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COPIA CERTIFICADA

Escrito por Angel Luis Inurria

Engatusador ejercicio de estilo sobre el neorrealismo sentimental de la pareja.

Si el sentimiento que despierta la contemplación de una obra de arte es igual al que se siente ante la visión de su reproducción, o sea, de su copia, merece la pena certificar la copia. Si trasladamos dicho efecto desde el arte hasta la existencia cotidiana entraremos en el reino de lo sucedáneo, que minimiza la esencia de lo que sustituye y provoca ausencias que afectan a los sentimientos y deterioran la relación en la pareja. Copia y original son el objeto del libro del que es autor el protagonista del filme, un ensayista británico, James Miller (William Shimell), interesado por la filosofía y psicología del arte, cuya presentación  ante el modesto y entregado auditorio de un pequeña y culta localidad de la Toscana es el punto de partida que utiliza el realizador de A través de los olivos en su última obra, Copia certificada, en la que se reflexiona sobre la relación original/copia: “la copia posee valor por sí misma porque nos conduce al original certificando su validez”, declara el protagonista en su conferencia, para apuntar más adelante el paralelismo entre la reproducción en el arte y en la raza humana, y proclamar que la forma de mirar cambia el significado del objeto.

El encuentro temporal que enseguida se produce entre el citado escritor protagonista y una anticuaria francesa, Juliette Binoche, establecida en la localidad de la presentación de la versión italiana del ensayo a cuyo acto asiste, cristalizará en una excursión turístico-artística en cuyo deambular se debatirán en constante reflexión dialogada las precariedades emotivas de la pareja,  a partir de la oposición original / copia, desde al arte hasta la vida, en cuyo transcurso, fruto de una confusión, asumirán el papel de matrimonio, una simulación naturalizada por ellos, hasta que las campanadas finales que anuncian la hora a la que debe prepararse a partir el presunto amigo/marido, ponen término al ensayo por encontrar explicación al irresoluble desgaste sentimental que supone el paso del tiempo. Las cosas cambian ante los mudos testigos de varios modelos de recién casados algo bobalicones, un matrimonio maduro (el marido está interpretado por Jean Claude Carrière, que como buen guionista sabe lo que necesitan los personajes, y así se lo declara a James Miller, una de las muestras del humor soterrado de Kiarostami), y la aparición final de una pareja de ancianos encorvados por la vida, que precisamente no destilan consuelo, sólo resignación. Todos ellos testigos de la experiencia cultural-turística y existencial que disfrutan los protagonistas, en el bello escenario toscano (Arezzo, Luciganno, Cortona) sitiado por su abigarrada huella artística donde inician una catarsis que se queda a medias.
 
Es comprensible, aunque no en todos casos admisible, que la visión del último filme del realizador que con El sabor de las cerezas certificó su asentamiento en el olimpo cinematográfico incite a detectar relaciones con Fraude, Te querré siempre, e incluso con alguna de las películas que Bergman dedicó al matrimonio. En el caso de la película de Welles, hay que diferenciar entre la falsificación, el fraude y la copia asumida como certificación del original; y en cuanto al filme de Rossellini, su final, por ejemplo, nada tiene que ver con de la obra aquí reseñada, las campanas llevan otro mensaje, ni tampoco es la misma su postura moral en la peripecia de las relaciones de sus protagonistas. Menos aún tiene de bergmaniana -siempre entraremos en la valoración de los comunes denominadores frente a los mínimos comunes- aunque uno, que, insisto, también tiene derecho a tener sus manías, pensó en La flauta mágica, en su secuencia inicial, la reacción emocional del público, ante la música, que aquí alcanza un cierto paralelismo en la forma que está concebida la planificación del inicio de la narración fílmica, la conferencia en la que el protagonista presenta su libro: una perfecta relación entre la acción fuera de campo y su integración en la propia acción mostrada en la pantalla, en feliz complicidad con la banda sonora en la que está omnipresente el discurso del conferenciante.
 
