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CRIMEN FERPECTO

Escrito por Miguel Ángel Huerta

Estrategias de planificación casi clónicas y recetas narrativas sometidas al imperio de la imagen.

A estas alturas nadie puede negar que Álex de la Iglesia posee una de las mentes más cultivadas en eso que podríamos denominar “recursos audiovisuales”. Tiene el vizcaíno vigor en la mirada, fuerza en la cámara y un arsenal icónico en la memoria. Innegable. Rueda de miedo. Pero, ¿es suficiente?

Este cronista se teme que no. De nada –o de poco- sirve la energía visual cuando se pone al servicio de la gratuidad. De hecho, su último título está clamorosamente mermado por las huecas tentaciones que últimamente vencen al realizador. Todo cuela si mola, nada debe justificarse si se cautivan los ojos del espectador y todo exceso cabe en nombre de una sobredosis de adrenalina.

Tristemente, nos da la impresión de que el cine de Álex de la Iglesia languidece a cada paso. Es más, poco queda ya en sus fotogramas de la actitud justificadamente iconoclasta de Acción mutante o de la redondez de El día de la bestia. A fuerza de mostrarse como uno de los autores más modernos del cine patrio su cine despierta ya un tufo a rancio, a pasado, a más de lo mismo.

Crimen ferpecto se suma a Muertos de risa y a La comunidad en el tratamiento del gran asunto de la ambición. Y es que la ambición motiva y ciega a los personajes de este desafortunado trébol fílmico. Lo mismo da que sean cómicos famosos, vecinos sedientos de pasta fácil o vendedores de grandes almacenes dispuestos a todo por el éxito profesional. De la Iglesia aplica una fórmula común, estrategias de planificación casi clónicas y recetas narrativas sometidas al imperio de la imagen.

Y lo peor es que intenta envolverlo todo en un discurso aparentemente comprometido con la realidad de una sociedad hipócrita cuando sus reflexiones no van nunca más allá de la impecable factura y del recitado de sus referencias culturales. Hay en Crimen Ferpecto declaradas citas a Ensayo de un crimen, al Crimen perfecto de Hitchcock y a otras perfecciones del orondo británico. No se le puede negar a de la Iglesia que conoce el terreno formal que pisa. Pero, insisto, la sucesión de piruetas en el vacío le cortan las alas a un filme de vuelo demasiado corto.

En primer lugar, el relato es previsible por mucho que intente sorprender. En segundo término, su pulso se aprovecha descaradamente de un trazo grueso impropio de mentes tan inteligentes como las que tienen los guionistas. Y, en tercera posición, debe de ser muy divertido grabar a una turbamulta en el madrileño Callao, pero más que recurso ya parece truco, otro más en la larga sucesión de soluciones que pueden localizarse fácilmente en la filmografía del director.

Guillermo Toledo, pese a su innegable capacidad cómica, no da el pego como jefe de planta de un centro comercial. Y, en general, los actores están sometidos a los grumos estéticos de un filme que evidencia la esclerosis creativa en la que se ha metido Álex de la Iglesia. Toda una pena en una industria tan necesitada de gente con vigorosa personalidad. Ojalá vuelva pronto el Álex radical y termine este descafeinado tránsito por el conservadurismo -o, casi peor, por una especie de tercera vía- en que se ha metido el antaño niño terrible y gamberro del cine español.

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