.

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Film amable, que se ve con gusto y agrado, aunque demasiado largo

La comedia argentina de contenido social he hecho fortuna y se está desarrollando como un género propio de buena aceptación por parte del público. Sus bazas son un humanismo de hondas raíces que antepone la persona a las instituciones, la sátira de costumbres o usos sociales que acaban por ser cómicos y un cierto localismo que le da color propio a personajes y situaciones. A veces linda con el melodrama y otras, con la farsa, pero mantiene un difícil equilibrio entre ambos.

Cuestión de principios es buena muestra. Adapta a la pantalla grande un cuento homónimo de Roberto Fontanarrosa, un excelente escritor y dibujante de Rosario (Argentina) con una espléndida colección de cuentos publicados que el director de esta película llevó a la televisión en forma de serie en 2007. Fue un éxito y Rodrigo Grande se animó a utilizar uno de ellos como base para un largometraje. Esta procedencia se nota un poco: se han alargado en exceso la historia y hasta el desenlace sin que la materia narrativa se haya enriquecido lo suficiente. Por eso se acaba diluyendo un poco el interés, que sin embargo mantienen la interpretación de actores tan sólidos como son los argentinos y, muy particularmente, la cabecera del reparto con esos dos grandes de la escena que son Fernando Luppi y Norma Aleandro. También el resto del plantel raya a gran altura. Los personajes secundarios adquieren un relieve importante precisamente porque los interpretan Pepe Novoa, Óscar Núñez o Óscar Alegre, por citar algunos, actores cuya sola presencia aporta credibilidad y veracidad al film.
 
Ése, pienso yo, es su mayor acierto: una buena elección a la hora de hacer el reparto. A la trama le falta un poco de altura aunque ejemplariza muy bien las dos posturas que se quieren criticar. Por una parte, el «orgullo» de parecer y ser un hombre ético arrostrando sus consecuencias y, por otra, la prepotencia altanera de quien piensa que todo se puede comprar y que todos tenemos un precio. Ambos pecan de demasía (la hybris del teatro clásico) y por eso acaban siendo castigados, aunque el enfrentamiento no es entre iguales.
 
Las simpatías del director y del público se las lleva el bueno de Adalberto Castilla, tan estirado en su moral y principios como podría serlo un viejo hidalgo español de esos que aparecen en los cronicones o en el teatro calderoniano, y que acaba siendo víctima de su tozudez y de la imagen pública que ha procurado mantener toda su vida. El villano es, en cambio, el petulante Silva, buen ejecutivo pero un desastre en su vida privada, empeñado en demostrar a su testarudo empleado que él tiene el control del personal y de la empresa en todo momento incluso en la reunión del consejo de administración que acaba por arruinar la intromisión de Adalberto con su lección de ética.
 
Burla burlando Cuestión de principios pone en la picota una ética formalista que, a veces, da cobertura a la rigidez e inflexibilidad y que puede ser refugio de pusilánimes o incapaces de adaptarse a circunstancias nuevas o cambiantes. No deja mejor al defensor del «todo vale si consigues lo que quieres». Los rasgos que configuran la figura de Silva rayan con la caricatura, aunque Pablo Echarri (otro actor argentino en franca progresión) acaba matizando su personaje y dándole encarnadura. En suma, un film amable, que se ve con gusto y agrado, aunque pese en algunos momentos su duración.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.