Abbas Kiarostami, que en sus inicios de cine pobre, aunque no tanto, dejó patente su maestría para dirigir a niños y a actores aficionados, demuestra que sabe desenvolverse como pez en el agua en la industria europea y conseguir excelentes resultados de Juliette Binoche que ofrece una interpretación conscientemente sobreactuada, donde además de su ya conocida facultad de expresar con la mirada, ofrece ahora un meritorio ejercicio de gesticulación facial en perfecto equilibrio para su logro interpretativo, con la sonrisa de su mirada compatible y comparable con el brillo de su sonrisa. No menos meritorio es el debut cinematográfico del barítono William Shimell, que ya trabajó con el realizador iraní en el festival operístico de Aix-en- Provence, capaz de cambiar con naturalidad su máscara expresiva a lo largo de los diversos registros, mejor dicho de los diferentes papeles que requieren las distintas personalidades que conforman su personaje. Pero es en su mirar fílmico, más allá de su dirección de actores y de lo apropiado, acertado o meritorio de su reflexión ética y/o estética, a pesar de ser parte de un todo, donde deja la impronta de su embriagadora, sugestiva y brillante manera de concebir la sintaxis cinematográfica, presente desde las primeras escenas.
 
El filme, que arranca con una soberbia secuencia, insisto, un brillante ejemplo de singular mirada de Kiarostami -probablemente influida por sus estudios de Bellas Arte- extiende su singularidad a los juicios que pone en boca del protagonista, como aquel donde rompe una lanza por la juventud, a la que tanto ha observado y que tan sabiamente a filmado en los inicios de su carrera, defendiendo sus “yqueses” y valorando su libertaria y anárquica postura por vivir tan sólo el momento (es significativa las actitud y conversación del adolescente hijo de la protagonista con su madre) libertad que el propio cineasta hace suya para emplear el recurso del lenguaje que mejor le va a cada escena o secuencia de su narración fílmica -y qué, parece escupir al espectador alienado por el cine comercial, como si fuera otro adolescente-, donde la banda sonora con omnipresencia del diálogo no es elemento despreciable, al igual que el montaje, aquí supeditado a la planificación. Así, nos muestra a los protagonistas en su conversación inicial en el coche, inicio de la escapada,  cuya luneta trasera nos permite ver lo que se deja atrás mientras en su parabrisas se refleja el paisaje urbano que transitan, para ofrecer a continuación un muestrario de las distintas formas de plasmar dicho diálogo automovilístico en comunión con el paisaje de la Toscana que atraviesan, bordeado de bellos pero nada optimistas cipreses, escritura fílmica que alterna el plano contraplano y el plano general, sin dudar, a lo largo del metraje en alternarlos con el plano secuencia, y convertir a la cámara en espejo, a veces para el personaje, a veces para el espectador, y hacer de los espejos reales  sirvientes de la misma, en un discurso visual tan original y propio como adecuado a la narración fílmica, donde las puertas de abren de diferente a forma, las ventanas nos sugieren distintas perspectivas, y los planos, cuando son fijos, no están reñidos con el dinamismo, planos fijos que en ocasiones nos remiten a Las Meninas.
 
Todo ello diluido en sutil sentido del humor sin buscar ser trascendente al ofrecer la cruda realidad; podríamos hablar de neorrealismo de los sentimientos, revestido de la metáfora del origen, pasado del que todos provenimos y al que en parte copiamos en un proceso de certificación. Copia certificada, en resumen, es un producto tan rico en interpretaciones como brillante en la escritura de su sincero discurso, último ejemplo del magisterio fílmico y aguda sensibilidad de Abbas Kiarostami que nos ofrece un juego tan inusual como placentero, sin renunciar a su personalidad pero servido dentro de la más pura globalización de la producción europea, con presencia del inglés, el francés y el italiano, propios de quienes aparecen en la película.

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