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AMADOR

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

Un filme valioso, convencido y convincente, muy bien escrito y magníficamente interpretado.

Con una de las pocas carreras cinematográficas que ciertamente pueden ser calificadas de coherentes, Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) ofrece su quinto largometraje de ficción que lleva por título Amador, al igual que el personaje de Los lunes al sol (2002) también interpretado por Celso Bugallo. León de Aranoa puede ser muy bien considerado heredero directo de esa línea de realismo que lideró la generación del Nuevo Cine Español desde finales de los cincuenta, aunque tenía notables antecedentes incluso en el falangismo social de Nieves Conde (Surcos, El inquilino), cuyo testigo ha sido recogido por pocos pero muy estimables cineastas como Montxo Armendáriz o, en su misma generación, Icíar Bollaín, y que actualmente tiene como referencia mundial la figura de Ken Loach. Este realismo entronca con la tradición literaria y plástica de la cultura española en su voluntad de mostrar de forma crítica la realidad, poniendo de relieve sus conflictos, subrayando sus deficiencias o fustigando sus corruptelas. La citada Los lunes al sol, pero también su segunda película, Barrio (1998), revelan el compromiso del cineasta con la sociedad que le ha tocado en suerte. El tema de la inmigración, también presente en aquella película y, sobre todo, en Princesas (2005), su última producción, vuelve con fuerza en Amador.

Éste es un anciano postrado en cama para cuyo cuidado es contratada Marcela, una inmigrante latinoamericana decidida a dejar a su marido Nelson –que se dedica a revender flores de desecho- cuando se entera de que está embarazada. El trabajo le viene de perlas en lo económico, pues Nelson quiere comprar el imprescindible frigorífico donde mantener las flores frescas. Y la relación con el viejo escéptico empeñado en armar rompecabezas imposibles le resulta muy provechosa, pues, poco a poco, cambia su perspectiva vital. Amador siente la muerte cerca y le promete a Marcela que dejará su sitio al niño que ella espera; pero fallece antes y la mujer se ve con más apuros económicos, por lo que decide ocultar el deceso.
 
Aunque se titule Amador, bien podía haberse llamado Marcela, pues su protagonista absoluta es esa mujer callada y recia, sufridora y superviviente, que se sobrepone a todas las desgracias. El cineasta se toma su distancia con este personaje que siempre mantiene su dosis de misterio y al que el espectador nunca llega a conocer del todo: esa distancia respetuosa es, también, la perspectiva vital de quien aborda como observador externo los problemas de un sector de nuestra sociedad, el de los inmigrantes, aunque León declara que “No quería tanto hablar del fenómeno, que es un tema interesantísimo, como de la realidad española. Si ahora se rodara El ladrón de bicicletas, Antonio [su protagonista] sería ecuatoriano, peruano o marroquí”. La supervivencia con oficios mal pagados o al borde de la ilegalidad, la desconfianza de los nacionales o el sentimiento de ruptura de las comunidades de origen aparecen como algunos de esos problemas. Pero el radical es la supervivencia, la disciplina y la exigencia de los personajes de vivir desde la ilusión de un proyecto de futuro. Este motor del porvenir puede ser tan elemental como el puzzle que compone Amador o de mayor enjundia, como la relación con una persona con quien se cartea. Pero es lo que decide a Marcela a dejar a su marido, porque no se ve con él envejeciendo juntos…; y el futuro del bebé que crece en su vientre es lo que le lleva a un comportamiento tan drástico como mantener en la casa el cadáver de Amador.
 
Como todo cineasta poseedor de una visión del mundo y de una actitud de compromiso con aquello que refleja, en los relatos de Fernando León hay diálogos, símbolos o imágenes que alcanzan una densidad significativa y se convierten en motor del relato y metáfora con la que mostrar esa visión del mundo. Es lo que sucede con las flores, el rompecabezas o las nubes. Las flores robadas que sirven para la supervivencia de Nelson y Marcela también serán compañía en el tránsito de Amador y, como dice Nelson, se usan en las tres cosas más importantes de la vida: el nacimiento, las bodas y la muerte. Las nubes son inventadas por Dios para ocultarse avergonzado, no se sabe si por lo que él ha hecho –como dice Amador- o por lo que hacemos nosotros, como cree Marcela. Y el rompecabezas es la tarea aparentemente inútil que da sentido a una existencia, pues vivir no es otra cosa que juntar piezas y colocarlas en el lugar oportuno, según acaba aprendiendo de Amador la inmigrante latinoamericana procedente de un país que no tiene mar. Ese aprendizaje resulta muy valioso para la decisión de emprender su futuro sin Nelson, a quien deja la carta rota en pedacitos para que la recomponga como un puzzle tras comprobar su infidelidad a través del testimonio de una fotografía, también rota, que ella ha tenido que componer.
 
Este cine de insobornable compromiso con la realidad no renuncia a la autoconciencia propia del cine moderno; además de que un personaje dice “ser más de películas que de libros” o de que se subraye la crisis del cine español con un maquillador que emplea lo aprendido en un tanatorio (¡), Fernando León vuelve los ojos sobre su propia filmografía para retomar (rescatar y rehabilitar) al viejo derrotado de Los lunes al sol que ahora es otro personaje con el mismo nombre y cuerpo de actor; y, sobre todo, a su único cortometraje, Sirenas (1994), donde ya aparecía la nostalgia por el mar y las figuras de mujeres en sillas de ruedas con las piernas tapadas con una manta.  
 
Aunque en algún momento parece que el ritmo decae y hasta el conjunto de la película se presenta con una progresión dramática sin apenas sorpresas, no cabe duda de que Amador es un filme valioso, convencido y convincente, muy bien escrito y magníficamente interpretado, sobre todo por Magaly Soler, cuyo personaje misterioso está en continuidad con el de La teta asustada que la dio a conocer. A la materia netamente dramática se le contraponen algunos momentos de humor, como la figura de la prostituta madura con alma de madre o hermana mayor, todo un personaje lleno de encanto; o la conversación en la iglesia entre Marcela y el párroco, un diálogo imposible en dos niveles que nunca se encuentran. Como en el cine británico de Ken Loach, Stephen Frears y otros críticos sociales, este humor resulta muy agradecido y pertinente, porque los discursos más críticos no pueden obviar la dimensión tragicómica de la realidad, además de tener en cuenta la tradición burlesca de la escena y la pantalla con su capacidad de análisis de costumbres y conflictos.

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