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DIARIOS DE MOTOCICLETA

Escrito por Sergio F. Pinilla

Un viaje por Latinoamérica de dos jóvenes poseídos por el hervor de la revolución.

No hay conflicto que vertebre la trama de Diarios de motocicleta, si acaso uno que se gesta en la mente del protagonista (que no es otro que el mítico Ché Guevara) y del que sólo se nos ofrecen esbozos, apuntes (la película se basa en dos diarios de viaje), y un clímax anagnorésico que culmina en la escueta frase que Ernesto le dedica a su amigo Alberto Granado al término de su periplo turístico-existencial desde Buenos Aires a Caracas: “cuánta injusticia, ¿no?”.

El estudiante de medicina Ernesto Guevara De la Serna, de 23 años, y el bioquímico Alberto Granado, hijos de la burguesía argentina, se embarcaron el 4 de enero de 1952 en un viaje para descubrir el continente. Montados en una Norton de 500 cc, “La Poderosa”, iniciaron un recorrido de 13000 Kms, que sentaría las bases para su comprensión del mundo y de Sudamérica. La película pretende documentar esta desconocida etapa del joven revolucionario, y lo hace con una estructura en la que abundan los tiempos muertos y las etapas de transición, lo que puede llegar a cansar al espectador acostumbrado a otro tipo de gramática narrativa.

Walter Salles ya ha practicado este tipo de construcciones cinematográficas en las que la búsqueda procede del interior de sus personajes (vid Estación central de Brasil, 1998), y por eso se pueden escalonar tres fases hasta llegar al “reconocimiento” que opera en la cabeza del personaje principal:

1.- Contraposición entre la cultura indígena (Machu-Pichu), y la cultura impuesta por los imperialismos (representada por Lima como urbe)

2.- Fragmento de la mina, de la cantera, en la que se plasma la injusticia en el reparto de la riqueza, de la tierra, y la explotación laboral por parte de los terratenientes sudamericanos.

3.- Secuencias que se desarrollan en la leprosería de San Pablo, finalizadas por aquella en la que el asmático Ernesto cruza a nado el ancho del Amazonas para celebrar con los enfermos su cumpleaños. Aquí (clímax) finaliza el trayecto interior del joven Ché, el “deja que el mundo te cambie” para “tú cambiar el mundo”. La película termina con esta fractura (el resto lo sabemos por la Historia).

Por mucho que su director haga de la imperfección una cuestión de estilo, Diarios de motocicleta presenta pasajes redundantes y otros prolongados en exceso. Su querencia por los espacios abiertos, esa cierta agorafilia que empareja esta obra con films tan diversos como El cielo protector (B. Bertolucci, 1990) o Gerry (Gus Van Sant, 2002), le sitúa a veces en las proximidades del documental etnográfico, del exotismo, quizás abrumado por la grandiosidad del espacio que representa, más que por los minúsculos detalles, que son los que de verdad hacen crecer esta película. Sirve en cualquier caso como apunte, como boceto, de lo que pudo ser la génesis del mito.

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