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CONOCERÁS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS

Escrito por Norberto Alcover

Demasiados personajes en danza, sin profundizar de verdad en ninguno de ellos.

Si este crítico nada supiera de un tal Woody Allen, extraño personaje neoyorquino venido al mundo hace nada menos que 75 años y autor de, con el film que nos ocupa, 35 películas, casi todas ellas de irremediable éxito, mitificado sobre todo en Europa y de azarosa vida sentimental, excéntrico en su misma figura, judío cultural en su misma autonegación y observador implacable de la neoburguesía mundial, pero sobre todo anglosajona, egregio director de mujeres y guionista complejísimo de historias no menos complejas y un tanto abracadabrantes, reacio a premios y a famas perecederas pero no a famas populares y enamorado de Barcelona y de Oviedo, entre tantas otras cosas, puede que fuera un tanto cruel al analizar y valorar este film que ha sido recibido por los compañeros críticos de forma muy ambivalente. Mientras para unos se trata de la recuperación del estilo del mejor Allen, para otros solamente estamos ante la enésima señal de un declive que se evidenciara con Melinda, Melinda (2004) y Vicky, Cristina, Barcelona (2007), con el intermedio de Match point (2005) ácida, inteligentísima y pesimista hasta el tuétano. Pero no nos dejemos llevar por un estilo crítico comparativo, muy de moda, antes bien, ciñámonos al producto cinematográfico en cuanto tal. Sabiendo todos, crítico y lectores, que tal pretensión es, en gran parte, una utopía intelectual imposible por aquello de los textos y contextos, de los lingüistas estructurales de los ochenta.

Alfie, un Anthony Hopkins algo envarado y hasta encorsetado, es un viejo ricachón, inteligentísimo y reputado socialmente que, sin esperárselo, intuye que sus días se acaban y se hace necesario vivirlos con toda la intensidad posible: se divorcia de su mujer, por lo tanto, y se liga (o es ligado) a una joven y espectacular prostituta, de ignorancia supina pero buena conocedora de hombres y aledaños. En este arranque del conjunto de las cuatro historias que componen este film más ocurrente que inspirado (de la inspiración al método, podríamos definirlo), reside el meollo del conjunto. No en vano, el film se abre, voz en off conductora de punta a cabo, con una cita de Macbeth: “La vida es un cuento absurdo, narrado por un idiota y lleno de ruido y de furia”. Con tales palabras, el mismísimo Allen se autodenomina idiota, en la medida en que él mismo es el narrador (es inevitable otra interpretación) de las historias que siguen, llenas como están todas ellas, pero sobre todo la primera, de ruido y furia. De inutilidad y desasosiego. Y así, esa tentativa de narración se convierte en un cuento absurdo, en el sentido de que todos perseguimos una excelente utopía sentimental y casi nunca la conseguimos alcanzarla, con lo que nuestra existencia/vida se vacía de significado.
 
Como sucede al viejo Alfie, situación que se expande en la relación de Sally (excelente y cada vez más madura Naomi Watts), hija de Alfie, y Roy (un tipo perfectamente interpretado por Josh Brolin, un actor inequívocamente yanqui), en esa otra relación entre Roy y su amigo Henry Strangler, escritor en coma pero con posibilidad de recuperación ante el asombro de Roy, pero sobre todo en la tercera relación de altura entre Helena (una Gemma Jones en su mejor interpretación, intuitiva, del todo asumida por su personaje y tan típicamente inglesa que nos desarma) ex esposa de Alfie, entregada al misterio de adivinos sin cuento, y en fin, compañera del extraño librero esotérico que ese Jonathan (un adecuadísimo Roger Ashoton-Griffits). Y sobrevolando este lío narrativo de parejas, nuestro Antonio Banderas, ese galerista que busca y se engaña, y la amiga de Roy, una Dia, guapísima y asequible Freida Pinto, que pone el punto multicultural al cruce endiablado de historias, de situaciones y de resoluciones conclusivas. Al final, en un encuadre absolutamente clásico, Helena y Jonathan cruzan sus brazos con una copa de champán, ambientados en un parque inglés donde los haya, mientras dejamos atrás los puentes neoyorquinos de aquella primera película: Annie Hall (1977) y sobre todo Manhattan (1979), prolongadas en Otra mujer (1988) y Maridos y mujeres (1992), el film más percutante de Allen, hasta llegar al salto de la ya citada Match point, cuando el viejo judío enfrenta a esa nueva generación de sinvergüenzas y arribistas que barre todo lo anterior.
 
En nuestro caso, hay una vuelta al pasado, pero incluyendo, como comentaremos a continuación, una serie de elementos actuales que se incorporan al guión y por lo tanto a la acción del film. De suyo, nada nuevo. Todo mucho más metódico que inspirado. Todo ya un tanto sabido. Y aunque parezca una boutade, uno se pregunta si no debiera Allen  recuperar el talante de Interiores (1978), por mucho que se le acusara al estrenarla de intentar parecerse a Bergman. Era un film de extraña hondura que, dejando de lado el humor, penetraba como un estilete en el ruido y la furia más íntima de un grupo de  mujeres perfectamente analizadas y destripadas. Pero ésta es una cuestión que el crítico puede apuntar y nunca debiera imponer su criterio al director, absolutamente libre de hacer lo que le venga en gana. La obra es suya, y el crítico solamente la analiza y valora con el mayor de los respetos.
 
