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EL ÁRBOL

Escrito por Francisco M. Benavent

Duelo y supervivencia a la sombra de una higuera gigantesca

La francesa Julie Bertucelli (Boulogne-Billancourt, Hauts-de-Seine, 1968) es hija de Jean-Louis Bertucelli, quien con Murallas de arcilla (Remparts d'argile, 1968) se hizo un nombre en el circuito de los videoclubes postsesentayochistas para irse después perdiendo con Intimidad conyugal (On s'est trompé d'histoire d'amour, 1974), La vida privada de una doctora (Docteur Françoise Gailland, 1975) y Hoy, quizá (Aujourd'hui peut-être..., 1991). La profesión la aprendió trabajando como ayudante de dirección, sobre todo en los rodajes de su padre y del georgiano Otar Iosseliani; también junto a Krzysztof Kieslowski -Tres colores: Azul (Trois couleurs: Bleu, 1992)- y Bertrand Tavernier -La carnaza (L'appât, 1994). Tras firmar una decena de documentales -destacando Un monde en fusion (2001)- su primer largo, Depuis qu'Otar est parti... (2003), fue plausiblemente premiado en el Festival de Cannes. Homenaje a su mentor Iosseliani, era una penetrante indagación en la ausencia dejada por un hombre cuando marchaba de la Georgia post-soviética a París para trabajar en la construcción, muriendo en un accidente. Tres generaciones de mujeres (la madre del finado, una hermana y la hija de ésta) se enfrentaban entonces al hecho de haber perdido al único miembro varón de la familia. Para evitar que la anciana madre recibiera el mazazo de la noticia, las otras dos creaban todo un montaje de falsas cartas y fotos para hacerle creer que Otar seguía triunfando en Occidente.

El árbol presenta el mismo núcleo argumental, la muerte del paterfamilias y la aceptación del hecho por su mujer e hijos a lo largo de un duelo caracterizado como todos por el dolor, la soledad y la desorientación, viaje emocional igual de conmovedor que el narrado en su debut. La historia la inspira una novela australiana publicada en 2002, "Our Father Who Art in the Tree", obra de la primero acróbata de circo y después escritora Judy Pascoe; la eligió una vez que no pudo conseguir los derechos sobre otra historia "con árbol", "El barón rampante" (Il barone rampante, 1957), uno de los mejores relatos de Italo Calvino. La adaptación estaba siendo ya desarrollada por la guionista Elizabeth J. Mars para la productora Sue Taylor, quien se había hecho ya con el libro, pero Julie Bertucelli se subió al tren.

Rodada en Queensland, transcurre en una remota comunidad de aquella región australiana, donde en una granja presidida por una gigantesca higuera vive una familia compuesta por el matrimonio y sus cuatro hijos. El hombre muere por una crisis cardiaca mientras se acerca conduciendo su furgoneta, quedando el vehículo detenido a los pies del árbol. Dawn (Charlotte Gainsbourg), su mujer, se enfrenta entonces a la responsabilidad de seguir adelante y criar sola a los cuatro menores. Se adivina lo que a la pareja le costó afincarse y conseguir una relativa felicidad, si es que así puede llamarse a llevar una vida más que justa en una granja de las antípodas. Simone, la hija de ocho años (el libro está contado desde su punto de vista, la película introduce también el de la viuda), no acepta esa realidad y rechaza sentirse triste. Prefiere trepar a la inmensa higuera que ocupa el jardín y pasar las horas hablando con su progenitor; para ella, el espíritu paterno se ha reencarnado en el árbol, metempsicosis que la madre también empieza a asumir. Pero sus abigarradas raíces amenazan con destruir la casa. Un fontanero bienintencionado con el que Dawn empieza a relacionarse le ofrece la solución, talarlo, "traición" que desencadena una especie de rebelión.

Elegido en un casting que supuso hacer un millar de visitas, este árbol -finalmente encontrado en la región de Moreton Bay, Brisbane, y a cuyo lado se colocó la casa- es el protagonista silencioso de la película. Como el difunto padre y marido, es el centro de gravedad al que aferrarse y punto de referencia para la vida familiar. Los acontecimientos giran en torno a su tronco y ramas, protectoras unas veces o propias de una cuento de terror en otras. Con habilidad y sentido de la observación, Julie Bertucelli va imbricando lo que es una historia mínima, contenida, melancólica, pero con una impresionante riqueza de detalles (nota común respecto a su ópera prima) sobre la familia, los hijos, la muerte, la superación del trauma, el encarar sin remedio una nueva vida... Para la directora existen dos líneas de fuerza dramática en la película, la reacción frente a la ausencia inesperada de un ser querido y la forma en que la tristeza puede encontrar refugio en la imaginación. Inevitablemente hay que vivir con la pena, pero hay que utilizarla como fuente de inspiración creadora. Algo que recuerda al cine de la primera Jane Campion, la de Un ángel en mi mesa (An Angel at My Table, 1990).

Para contar este tipo de obras a base de detalles que al final llegan a cautivar al espectador hay que ser un cineasta de raza. Julie Bertucelli -sus películas las firma como Bertuccelli- se presenta así como una directora de mirada poderosa, inequívocamente femenina, propia de quien se ha curtido en el documental. Se acerca así no tanto al cine tragicómico de Iosseliani, sino mucho más al etnográfico de su padre en Murallas de arcilla. Se sirve en sus imágenes de la fuerza de la naturaleza para hablar quedamente de emociones, e introduce incluso algún momento surrealista, como el camión que al comienzo lleva la casa a cuestas o esas ranas que asoman por el inodoro y que nada tienen que envidiar a las águilas de Buñuel en El ángel exterminador. El sentimiento que destila el filme, elegido para clausurar la sección oficial del Festival de Cannes en 2010, no debe extrañar. Se halla dedicado a Christophe Pollock, director de fotografía y esposo de la realizadora, quien falleció cuando ésta se encontraba escribiendo el guión.

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