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13 ASESINOS

Escrito por Iván Barredo

Drama histórico de acción, honor, violencia y muerte

Notable drama histórico de acción, intereses políticos, honor, justicia, violencia y muerte. Una película de samuráis que tiene su punto de partida en Jûsan-nin no shikaku (1963) de Eiichi Kudo, basado en un hecho real. Esta nueva versión de aquella película, desconocida en nuestro país, también rinde tributo al gran maestro Akira Kurosawa. El prolífico Takashi Miike ya tomó una de sus obras maestras, Yojimbo (Mercenario) (Yôjinbô, 1961), para mezclarla con el spaguetti-western Django (Sergio Corbucci, 1966) y entretejer un posmodernista, excesivo, desmesurado, curioso pero fallido refrito en Sukiyaki Western Django (2007), cuyo mayor atractivo era el prólogo con el cameo de Quentin Tarantino. Esta vez le ha tomado “prestadas” las formas y el espíritu a una de las obras cumbre del cine de aventuras: Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954).

Miike, en esta ocasión, filma sorprendentemente con una gran elegancia visual y belleza plástica, de un modo sobrio y clásico, desde el primer al último plano (dejando a un lado su vertiente más iconoclasta). Una superproducción de dos horas y veinte de metraje en las que se narra una historia gradilocuente -a la par que intimista- en el Japón feudal, sobre trece samuráis contratados para una misión suicida: matar a un despiadado, caprichoso y cruel señor feudal, Lord Naritsugu, que está atemorizando a sus súbditos, poniendo en riesgo la paz y manchando la imagen del Shogun, ligado al Emperador, en la capital de Kioto. Sir Doi, miembro del Consejo de Ancianos del Shogun, toma cartas en el asunto y se pone en contacto con Shimada Shinzaemon, un metsuke (es decir, un inspector o censor dedicado a detectar la mala administración o la corrupción en el japón de los Tokugawa). Éste acepta en seguida el encargo -al tener previa constancia de la brutalidad de Naritsugu- y busca a once asesinos samuráis para acabar con la vida de este despiadado energúmeno con mucho poder (y más que podría tener, si nadie frena sus intenciones maquiavélicas).

Primordialmente, los personajes de 13 Asesinos son convincentes y sólidos; también hay alguno de relleno, aunque bien es cierto que no se desgrana la personalidad y razones de actuar de muchos de ellos, como sí lograba Kurosawa o incluso John Sturges en Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960). Era una tarea difícil, ya que a los trece heroicos protagonistas –más bien, antihéroes crepusculares- hay que sumar el resto de personajes de los diversos clanes, del Shogun y los crueles villanos. Mención especial para el papelón de Kôji Yakusho (Memorias de una Geisha), como Shimada Shinzaemon, al mando del pelotón suicida y excelente estratega, como demuestran sus intuiciones y esa caja para cazar ratones en forma de poblado. También hay espacio para el humor paródico, en la figura del joven risueño analfabeto, el guerrero samurái nº 13, una especie de Tarzán mezclado con el Schwarzenneger todoterreno de Depredador (Predator, John McTiernan, 1987), cazador de cazadores, que ridiculiza la nobleza y el espíritu samurái, a golpe de onda y piedras.

El clímax, los 50 últimos minutos de metraje, es pura furia épica, verdaderamente espectacular. Una “masacre total” con trece hombres y un destino, al estilo, aunque no tan sanguinario, de Grupo salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969), frente a un cuantioso y superlativo ejército. Otro tipo de seppuku, vulgarmente conocido como hara-kiri, en el que se hace justicia y se atiende al bushido -el camino del guerrero-, un noble y ancestral código ético de lealtad y honor hasta la muerte. Pero también hay bastante rebeldía y rabia contenidas contra el viejo sistema feudal.

A lo largo de todo el metraje palpamos aires de cambio, de modernidad y medidas populares. Los samuráis protagonistas no responden al prototipo de ceguera tradicional imperialista. En sus filas hay ronins (samuráis a sueldo sin dueño), maestros crepusculares de la vieja escuela y jóvenes aprendices que, o bien mueren, o bien se desengañan de que esa lucha por la vanagloria no va con ellos (caso del sobrino del líder de los 13 samuráis, Shinrouko). Y, por supuesto, se ve claramente en la confrontación, física y verbal, entre los dos ex amigos y viejos compañeros de escuela, que ahora luchan en bandos contrarios por razones antagónicas. Hay que tener en cuenta que los hechos tienen lugar en 1844 (al margen de licencias pseudohistóricas y anacronismos), años previos a la Restauración o Era Meiji (1868-1912) que acabaría con más de 250 años de feudalismo del shogunato Tokugawa.

En 13 Asesinos, el horror humano, extremo y ultraviolento, propio del cine de Miike (véase, las magníficas Audition, 1999, y sobre todo, Ichi the Killer, 2001), tiene forma y nombre. Está representado en ese belicoso, sádico y tiránico demonio en la Tierra, llamado Lord Naritsugu (al que da vida con ruindad y vileza, Gorô Inagaki). Entre sus presas, lo mismo deja a una mujer sin brazos, sin piernas y sin lengua, que asaeta a una familia al completo, por mera diversión. Sus observaciones y reflexiones sobre el Arte de la Guerra y el Poder, la inmundicia de los plebeyos, así como la indefensión y el exterminio de los más débiles, es pura encarnación del posterior nazismo y el Holocausto. Eso sí, Miike acaba ridiculizándolo, incluso humillándolo por el barro, como un auténtico insecto repugnante. Lo que es y representa.

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