Llegados aquí y tras constatar que, como siempre, el estilo narrativo de Allen es el típico de la casa, agilísimo, sorprendente y pulcro en su sencillez, con ese afán tan clásico por los planos secuencias, combinados con los planos casi primeros, nuestro director, según indicábamos ya antes, insiste en sus varias temáticas serias y un tanto nuevas, pero no originales en absoluto. De una parte, el análisis de una vejez que no acaba de aceptarse en lo que es (el personaje de Alfie es excelente al respecto), la insistencia en que la ilusión es más relevante que la medicación (en frase de Helena, tan fiel a sus pitonisos de turno), en tercer lugar la desilusión de una juventud/mediana edad que ha perdido el rumbo no sólo afectivo porque también profesional (el caso de Roy es pedagógico), también la duda meticulosa de Allen hacia el arte contemporáneo (emblematizada en Greg, Sally y la pintora que acaba por introducirse en la vida de Greg y de Sally), y en fin, la crítica corrosiva del culto al cuerpo como instrumento un tanto inútil de perennidad cronológica (de nuevo, el personaje de Alfie).
 
Por todo lo dicho, se hace preciso recuperar el film apenas citado por los críticos amigos y anterior a éste que nos ocupa, Si la cosa funciona (2009), donde la vejez en su relación con la juventud se convertía en la columna vertebral de una acción mucho más interesante que la de este film, repetimos que un tanto gris y, al cabo, algo veleidoso. Es el problema de conseguir, con el tiempo, un método determinado, sobre todo en el momento del guión, en detrimento de la inspiración. Y es que es dificilísimo que un ser humano, por genial que sea, nos entrega dos filmes cada tres años. Acaba en una cierta rutina, que se manifiesta en el mecanismo de la obra por un cansancio creativo inevitable. Otra cosa es que nuestro director se lo pase la mar de bien llevando a cabo su tarea, lo que no ponemos en duda ni por un instante. El entusiasmo nunca es garantía absoluta de calidad, sobre todo en arte. Ayuda, sin más. Y si no les convence esta tesis, sigan el personaje de Roy, donde el mismo Allen nos demuestra que es verdad.
 
En una palabra, Allen se debate entre la realidad y la ficción, entre la situación objetiva de Helena y las aportaciones que le regala (con bonito dinero por medio) la pitonisa Cristal del Giorno (atención al nombrecito) muy bien interpretada por Paulina Collins. Pero ella y Jonathan, especialista en literatura esotérica, son los que acaban unidos en una mutua comprensión que les asegura un espléndido futuro. Alfie se hunde a fuerza de realismo sucio, mientras los dos segundos forman una pareja sólida en su ficción esotérica. Se trata de una objetiva evolución en nuestro Allen tan pragmático, quien desde sus comienzos, pero sobre todo en Otra mujer, apuntaba ya, como de refilón, la relevancia del subjetivismo ilusionado como definitivo motor de la vida. El problema es que tipos como el joven arribista de Match point y el menos joven de Scoop (2006), se crucen en esta ilusionada intencionalidad y la hagan trizas con su amoralidad. Ahí es donde golpea Allen. Ahí es donde debiera dolernos el cine del pequeño judío neoyorquino. En que, tantas veces, los malos se comen a los buenos… sin que los buenos caigan en la cuenta y hasta les aplaudan. Llamarle a esto pesimismo es una buena solución. Pero es que nuestro hombrecillo ya rondaba tal pesimismo desde Toma el dinero y corre (1969), su primer film. Hagan memoria.
 
“La vida es un cuento absurdo, narrado por un idiota y lleno de ruido y furia”. Este film corrobora la tesis de Macbeth. Pero, más allá de las objetivas intenciones de Allen, plasmadas en las historias que conforman esta abigarrada película, la verdad es que estamos ante un film algo recortado, con demasiados personajes en danza, sin llegar a profundizar de verdad en ninguno de ellos y, al introducirse la memoria en nuestro juicio crítico, ya visto y oído con anterioridad, lo que acentúa un cierto cansancio en la butaca. Los espectadores, a la salida, comentaban, y yo mismo con ellos, que bien, que muy bien, que un film entretenido y divertido, que muy Allen, pero nada más. Y se lanzaban como posesos a tomar cañas en una tarde agosteña superior a esa mediana experiencia estética y ética. Peligrosa reacción para el hombrecillo miope que tantas veces nos entusiasmara con otras historias frescas y apabullantes en su escondida y crónica crítica del mundo en que vivimos. Y uno, allenista empedernido, lo lamenta. Por favor, maestro, menos películas y más meditadas. Es lo que toca a su edad.

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