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EL ÁRBOL DE LA VIDA

Escrito por AAPG

Envueltos en el misterio del universo

 Ante El árbol de la vida cabe la admiración más absoluta o un rechazo igualmente visceral. Depende del talante, la sensibilidad o la ideología que se tenga o se profese. Puede uno sentirse profundamente emocionado por la retórica visual y verbal del film, por esos recuerdos pequeños pero tan significativos (y casi universales) de una familia en los años cincuenta, durante un verano esplendoroso donde la Naturaleza se llena de sorpresas y maravillas: un atardecer, unas mariposas, un chapuzón en el río, el abrazo de tu madre sin motivo alguno, la manguera con que te mojan. O puede uno aburrirse con la serie de imágenes, a modo de power point en movimiento, de astronomía (galaxias, planetas, agujeros negros…), de la naturaleza (mar, ríos, volcanes, montañas, bosques…), de la biología (células que se dividen, microbios que atacan, espermatozoides que pululan…) o desinteresarse por las angustias y gozos de los tres críos de la familia O’Brien, por la rigidez educativa de su padre, por el catolicismo de su madre que clama al cielo, como un nuevo Job, qué ha hecho para merecer la pérdida de uno de sus hijos y recibe como único consuelo la frase: «Al menos te quedan dos».

Esta obra de Malick tiene una ambición manifiesta: mostrar que la vida humana es sólo un momento mínimo del acaecer del universo y, sin embargo, a pesar de su escasa duración, en relación con la del cosmos, tiene una belleza y una grandiosidad que merece la pena vivirse. Curiosamente, no es ésa la idea que tiene el mayor de los hermanos, Jack, que ya adulto deambula por una sociedad tecnificada, la actual, como un sonámbulo, sin encontrar sentido y coherencia en una vida que parece haberse alejado cada vez más de lo primordial. En mi opinión, el film parece postular que el hombre encuentra su sentido viviendo en armonía con su medio natural y, en la medida en que se olvida de la vida que fluye por su ser y que se va alejando de esa fuerza impetuosa pierde su alma, es decir, el sentido de su existir como parte mínima, eso sí, del universo. Y, digo parece porque la estructura del film que intercala fragmentos diversos en cuanto su género y forma (documental, plegaria ilustrada con imágenes, cúmulo de tomas sin apenas identificación posible de su contenido) llega a constituir un magma de difícil interpretación o, al menos, permite más de una.

El elemento religioso que subyace al film, por algunos considerado como católico, me parece igualmente ambiguo. Por una parte, parece que se alaba la fe y la creación, pero en absoluto esa creencia puede atribuirse a Malick sino a los protagonistas humanos del film, que interpretan el universo en clave religiosa, sobre todo la madre, que parece la más creyente y que viene ser indirectamente una especie de «madre telúrica» por su gozosa identificación con lo natural. Lo que sí pienso es que Malick habla fundamentalmente del «misterio del universo» incluyendo el de la existencia humana. Es decir, que no sabemos claramente quiénes somos y de dónde venimos. Por no saber, no sabemos por qué una especie de avestruz prehistórica en un momento dado apresa a un saurio y no lo mata. La escena se produce además en el mismo río en que chapotean los niños de la familia O’Brien. Esta clave de «misterio» creo que puede hacer más coherente y comprensible el film aunque, en mi opinión, hay en él mucha redundancia y un desequilibrio evidente entre lo narrativo y el espacio concedido a las imágenes de fenómenos naturales. Duran demasiado y la película hubiera ganado con un montaje más breve y elíptico. Ahora bien, también comprendo el problema del Malick después de haber rodado tanto. Hacer una poda drástica sería dejar fuera una serie de imágenes de las que uno se ha encariñado. Pero elegir es renunciar… Se cargó, en cambio, un buen número de escenas con Sean Penn, de lo que el actor se ha quejado amargamente.

No estamos, pues, ante una obra magistral como algunos señalan, una especie de 2001, una odisea en el espacio del siglo XXI. Pero no se olvide que también la película de Kubrick tuvo en su momento no pocos detractores, sobre todo de la larguísima e igualmente «misteriosa» secuencia conclusiva. La de Malick es una obra original y muy valiente, en la que no solo ha reflejado el mundo de su infancia –que nos parece a todos, cuando somos niños, coherente y sólido, sin fisuras–, sino que, aprovechando este acervo autobiográfico, ha levantado el vuelo desde la anécdota a la categoría. No es frecuente en el cine de hoy, por eso merece el aplauso.

Hay otros aspectos que resaltar en una cinta de esta magnitud. En primer lugar, la sensibilidad de Malick por la naturaleza y su carácter de observador paciente de la misma. Algo que ya se dejaba notar en Días del cielo con aquella fotografía extraordinaria de Néstor Almendros. También aquí Lubezki se luce proporcionando planos de auténtica belleza. El verano en Waco, Tejas, resulta glorioso gracias a esa fotografía luminosa y llena de matices que colma nuestros ojos. Lo mismo puede decirse de la música de Desplat que trata de evocar en nosotros sensaciones numinosas y fascinantes, envolventes y a la vez fluidas, como el agua del río o las olas del mar. Para los efectos especiales ha contado con la colaboración de nada menos que de Douglas Trumbull y lo bueno es que casi no se nota, es decir, que están tan bien hechos que uno no se percata de ellos. En un film como éste los actores tienen una importancia secundaria (eso es lo que debió molestarle a Sean Penn), pero están dirigidos de manera admirable. Si hubiera que destacar a alguien yo citaría a Jessica Chastain que está magnífica en su papel de Sra. O’Brien. No quiero terminar sin dejar constancia de la brillantez visual de toda la película que, en esos pasajes de los que se evoca la evolución de universo, recuerda a aquel otro documental igualmente genial en cuanto a sus imágenes que se titulaba Koyaanisqatsi (Godfrey Regio, 1982). 

 

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