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COWBOYS & ALIENS

Escrito por Fernando Bejarano

Disparatado argumento para un film híbrido que ni siquiera entretiene

En épocas más gloriosas de Hollywood, Cowboys & Aliens no hubiera pasado de ser una película de serie B, de esas que los estudios encargaban a los directores “artesanos” para que consiguieran, con poca inversión, un producto rentable y, lo que no es baladí, entretuvieran a los espectadores, que para eso el cine se convirtió en el arte popular del siglo XX. No cabe la menor duda de que ya no lo es. Las jóvenes generaciones han desertado de las salas (los diversos motivos son otra cuestión que excede la extensión de esta reseña) y por eso nos encontramos que Cowboys & Aliens es una megaproducción, con un reparto estelar, que se autofagocita en su propia hipérbole excéntrica, y que ha pilotado un señor, Jon Favreau, cuyos créditos son haber conseguido un gran éxito de taquilla con Iron Man y, en menor medida, con su secuela. Cuentan las gacetillas que se ha desmarcado de la tercera parte por cuestiones de falta de libertad creativa y, como siempre, por discrepancias económicas, y prefirió embarcarse en este proyecto tan original de llevar a la pantalla un cómic en el que se enfrentan vaqueros e indios contra unos alienígenas llegados a la Tierra (¿a que no lo adivinan?) a por el oro. Lo cierto es que el film no tiene nada que ver con la novela gráfica en la que se inspira y solo se parece a la portada del cómic, que, por cierto, no hace falta tomarse la molestia de leerlo para compararlo. Basta echarle un vistazo a las webs especializadas en cómics, para comprobar el enfado de los aficionados con lo que casi consideran una tomadura de pelo, por utilizar el título del tebeo en vano. Como estrambote, añaden que no se hubieran enterado de su existencia, ya que no es ninguna joya del género, si no es por el oportunismo de una editorial ante el inminente estreno del supuesto megahit.

Ahí es nada tener al más reciente James Bond y al genuino Indiana Jones frente a frente. Porque los personajes que interpretan Daniel Craig y Harrison Ford son antagonistas en la primera parte, aunque luego no les queda más remedio que hacerse amigos para enfrentarse a unos extraterrestres con cara simiesca y cuerpo entre insectos y crustáceos. Es una obviedad decir que su interpretación es lo mejor de la película. Y bueno, todo sea, como decía Buñuel, por el cine alimenticio que a menudo tienen que hacer los artistas.

Lo cierto es que Jon Favreau, como actor que es, debe de tener talento y sensibilidad para cuidar a sus intérpretes, y eso se percibe en Cowboys & Aliens , como ya se notaba en el trabajo que logró que sacara adelante en Iron Man el desprestigiado Robert Downey Jr., estrella venida a menos que renació en ese film y le aportó una personalidad al susodicho héroe del cómic de Marvel. Jon Favreau es el típico todoterreno que debió de entusiasmar a Steven Spielberg, productor ejecutivo de Cowboys & Aliens, con su capacidad de trabajo y su habilidad para hacer caja. En su trayectoria encontramos tanto la dirección de películas “indies” (Made) como la realización de tvmovies y episodios de series. Antes de pasar a ser una figura del mainstream, fue un actor favorito de películas independientes y llegó a participar en la exitosa serie Friends. Con su amigo Vince Vaughn, ha escrito guiones y ha colaborado en varias de las recientes comedias más promocionadas de la última década: Separados o Como en casa en ningún sitio.

Todo este bagaje no le ha servido para lograr que Cowboys & Aliens sea por lo menos un apreciable entretenimiento. En realidad, se trata de un pastiche lleno de tópicos sobre las películas de vaqueros e indios con un disparatado argumento en el que ese puñado de guionistas que firman los créditos han metido con calzador a un recio asaltador de diligencias, un veterano (de guerra) ganadero con un hijo descerebrado que no paga lo que bebe y le pega tiros a todo lo que se menea; por supuesto, un sabio predicador y un barman al que llaman Doc; un grupo de bandidos y una tribu de indios, cuyo jefe sabe preparar un brebaje para curar la amnesia, que tiene toda la pinta de ser una infusión de peyote, a juzgar por la visiones borrosas, con fuerte contraste y desenfocadas que le depara a quien lo toma (y que padecemos los espectadores)… y, en fin, los mencionados alienígenas que son muy brutos, pero deben de tener una inteligencia suprema, a juzgar por el armamento, sus aparatos voladores y, sobre todo, la imponente nave espacial en la que han venido a la Tierra para llevarse fundido todos los objetos de oro que encuentran y requisan con inusitada violencia. Como estrambote mágico, hay una sensual belleza llamada Ella que, de manera misteriosa, se va desvelando como poseedora de los secretos que mueven a los alienígenas. Con este personaje, los guionistas lo han bordado: resulta increíble todo lo que dice o hace y protagoniza el momento de sonrojo y vergüenza ajena más encendido de todo el metraje.

Con todo lo dicho, es difícil pedirle una cierta verosimilitud a esta historia, pero Favreau se lo ha tomado tan en serio que si se separan los momentos propiamente western del dislate que supone el enfrentamiento con los fieros extraterrestres, llega a conseguir incluso un cierto tono de añejo cine del Oeste. Lo mejor del film es sin duda la aparición en el desierto de Nuevo México del desorientado y amnésico Lonergan con un futurista brazalete en la muñeca y su imponente presencia en el porche de ese pueblo llamado Absolución. Luego, en cuanto que aparecen las naves espaciales y empieza la pirotecnia, se evade ese primer buen sabor.

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