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EL CAPITAL

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Le capital
  • Producción
    CNC, KG Productions y France 2 Cinéma (Francia, 2012)
  • Dirección
    Costa-Gavras
  • Guión
    Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg y Karim Boukercha; basado en la novela “Le capital”, de Stéphane Osmont.
  • Fotografía
    Eric Gautier
  • Música
    Armand Amar.
  • Montaje
    Yannick Kergoat y Yorgos Lamprinos
  • Distribuidora
    Emon
  • Estreno
    30 Noviembre 2012
  • Duración
    114 min.
  • Intérpretes
    Gad Elmaleh (Marc Tourneuil), Gabriel Byrne (Dittmar Rigule), Natacha Régnier (Diane Tourneuil), Céline Sallette (Maud Baron), Liya Kebede (Nassim), Hyppolite Girardot (Raphäel Sieg), Daniel Mesguich (Jack Marmande), Bernard Le Coq (Antoine de Suze), Olga Grumberg (Claude Marmande)

el-capital2Lucha por el poder en un banco internacional.

Costa-Gavras tiene detrás una filmografía que lo acredita como uno de los mejores directores del cine político de los años setenta y ochenta. De su obra posterior destaco tan solo Amén (2002) por su valentía al tomar partido en la polémica cuestión de si la Santa Sede pudo hacer algo más o se desentendió de la suerte de los judíos durante el Tercer Reich. El capital llega diez años después y aborda el mundo de las finanzas en plena crisis económica. Parece parte de esa serie de films que han proliferado últimamente (Margin Call, El fraude, Inside Job, Michael Clayton), que tienen un lejano precedente en Wall Street (Oliver Stone, 1987) y que tratan de explicarnos cómo nos roban, engañan y juegan sucio los especuladores de los llamados eufemísticamente «mercados».

Todos estos filmes tienen en común que no versan sobre industrias productivas sino sobre entidades financieras (por lo general, fondos de inversión, compañías de seguros o bancos) cuyos «productos» son, en realidad, operaciones de dudosa ética y gran riesgo, orientadas a un lucro rápido y desproporcionado, que linda con el timo, el fraude y la estafa cuando no caen decididamente en estos y otros muchos delitos más. El capital se inscribe de lleno en este bloque y relata cómo un fondo de inversión con mucha participación en el Banco Phénix (el nombre es, por supuesto, simbólico) pretende hacerse con su control presionando de múltiples maneras a su nuevo y joven director, supuestamente poco ducho en nadar entre tiburones, para que compre un banco japonés prácticamente en ruina, lo que produciría una caída a plomo de las acciones que el grupo especulador adquiriría a la baja.

El film se inicia con la repentina dolencia de Jack Marmade, el viejo patrón del Phénix, que elige como suplente a Marc Turneuil, un «todoterreno» ayudante suyo. Al fallecer, el avispado sustituto aprovecha las disensiones del consejo de administración para hacerse con el cargo en propiedad. Los enemigos no cesan de ponerles piedras en su camino, pero los tiros más duros le vienen del fondo norteamericano que secretamente quiere hacerse con el banco francés de ámbito internacional. Le tientan de todas las formas posibles: con dinero y mujeres. Pero con la ayuda de una joven analista logra conjurar todos los peligros y asegurarse la poltrona de capitán de la empresa bancaria.

El argumento es de una simpleza apabullante. Parece un cuento infantil más que un relato para adultos. La moraleja vuelve del revés el lema de Robin Hood: se roba a los pobres para dárselo a los ricos (frase que el público suele aplaudir en las proyecciones). Todo discurre en este plano muy poco riguroso. Los personajes son también de una pieza, incluso el protagonista, presentado como avieso, codicioso, cínico y amoral. No le importa dejar tras de sí cadáveres de todo tipo. Es un trepa que no repara en engañar lo mismo a sus trabajadores anunciando una reducción de plantilla como si fuera una conquista social o a su propia esposa a la que «despide» como un kleenex usado.

Esta historia elemental tiene su origen en un libro homónimo de Stéphane Osmont que desconozco, pero tal como ha sido adaptado revela una tosquedad manifiesta. Como muestra, un botón: la torpe anécdota de la top model Nassim, «sirena» que con la que pretenden que «naufrague» este Ulises de las finanzas, timonel de un navío que le lleva al sillón de dueño y señor del Phénix. La llamo sirena aunque debería calificarla de vampiresa, apelativo que no quiero utilizar por la proliferación de chupasangres tardoadolescentes que pululan por el crepúsculo… en las carteleras de cine. Es tan evidente en sus malas artes y propósitos que hasta un ciego adivinaría su cola escamada… Carga con el protagonismo principal el actor cómico Gad Elmaleh que, como la mayoría de sus colegas de la comedia, es un buen intérprete dramático. Sin duda, no es culpa suya que le veamos tan hiératico, hermético y envarado, con cara de funeral toda la película. La fábula casi deriva en farsa. Lo mismo que el resto del reparto, auténticas marionetas de este teatrillo de títeres. Se llamen Gabriel Byrne (que da cuerpo a un improbable Ditmar Regule) o Natacha Régnier (la desairada esposa).

La película funciona de cara a un público poco exigente y al que le gusta que el blanco y el negro no se mezclen. Su didactismo es tan evidente al igual que su moraleja populista que parece una obra impropia de un cineasta serio y consagrado. A la vejez, viruelas.

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