuiremos –al mismo tiempo que el protagonista, Tom Craven– que no estamos ante una equivocación o una represalia, sino ante un asesinato premeditado, porque la chica trabajaba en una industria nuclear, vinculada a la seguridad nacional e internacional.
 
Los guionistas se esfuerzan no sólo en que la maraña se vaya desenredando paulatinamente sino en dibujar con nitidez la tipología de los personajes y, muy especialmente, del principal, un veterano policía al que se le notan los años y las experiencias vividas. Se toman su tiempo para describir el carácter, su forma de vivir y trabajar. Y lo hacen de forma que nos interesa, no nos aburre, a pesar de no ser un tío especialmente pintoresco, aunque, eso sí, honrado y totalmente honesto. No hay nada de sexo en esta historia y no deja de ser una rareza hoy día. Hay un pero al guión. La narración elige casi siempre el punto de vista de Craven, pero se salta en varios momentos ese planteamiento general para que nos enteremos cómo maquinan los «malos». También son discutibles tal vez esos diálogos y evocaciones de su hija difunta, al menos, en su plasmación visual. Aunque, no cabe duda, sirven para que conozcamos el tipo de relación que había entre padre e hija en el pasado.
 
Martin Campbell ha realizado quizás la mejor película de su filmografía. Su dirección es muy firme, sólida, ajustada. Da el tiempo justo a las secuencias y ha trabajado especialmente la interpretación, en general, muy sobria de gestos, pero muy expresiva en los detalles. Sobresale especialmente la «nueva imagen» que ha conseguido de Mel Gibson, la de una persona ya mayor, cansada, harta de los palos que le ha ido dando la vida y que, al final, lo único que le queda es sacrificarla en aras de aquello en lo que cree y ama.
 
Ayudan a darle empaque al film tanto una fotografía que crea atmósfera como la música de Howard Shore, igualmente discreta, nada estridente, pero que da fondo tonal a las escenas y hasta un cierto lirismo a las que se refieren a Emma, la hija del protagonista. A mí me ha recordado su banda sonora para Una historia de violencia. No hay que buscarle tres pies al gato. Ésta es una película «policiaca», de intriga, suspense, acción y emoción. El ecologismo y la denuncia del mal uso de la energía nuclear son episódicos, el MacGuffin de esta historia que se nos cuenta para entretenernos y hacernos pasar un buen rato. No es poco, sobre todo, porque no nos toma a los espectadores por tontos.

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