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ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS

Escrito por Ernesto Pérez Morán

La lógica del mercado contra la ilógica de Carroll genera un disparate

La obra de Lewis Carroll ‘Las aventuras de Alicia’ es un delicioso díptico (‘Alicia en el País de las Maravillas’ y ‘A través del espejo y lo que Alicia encontró allí’), surrealista avant la lettre en su sinsentido, exuberante en imágenes y personajes aunque conciso en sus interminables alusiones políticas, sutiles y sarcásticas, demoledoramente inteligentes. Alicia, y sobre todo quienes se cruzan con ella, destapan la ilógica inherente a la lógica –esos juegos de palabras constantes–, la locura que reside en la cordura y la sinrazón que a veces rodea a la razón, como esos poemas ingleses del absurdo a los que se da otra vuelta de tuerca. Carroll lo desarrolla a través de locos, ilógicos y nada razonables personajes que con sus órdenes y desmanes impiden a la protagonista tomar decisiones. Al menos en la primera parte, el sueño era suyo, lo que no parece repetirse en la segunda, clausurada con una pregunta al lector sobre la propiedad de la ensoñación a la que ha asistido.

Porque, no lo olvidemos, la justificación de esos dos relatos se apoya en lo onírico, en la no linealidad, en las historias que contienen otras historias (‘Las mil y una noches’ brotan por cada intersticio de esa realidad irreal) y, ya en el terreno de la intentio auctoris, en la fascinación de su autor, matemático zurdo atraído por una niña llamada Alice Liddell, a quien dedica su cuento una calurosa mañana de julio. Esta narración es también excusa para lanzar guiños a sus amigos y andanadas contra los centros de poder británicos, mientras Carroll “juega a ser”, igual que Alicia, quien asegura que es su frase favorita. Y tal vez por ello, a ese juguete que es el cine siempre le ha interesado esta muchacha de imaginación desbordante.

Desde los albores, en 1903, hasta la época reciente, con la estupenda Neco z Alenky (Jan Svankmajer, 1988), pasando por una versión que inauguraba al Carroll sonoro o la referencia necesaria de 1951, en dibujos animados y a cargo de la Disney. Ahora, ese mismo Estudio rescata de nuevo a Alicia para dotarla de profundidad... más falsa aún si cabe, puesto que el rodaje se ha llevado a cabo en dos dimensiones, «infladas» a una tercera que demuestra ser un obstáculo en lugar de una ventaja. Sin entrar a valorar esta tecnología de moda, los efectos añadidos son insuficientemente llamativos, oscurecen la imagen y delatan que la planificación de origen no se adecúa al 3-D, al contrario que en Avatar. Harina de otro costal sería abrir el debate acerca de qué debe adaptarse a qué...

Al margen de una tridimensionalidad «de mentirijillas», que responde únicamente a cuestiones asociadas al vil metal, parecería lógico comenzar el análisis de este filme hablando de su director, el inefable Tim Burton. Si no lo hacemos es porque estamos ante una operación puramente comercial, un blockbuster y no una obra personal de un cineasta en clara decadencia.

Para empezar, el guión no es suyo, sino de Linda Woolverton –guionista, por ejemplo, de El rey León–, quien destroza con saña el referente hasta amoldarlo, como algún crítico ha avisado certeramente, a la rígida horma de los manuales de guión, con el fin último de vender entradas para ver una película institucionalizada, nada arriesgada, bastante reaccionaria en definitiva. La ilógica de Carroll se torna lógica –en un camino de vuelta que el propio escritor denunció en su día–, los personajes están empujados por la coherencia, y Alicia, la antiheroína manipulada por el sueño (que cada uno valore la carga ideológica del autor británico), se convierte en una figura mesiánica, determinada finalmente a cumplir la profecía. Porque ése es el mensaje explícito y masticado de este largometraje, que se parece más a Transformers que a cualquier apuesta seria.

En cuanto a otras referencias, resulta obligada la de Hook, de Steven Spielberg, no sólo por la artera adaptación a los productos taquilleros, sino porque aquí Alicia es una joven casadera que ha olvidado su paso por el País de las Maravillas y regresa años después, recupera su carácter y ayuda a los suyos, con la diferencia de que éstos no pertenecen a su existencia real, lo que aproxima el relato a ‘La historia interminable’ de Ende, salvando todas las distancias. Otra razón más para no haber mencionado hasta ahora a Tim Burton.

Poco queda de aquel outsider oscuro, casi siempre irregular y fatuo pero abrumadoramente imaginativo. Cierto es que su Alicia deja imágenes poderosas y caracterizaciones sugerentes, aunque no sólo está constreñido por un guión de forja y aprendizaje a lo Karate Kid (1984), sino que el universo de Carroll le acompleja y todo se antoja una ilustración ramplona, descuartizada y vendida por piezas. El cineasta continúa el viraje que inició en Charlie y la fábrica de chocolate, cebándose en ese caso con Roald Dahl y heredando de él rasgos racistas, en torno a aquellos esclavos Oompa-Loompas, sospechosamente parecidos a ciertas tribus latinoamericanas. Sin embargo, ahora se subrayan los paralelismos con la estructura de los videojuegos: incluso el combate del desenlace remite sin disimulo a las pantallas finales del ocio informático en sus distintas plataformas.

Así, Alicia en el País de las Maravillas se mueve entre la trilogía de El señor de los anillos y un anuncio de Cacharel, regodeándose en pasajes sensibleros que harían revolverse al mismísimo Carroll. No es rechazable, ni mucho menos, tomarse libertades frente a la literatura que sirve de punto de partida. Pero sí utilizarla para maniobras torticeras, para vender palomitas y tratar de hipnotizar al público con engendros reaccionarios en nombre de las modas. Sólo cabe esperar, sin demasiado convencimiento, que éstas sean pasajeras.

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