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La Europa desnortada en el último cine

Escrito por Rubén de la Prida

chicaAproximadamente un mes antes de la redacción de estas líneas, concurrían en cartel tres películas a priori bien distintas: el nuevo trabajo de los hermanos Dardenne, La chica desconocida (La Fille Inconnue, 2016), Crudo (Grave, 2016), primer largometraje de la joven realizadora francesa Julia Ducornau, y Safari (2016), del siempre provocador Urlich Seidl. Una mirada atenta a las tres, sin embargo, lleva a la sorprendente conclusión de que en todas ellas subyace un denominador común: la preocupación y la crítica en torno a la crisis de valores de la sociedad europea actual. Cada uno de los filmes proponía un modo diverso de abordarla. El primero nos mostraba la introspección de la joven doctora, que es consciente del comienzo de su desensibilización, y trata de remediarla. Crudo lanzaba el desesperante mensaje de que no es posible luchar en contra de una galopante deshumanización, que nos conduce a devorarnos los unos a los otros. Y Seidl, con su habitual genial mordacidad, se limitaba a mostrar, cómo desde lejos, la brutal represión de la conciencia ejercida por los protagonistas de su documental. Una anestesia no solo presente en el país alpino.

La Europa desnortada ha sido, sin duda, uno de los temas privilegiados en el cine europeo de los últimos meses. Hace un año, en el Festival de Cannes, tanto la ganadora oficial como la oficiosa daban ya claros indicios de ello. Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, Ken Loach, 2016) relataba la historia de un carpintero literalmente atrapado por la burocracia del Estado: una tragedia en el sentido clásico, en la cualquier decisión que tome el héroe es incorrecta. La entonces alabada y posteriormente archipremiada Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) narraba el original intento de un padre por restablecer la relación con su hija, fagocitada en lo profesional y lo afectivo por las lentejuelas del éxito laboral. Resulta interesante ver que ambas películas, desde puntos de vista distintos, albergan un mismo núcleo temático que enlaza con el de las tres citadas más arriba: el drama de una sociedad que ha dejado de mirar al otro como persona, de ver sus necesidades, de acogerlo en sus límites. Una sociedad de individuos inconexos, egoístas, robotizados. Por fortuna, después de analizar tan desolador panorama, tanto Ade como Loach proponían una vía de escape a esta situación, un remedio. Curiosamente, los dos incidían en el mismo: el cariño, impregnado de un humor entrañable. Un cariño que lleva a estar cerca de quien más lo necesita, a no abandonarlo a su suerte, a cuidarlo con ternura.

Simultánea a la celebración del citado Festival de Cannes, se estrenaba en España el tríptico fílmico Las mil y una noches (As mil e una noites, 2015), del realizador luso Miguel Gomes. Con unas formas entre el hiperrealismo y el surrealismo, a caballo entre lo onírico y lo documental, Gomes tomaba el relato persa como inspiración para narrar, de un modo a veces descarnado, la amarga situación de su país, sumido en la crisis económica. Los paralelismos con la cinta de Loach son evidentes, y Portugal, como metonimia de una situación pandémica en Europa, se nos presenta como un lugar en que el Estado, en vez de proteger al más vulnerable, lo ignora en el mejor de los casos. Y en el peor, lo oprime.

otroladoMás humana resulta la propuesta del solvente Aki Kaurismäki en la cinta que le hizo merecedor del Oso de Plata a la mejor dirección en el pasado Festival de Berlín. El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen, 2017), que regala al espectador el sentimiento que menciona su título, entra de lleno en uno de los problemas más acuciantes de la Europa actual: la crisis de los refugiados. El realizador finlandés insiste en la necesidad de derribar los muros que nos separan del prójimo, con la dinamita de aquella fraternité que, proclamada como uno los cimientos de la nueva Europa, parece encontrarse de capa caída. Queda por ver cómo plantea el tema de la inmigración el laureado Michael Haneke con su Happy End (2017), aunque es de sospechar que el resultado no será tan alentador como el que propone el maestro Kaurismäki.

Después de todo lo dicho no sorprende que, precisamente ahora, se haya estrenado Stefan Zweig. Adiós a Europa (Vor der Morgenröte, Maria Schrader, 2016). Constituye una reflexión acerca de la Europa sumergida en la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial desde los ojos del exiliado literato austriaco. Se trata de un documento que nos recuerda cuán poco distan, en muchos aspectos, aquel momento histórico del nuestro. Zweig esperaba en un amanecer europeo que no llegó a contemplar. Los signos de los tiempos parecen indicar que nos encontramos otra vez en un momento de cambio. Todo apunta, sin embargo, a que el sol comienza a ponerse de nuevo. El cine es testigo de ello. Nos avisa. Y nos va dando ideas para paliar el frío de la noche.

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