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T2: TRAINSPOTTING

Escrito por Maria Vives
  • Producción
    Film4 / TriStar Pictures / Sony Pictures Entertainment, Reino Unido, 2017.
  • Dirección
    Danny Boyle.
  • Guión
    John Hodge
  • Fotografía
    Anthony Dod Mantle.
  • Música
    Rick Smith, varios.
  • Montaje
    Jon Harris.
  • Distribuidora
    Sony
  • Estreno
    24 Febrero 2017
  • Duración
    117 min.
  • Intérpretes
    Ewan McGregor (Mark Renton), Jonny Lee Miller (Simon), Ewen Bremner (Spud), Robert Carlyle (Frank), Steven Robertson (Stoddart), Anjela Nedyalkova (Veronika), Irvine Welsh (Mikey Forrester).

trainspotting2Secuela algo desaprovechada de un hito cinematográfico

En 1996 el director escocés Danny Boyle nos contaba las andanzas de Mark, Simon, Spud y Tommy, unos yonquis algo gamberros, siempre con el contrapunto del violento Frank Begbie. El guion, escrito por John Hodge basándose en la novela de Irvine Welsh, creó un antes y un después en el retrato del mundo de la droga contado desde dentro; su tratamiento rompedor y sus carismáticos protagonistas ayudaron en gran medida a hacer de ese un film único. Muchos habíamos quedado ya fascinados por la opera prima de Boyle, Tumba abierta, cuando aún era un desconocido y apenas se podía entender la jerga escocesa de sus protagonistas. Trainspotting incluyó los mismos temas: la traición entre amigos, el individualismo, los modos alternativos de vida, el cinismo, la marginalidad, la delincuencia y las drogas. De hecho, los cuatro protagonistas siguen siendo un poco descerebrados y algo canallas, pero no puedes evitar que te sean tremendamente simpáticos. Y es que, a fin de cuentas, muchos respetables y trajeados hombres de negocios o políticos podrían darles lecciones de eficacia delictiva y de cinismo. Ellos, simplemente, están un poco más perdidos —aún— que cualquier otro ser humano que viene a este mundo. Y, a pesar de que el tiempo ha pasado —nada menos que veinte años— los cuatro pícaros contemporáneos han sobrevivido a la heroína, se han pasado a la coca y siguen subsistiendo a base de chanchullos y pillerías de poca monta.

Lo malo de esta anhelada secuela es que el guion hace aguas por todas partes y en casi todos los momentos (¿qué le ha pasado a John Hodge?). El espectador puede estar prácticamente toda la película esperando que en algún momento comience la historia de verdad, pero solo encuentra multitud de secuencias deslavazadas sin ritmo adecuado ni un hilo que las conduzca con fluidez. De hecho, cuando la trama parece comenzar, en el encuentro de Mark con Frank, estamos ya en el desenlace final, y casi es un alivio que la película vaya a terminar, pues no cumple con las expectativas salvo en contadas ocasiones. Aporta, eso sí, la presencia del carismático Mark y los reencuentros con sus amigos que, salvo con el candoroso Spud, parecen estar contados con algo de desgana y sin una consecución argumental que los cubra. El recurso a la música funciona en ocasiones, pero tampoco es suficiente como para llenar el vacío del desarrollo de la historia. De hecho, a veces un tema musical consigue sacudir el tedio de secuencias que sobran y deberían estar mejor contadas, pero la sensación que da es la de una masa informe o la de las voces de un coro que van cada una por su lado sin empastar en la pieza como un conjunto.

Tampoco el discurso de Mark acerca de los sueños y su poético y paradójico Choose life resulta convincente ni en uno ni en otro sentido: es un discurso satírico que pierde su fuerza y tampoco se convierte en algo positivo; las ideas, como el ritmo, se reducen a momentáneos chutes de adrenalina por una nueva experiencia, una nueva emoción que no termina de encajar en esa sátira del primer mundo y pierden su poder revulsivo. Lo que en Trainspotting era fresco y transgresor —tanto que fue criticada por no condenar expresamente la droga—, en T2 queda algo aguado y sin fuerza. Lamentablemente, una ocasión desaprovechada para darnos cuenta de las aventuras y desventuras de estos antihéroes del siglo XX que transitan ahora el XXI.

Sin embargo, como no podía ser menos dados los autores del guion y la realización, la cinta tiene algunos puntos fuertes: la reiteración de la idea que aparecía en la primera entrega: «Primero surge la oportunidad; luego, la traición», y una especie de justicia poética que a veces se da en la vida real, pero que en el arte se puede utilizar con efectividad asombrosa. Un momento cumbre es la chapucera incursión delincuente en la reunión de nostálgicos de la batalla de 1690 en la guerra Guillermita entre protestantes y católicos; otro, el que marca el clímax de la historia con el encuentro de Frank y Mark con el fondo de la voz magnética y única de Freddy Mercury cantando Radio Ga Ga; y, después, la persecución del primero al segundo en un parking al ritmo trepidante de la canción Relax, Don’t Do It!, de Frankie Goes to Hollywood, que suena atronadora desde la radio de un coche. 

Si fuera una película más, salvados esos momentos climáticos, su valor intrínseco no sería quizá muy alto, y no deja de ser sorprendente por la calidad a la que nos tiene acostumbrados Danny Boyle. Pero, volviendo a la fascinación que provocó en su tiempo Trainspotting, podemos preguntarnos si el reencuentro con estos viejos amigos ha valido la pena. La respuesta es, desde luego, ¿cómo podría alguien ni siquiera dudarlo?

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