.

CONFUCIO

Escrito por Pedro Miguel Lamet

Visión superficial con sesgo nacionalista del líder espiritual

Confucio se centra en los últimos años de la vida del influyente filósofo chino, periodo que abarca desde su toma de cargo político a los 51, hasta su muerte a la edad de 73 años, época en la que tiene lugar la apoteósica historia de enfrentamientos entre los estados chinos. Nacido en el año 551 a.C., murió siendo un hombre muy importante para la cultura china. Era una época donde se libraban innumerables guerras entre los reinos de China. El rey Lu recibe la ayuda de Confucio, quien utiliza su inteligencia y carisma para calmar su estado de conflicto interno. Pero las grandes potencias del estado se sentirán amenazados por el filósofo, que se exiliará de forma voluntaria.

"Sé como el sándalo que perfuma el hacha que lo corta". Es una de las más famosas frases de Confuncio, latinización de K'ung-fu-tzu, literalmente ‘Maestro Kong", que hizo para Occidente el famoso y polémico jesuita Mateo Ricci. Este líder religioso y político chino, que fallece el 479 antes de Cristo pasó de trabajar en los graneros estatales a ser Ministro de Justicia, cargo del que dimitió por desacuerdo con el príncipe. Su figura como maestro espiritual crece a partir de sus cincuenta años de edad donde camina e imparte sus enseñanzas a un grupo reducido de discípulos. En realidad, su pensamiento se basa en viejas tradiciones chinas y se condensa en la ética personal, el buen gobierno del Estado (caridad, justicia y respeto a la jerarquía), el cuidado de la tradición, el estudio y la meditación. Las máximas virtudes son la tolerancia, la bondad, la benevolencia, el amor al prójimo y el respeto a los mayores y antepasados. Si el príncipe es virtuoso, los súbditos imitarán su ejemplo gobernante/súbdito, marido/mujer, padre/hijo. Una sociedad próspera sólo se conseguirá si se mantienen estas relaciones en plena armonía. La base de la doctrina confuciana es recuperar a los antiguos sabios de la cultura china e influir en las costumbres del pueblo.

Para realizar una película sobre cualquier líder espiritual se tropieza uno con los escollos de cualquier "vida de santo", filmar una hagiografía, donde el protagonista aparece como perfecto y sin mezcla de mal alguno y optar por dos caminos posibles: un film intimista en el que se procure trasladar a la pantalla la emoción y la doctrina espiritual del personaje o una historia exterior con movimiento de masas, batallas y espectacularidad, salpicado de algunas frases ejemplarizantes. Esta es la opción que ha tomado la realizadora Hu Mei, que tiene en su haber media docena de películas algunas históricas (Yong Zheng Dynasty y The Emperor in Han Dynasty), entre ellas alguna serie de televisión, y que es además productora de Confucio.

El film arranca desde un salto atrás del anciano maestro recordando su vida. Esta se presenta de forma lineal, donde, como he dicho, los grandes escenarios, las batallas, las recepciones reales, los asombrosos paisajes chinos se entrecruzan con el biopic de Confucio, que llena la pantalla gracias a la interpretación estelar del actor hongkonés Chow You Fat (Dragonball evolution, Los niños de Huang Shi, Piratas del Caribe: En el fin del mundo, La maldición de la Flor Dorada, Tigre y dragón), uno de los grandes incentivos de la película secundado por un atractivo reparto que cuenta con Zhou Xun (Rio Zazhou, Balzac y la Costurera China), Lu Yi (Seven Swords), Ren Quan (Assembly) y Qiao Zhenyu (The Book and the Sword).

Pero un film es sobre todo un guión y aquí el planteamiento es llevar a la pantalla un fresco monumental de propaganda sobre la vida de uno de los referentes históricos de China, en un momento en que el gran país asiático quiere rociar de espiritualidad y "ética" su importante progreso económico que hace compatible con una feroz represión de otras libertades. El resultado es un despliegue de recursos, donde el movimiento de masas, con ayuda de la posproducción informática y encuadres estetizantes consiguen una película que se deja ver, sobre todo en la primera parte y que va poco a poco haciéndose tediosa, quizás por demasiado lineal o obvia. Estos "Diez mandamientos" chinos, sin el genio de Cecil B. De Mille puede llegar a un acercamiento sentimental y superficial a la figura de Confucio, que no deja de aparecer como un abuelo  bondadoso y austero que llega a ahogar con música sus momentos de hambre, que es incomprendido y ama a su país.

Hu Mei se queda en la cáscara, aunque presta sin duda un servicio al neocumunismo de su país y alcanza notables logros visuales. Con Confucio pasa como muchas películas bíblicas, donde el cruce del Mar Rojo o las pestes de Egipto arrasan con cualquier contenido. Quizás sea políticamente pretendido porque a las autoridades del gigante asiático les interese más presentar al político patriótico que al líder religioso, en un país donde no hay libertad de creencias.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.