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AIR DOLL

Escrito por Francisco M. Benavent

Un fulgor de otros tiempos, cuando el cine era cine.

El japonés Hirokazu Kore-eda (Tokyo, 1962) se va configurando a cada nuevo paso en su filmografía, compuesta por cintas poéticas, emotivas y ricas en observaciones, como un maestro del cine. Licenciado en literatura y tras unos inicios como documentalista televisivo, empezó a llamar la atención con su primer largo, Maboroshi no hikari ([Espejismo], 1995). Después ha firmado Wandâfuru raifu ([Después de la vida], 1998), Distance ([Lejanía], 2001), Nadie sabe (Daremo shiranai, 2004), Hana (Hana yori mo naho, 2006) y la reciente Still Walking (Caminando) (Aruitemo aruitemo, 2009), película cuyo estilo lo emparenta ya claramente con Yasujiro Ozu.

Como en esta última, en Air Doll hace una hermosa -y dolorosa- meditación sobre eso que se llama la condición humana. Se ha inspirado para ello en una novela gráfica de su compatriota Yoshiie Gouda, "La figura neumática de una chica" (2000), apenas veinte páginas donde se mezcla el cuento de Pinocho con una "poupée gonflable", artefacto éste que suele dar mucho juego como demuestran Tamaño natural (1973), Wilt (1989) o Lars y una chica de verdad (2007).
 
Nozomi es el nombre de esa muñeca hinchable instalada en un modesto piso de Tokyo. Es la única compañía que tiene su amo, Hideo, un camarero de mediana edad que la trata como si fuera su mujer. Cierto día ella cobra vida y se da cuenta de que tiene alma. Aprovechando la ausencia de su propietario, sale fuera de la casa y encuentra un mundo nuevo y fascinante. Repite la experiencia en los días sucesivos, aventurándose por los barrios más viejos de Tokyo, encajonados entre grandes rascacielos, dando la sensación de que se mueve por el París de Jacques Demy, o el de Amélie. Conoce todo tipo de gente y disfruta de cada momento. El mundo está lleno de cosas hermosas, pero las personas parecen estar tan vacías por dentro como ella misma y nadie es capaz de explicarle lo que significa "estar vivo". Al lado de Junichi, vendedor en el videoclub donde se emplea (y donde algún masoquista pide El apicultor o El sol del membrillo), va a descubrir el amor y el cine.
 
Poeta tranquilo, Kore-eda narra su película con ritmo pausado, con habilidad para no hacerla larga o inverosímil (dos riesgos que acechaban tras la anécdota argumental), sin meterse por los derroteros fáciles de la farsa sexual (la publicidad que se le hace es contraproducente a estos efectos). Dibuja con abundancia de detalles un cuadro conmovedor y cruel sobre el ser humano, con unos trazos agridulces que no son tan amargos como los que Berlanga y Azcona ponían en su obra magistral, ni tan cómicos como los que Tom Sharpe imprimía a su novela. Por él deambulan personajes (la recepcionista con las medias de costura que teme envejecer, el abuelo sentado en el parque, la mujer que escucha las noticias de la crónica negra) que son como los de Chejov, cotidianos, sin aparente relieve, pero en cuyo interior bullen las pasiones humanas. Convierte así la peripecia urbana de la muñeca en una parábola filosófica sobre la soledad en las grandes ciudades, el deseo y el fetichismo, la búsqueda del amor, las miserias emocionales, la vejez y la muerte. Nadie es feliz si no tiene compañía, se dice. La actriz coreana Bae Doo-na –The Host- encarna a Nozomi, afrontando con éxito un reto nada fácil, hacer de autómata y prodigar la desnudez. Arata (el tímido empleado del videoclub), Itao Itsuji (Hideo) y Joe Odagiri (el Dr. Frankenstein que la creó) son los tres hombres que le abren los ojos ante la vida, una vida que a pesar de todas las penas y frustraciones, merece la pena pasar por ella.
 
La película deja escenas para la memoria: los tres primeros planos que sitúan la historia certeramente, Nozomi sacando la mano por la ventana para sentir las gotas de lluvia, el chico insuflándole aire cuando se corta, la visita a su creador como si se tratara de una replicante de Blade Runner, el momento bergmaniano que pone su mano en la frente del viejo moribundo… Instantes captados con gran belleza, y con la ayuda excepcional del director de fotografía taiwanés Mark Ping-Bing Lee, a quien también se deben las estilizadas imágenes de Deseando amar. El cine de Kore-eda es un oasis en el degradado panorama del cinematógrafo actual, un fulgor de otros tiempos, cuando el cine era cine.

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