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FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN 2017 - Ni tanto ni tan poco

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

DISASTER ARTIST 2017Las películas de la sección oficial fueron muchas, algunas fuera de concurso, pero es que este año eran tres los beneficiarios del Premio Donostia (Agnès Varda, Ricardo Darín y Monica Bellucci) y, por consiguiente, coparon sendas noches. Los dos últimos aportaron glamour, aunque el más merecido sea, sin duda, el otorgado a la Varda que no ha dejado de ser fiel al ideario nuevaolista y todavía da muestras a edad avanzada de su creatividad y originalidad. Los cazadores de autógrafos no se quejaron de ausencia de celebridades pues por la alfombra roja desfilaron, además de los citados, Glenn Close, Arnold Schwarzenegger, John Malkovich (que presidía el jurando), Javier Bardem, Penélope Cruz y un largo etcétera de diosecillos de la pantalla grande y pequeña.

A este cronista le hubiera gustado ser ubicuo para poder ver algo de otras secciones que no fueran la oficial y las perlas, pero el tiempo y la larga duración de muchos filmes no permitían ni siquiera una visita a la completísima retrospectiva dedicada a Joseph Losey, a obras de Nuevos Realizadores, Horizontes Latinos o Zabaltegi, a ese abanico inabarcable de citas paralelas que incluyen cine gastronómico, de acción y peligro, de producción española, velódromo, cine vasco… Además se entregó, como suele ser habitual, el Premio Nacional de Cinematografía. Este año lo recibió Antonio Banderas.

¿Que nos queda en la retina? Una excelente segunda obra, La vida y nada más, de Antonio Méndez Esparza (Madrid, 1976), un director casi novel, que sorprende por estar rodada en EEUU, con actores norteamericanos y en inglés. Narra las desventuras y apuros de una afroamericana, madre soltera, que trabaja en un supermercado y tiene que sacar adelante a un hijo (al borde la mayoría de edad y ya con historial delictivo) y a una niña de tres años. Las vicisitudes de esta mujer fuerte nos conmueven e interesan, porque la realización e interpretación son excelentes, lo que tiene su mérito, pues los actores en bastantes casos no son profesionales. Ha sido, para mí, la gran olvidada en el palmarés oficial.

Hemos visto tres comedias, lo que también es una rareza en un festival de categoría A. La premiada con la Concha de Oro es una astracanada de trazos a veces grotescos que remeda el rodaje de The Room (2003) de Tommy Wiseau, una de las películas peores de la Historia (según dicen quienes la han visto). The Disaster Artist de James Franco me recordó a Granujas a todo ritmo (1980), aquella disparatada locura con la que este film comulga. Te puedes tronchar de risa o quedarte impávido a lo Buster Keaton. Es cuestión de sensibilidades.

La segunda comedia que –a mí– me divirtió es C’est la vie del tándem Nakache-Toledano. La organización de una boda lujosa en un palacio francés da lugar a toda una serie de equívocos y fallos que nos hacen reír (bueno, hubo quien no soltó la carcajada, que en esto del humor los hay raros).Y en la sección Perlas, disfruté también con el simpático y melodramático La gran enfermedad del amor, una especie de Love Story pero postmoderna y suavemente graciosa. La intérprete Emily V. Gordon es todo un hallazgo.

De la sección oficial destaco igualmente Inmersión de Wim Wenders, que me resultó una agradable sorpresa. Me explico, es un melodrama, una historia de amor, contada con delicadeza y ternura, con su pizca de suspense que uno no creería dirigida por el alemán, pero es una muestra muy digna de un género que ha hecho popular al cine. También me gustó La buena esposa, en la que Glenn Close borda el papel de la fiel compañera de un premio Nobel de Literatura cuando, en realidad, es la autora tapada de las mejores obras de su marido.

De la participación española resalto la obra ya comentada de Méndez Esparza y Morir de Fernando Franco (que tuvo la «china», pues la programaron a contrapelo en la sección oficial). Al igual que Mother! Ya estrenada, El secreto de Marrowbone es una tomadura de pelo al espectador, una de esas obras que ocultan hasta el final un dato que cambia el sentido de cuanto hemos visto, que además es un suma y sigue de pirotecnias, de efectos y ruido, propias de cine de terror del malo. Handia, en cambio, para la primera media hora ya había dicho cuanto tenía que contar y el resto viene a ser llover sobre mojado. Lo siento porque me gustó mucho Loreak, cuando el tándem director lo formaban Jon Garaño y José Mari Goenaga. Muerto este último, Garaño se ha asociado para este film con Aitor Arregi. No sé si será por eso, pero me parece peor dirigido y estructurado que el anterior.

En cuanto a La peste, serie de TVE dirigida por Alberto Rodríguez, se nos dio un digest, un extracto de hora y tres cuartos, que no me da muy buena espina. La luminosa Sevilla del siglo de Oro es presentada como una ciudad oscurantista y oscura, nocturna y tenebrosa (esto último, supongo, para ahorrarse dinero en la ambientación e iluminación). La trama me parece un tanto chapucera y llena de tópicos (en personajes y temas).

De la sección oficial destacaría además La douleur (adaptación de una obra de Marguerite Duras, que cuenta con una interpretación destacable de Mélanie Thierry), Licht (film austriaco sobre el mesmerismo) y El capitán (hasta un desertor alemán puede convertirse en el peor verdugo nazi). Entre las perlas, las hay naturales y cultivadas. Al primer grupo pertenecen Tres anuncios a las afueras de Ebbing (una de las películas del año con una Frances McDormand colosal), En cuerpo y alma (una historia de sueños compartidos) y Sin amor (Nelyyubov de Andrei Zvyagintsev), demoledora denuncia de la suerte de un chico de 12 años cuyos padres se están divorciando. No les preocupa a ninguno de sus progenitores, que no quieren quedarse con él. En el segundo grupo coloco a Happy End, la nueva entrega de Haneke, que reitera personajes y temas de sus anteriores películas. No funciona demasiado bien y algunas de sus secuencias empiezan a parecerse demasiado a otras de su obra. ¿Agotamiento creativo? Tal vez.

sansebastian2017A nadie le extrañará que me queje del palmarés, pues siempre estoy en desacuerdo con él, como la mayoría de mis colegas de la crítica. Pase lo de la Concha de Oro, pase lo de Handía como tributo al cine local, pero es un despropósito descomunal premiar como mejor directora a la argentina Anahí Berneri y mejor actriz a la protagonista de su film Alanis. La historia de una soltera con un hijo de pocos años, prostituida por las circunstancias sociales, es uno de los filmes más planos, peor contados y aburridos sobre dicho tema, que merece todos mis respetos, pero no que se lo maltrate de manera tan poco digna.

Los corifeos de turno han vuelto a ensalzar el desarrollo de esta edición del festival. Son ya 65. Toda una historia. Ni tanto ni tan poco. La organización es buena, aunque debería cuidarse un poco más la programación. La atención y la puntualidad son exquisitas, y la mayoría de los invitados y asistentes se van con buena impresión del evento. Al haber aumentado en San Sebastián el flujo de turistas en los últimos años, también los visitantes ajenos al festival contribuyen a darle brillantez y grandeza. Así que: miel sobre hojuelas.

Ángel Antonio Pérez Gómez

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