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DE DIOSES Y HOMBRES

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Obra consistente con ritmo contemplativo sobre un hecho histórico

El suceso conmovió a la opinión pública, sobre todo francesa. En 1996, en plena eclosión del fanatismo islamista en Argelia, un grupo armado (nunca se ha esclarecido si fueron miembros del GIA o del ejército) secuestró y degolló a siete trapenses del monasterio de Tibhirine, en el Atlas. El film de Xavier Beauvois narra con plausible verosimilitud cómo vivieron los monjes la época previa a su martirio. El guión se ha inspirado en los testimonios de los vecinos del pueblo y en la correspondencia epistolar de algunos de las víctimas. El film se estrena en España a poco de que se haya hablado en los medios de comunicación de la persecución que sufren los cristianos en diversos países, muchos de éstos de confesión musulmana. Campo abonado, pues, para que esta película tenga una acogida tal vez mejor. También la avala el Gran Premio del Jurado del festival de Cannes de 2009 y la candidatura francesa al óscar para películas de habla no inglesa.

 El film resulta un tanto insólito porque es explícitamente religioso, aborda un problema de conciencia y muestra actitudes evangélicas que chocan frontalmente con la cultura dominante no sólo en aquel país sino en el Occidente poscristiano. La cara de sorpresa del militar argelino cuando ve a Christian rezar por el terrorista abatido es elocuente al respecto. Lo mismo que el desinteresado servicio médico que prestan a la gente de la comarca, o la participación en fiestas como la circuncisión de un niño u otras actividades sociales del pueblo.
 
Desde el comienzo, la descripción de la pacífica y ordenada vida monacal está teñida por la creciente amenaza terrorista. El GIA, el movimiento islamista armado, ha anunciado que matará a todos los extranjeros que no salgan del país. El dilema no tarda en presentarse a los monjes: volver a su Francia originaria o arrostrar un posible y casi inevitable martirio. El guión dosifica la inminencia del peligro: primero, noticias del asesinato de una mujer por ir sin velo, luego el degüello de los trabajadores croatas, después el intento de llevarse al médico, más tarde el traslado al monasterio de un herido de bala, a continuación el registro de los soldados y finalmente el secuestro.
 
Sin embargo, el ritmo del film se mantiene inalterable: pausado, cadencioso (como la melodía de los himnos que cantan los religiosos), contemplativo. Como si se hubiera contagiado de la mansedumbre de sus protagonistas. Incluso los conflictos se resuelven de manera «civilizada», armónica, dando tiempo al tiempo y a que las opiniones evolucionen. Pero esa lentitud acaba por restarle fuerza en ocasiones. Es verdad que hay momentos memorables en que esa cadencia se hace necesaria. Por ejemplo, en esa extraordinaria secuencia de la «última cena» en que celebran su decisión definitiva de quedarse y afrontar su suerte con la música de Chaikovski de fondo. Pero el metraje podría haberse reducido con no regodearse en exceso en algunos planos más fotográficos que narrativos.
 
Son defectos que no empañan decisivamente la calidad de una obra que defiende la altura moral de quienes no quieren renunciar a sus convicciones más íntimas y últimas sólo porque, si son coherentes con ellas, pueden perder la vida. Además, los muestra como unas personas de paz, que conocen la cultura y la religión de sus vecinos (a veces mejor que quienes se proclaman defensores del Islam), la respetan y no la cuestionan, pero que viven conforme a unas actitudes evangélicas: tolerancia, atención a los necesitados, dignidad de las personas de cualquier condición, amor al prójimo e incluso al enemigo, toma democrática de decisiones, etc. Todo ello con sencillez, sin proclamas proselitistas ni grandes discursos justificativos. Simplemente, con una manera de proceder acorde con los principios y valores en que se cree.
 
La interpretación, sobre todo de Lambert Wilson y Michael Lonsdale, es espléndida. En una película como ésta la veracidad de los rostros, de los gestos y posturas es fundamental, mucho más que la brillantez de los diálogos o lo acertado de la iluminación. Estos ocho monjes que polarizan nuestra atención durante dos horas tienen semblantes que se te quedan grabados mucho más que sus nombres. Por otra parte, respiran humanidad y no son ni hieráticos ni simples, sino que trasmiten muy bien sus emociones, dudas y modo de pensar. Nada tiene de extraño que Xavier Beauvois haya obtenido esa gran actuación de todo el reparto, por algo es profesor de dirección de actores en La Fémis parisina, anteriormente conocida como el IDHEC.
 
Beauvois es prácticamente un desconocido en España y su filmografía anterior no invitaba a pensar que podría sacarse de la manga una obra de esta envergadura. Porque De dioses y hombres no es sólo testimonio de un hecho histórico sino también una película sólida y consistente, que indica que detrás de la cámara hay un cineasta que conoce y domina los recursos de su oficio. Esperemos que los siga desplegando en obras posteriores.

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