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LA COMUNIDAD DE LOS CORAZONES ROTOS

Escrito por Francisco M. Benavent
  • Titulo Original
    Asphalte / Macadam Stories
  • Producción
    Ivan Taïeb, Marie Savare, Julien Madon (La Caméra Deluxe/ Maje Prods./ Single Man Prods./ Emotions Films U/ Jack Stern Prods./ Film Factory/ Orange Cinéma Séries) para Paradis Films. (Francia, 2015).
  • Dirección
    Samuel Benchetrit
  • Guión
    Samuel Benchetrit, Gábor Rassov, según los relatos de Samuel Benchetrit.
  • Música
    Raphaël Haroche.
  • Montaje
    Thomas Fernández.
  • Distribuidora
    Surtsey Films
  • Estreno
    10 Marzo 2017
  • Duración
    100 min.
  • Intérpretes
    Isabelle Huppert (Jeanne Meyer), Gustave Kervern (Sterkowitz), Valeria Bruni-Tedeschi (L'infirmière de nuit), Tassadit Mandi (Madame Hamida), Jules Benchetrit (Charly), Michael Pitt (John McKenzie), Mickaël Graehling (Dédé), Larouci Didi (Mouloud), Abdelmajid Barja (Majid, le fils de Mme Hamida), Thierry Giménez (M. Gilosa, le meneur de la réunion de copropriétaires).

corazones2Comedia agridulce con humanidad

Esta cinta del francés Samuel Benchetrit (Champigny-sur-Marne, 1973), escritor, director teatral, actor y cineasta, es la quinta en una filmografía donde se hallan su plausible debut con Janis y John (J2003), o Chez Gino (2011), comedias ambas imaginativas y de similar pátina tragicómica. Ha tenido merecidamente una buena acogida, entrelazando en ella con ternura y poesía sus recuerdos de juventud cuando vivía en un destartalado edificio del extrarradio parisino del Marne. En una de esas torre-enjambre de "H.L.M." ("Habitation à loyer modéré", vivienda de alquiler social), de paredes pintarrajeadas, bombillas achacosas y ascensores que no funcionan, se van a entrecruzar las vicisitudes de una decena de personajes, en particular tres parejas sacudidas por el desamparo (la ausencia de la madre es el denominador común) y la soledad, núcleo de este filme y en general de toda la obra del director.

Sterkowitz es un tipo que se niega a colaborar en la reparación del ascensor, ya que vive en el primer piso, pero no tarda en acabar tras una maratoniana sesión deportiva en una silla de ruedas. Con el temor a ser descubierto por el resto de encolerizados copropietarios, que pueden convertir a los de El quimérico inquilino (1976) en una ONG, se monta en él subrepticiamente para ir a buscar provisiones en las máquinas expendedoras del cercano hospital; allí conoce a una enfermera igualmente tímida, noches blancas en las que le hace creer –tras ver en la televisión Los puentes de Madison (1995)- que es un importante fotógrafo. La segunda relación es de tipo maternofilial, con un astronauta de la NASA cuya nave aterriza inopinadamente en la azotea del edificio, siendo hospedado –adoptado se podría decir- por una mujer argelina cuyo hijo está en prisión; a pesar de la contraposición de culturas e idiomas, el entendimiento entre ambos va surgiendo a través de momentos cotidianos llenos de humanidad. El tercer episodio tiene como protagonistas a otros dos marginados, un adolescente errabundo y una actriz –con nombre de diva, Jeanne Meyer- que indudablemente vivió tiempos mejores y que, entre botella y botella de vodka, espera que suene el teléfono.

A la hora de evocar a esos "banlieusards" de su juventud en los ochenta, Benchetrit se ha servido de dos relatos -"1er étage face ascenseur" y "12e étage face ascenseur"- contenidos en sus libros biográficos Crónicas del asfalto (Les chroniques de l’asphalte, 2005-2007), escritos con apenas ¡treinta años!. Corresponden respectivamente a los capítulos del imposibilitado y al del cosmonauta; el tercero, el del muchacho y la actriz, ha sido ideado ex profeso para el filme. Son historias mínimas sobre gentes venidas de mundos extraños, que se han venido abajo -Sterkowitz en la silla de ruedas, el astronauta caído del cielo literalmente, Meyer desde su antiguo pedestal– y necesitadas de alguien que les eche un salvavidas. El guión, escrito entre el director y su escribiente habitual Gábor Rassov y finalista a los César, va trazando un conmovedor bosquejo sobre eso que se llama el alma humana, corazones solitarios que andan a la búsqueda no sólo del auxilio social, sino del sentimental –hablar de alcanzar la felicidad sería incluso excesivo- en medio de ese paisaje degradado de puertas y rejas, de cemento y asfalto.

Eludiendo los riesgos comunes de este tipo de obras -caer en la tragedia pomposa sobre la soledad en la gran urbe contemporánea, o las vidas que se cruzan como balsas en el mar-, Benchetrit sabe trenzar esta comedia agridulce con humanidad, un humor melancólico y bastante surrealismo (a pesar de su escenario cotidiano), acercándose su retrato de la vida en los suburbios a filmes como Tú de día, yo de noche (1972), o a varios de Rohmer, antes que a los más numerosos que han plasmado con realismo los problemas (paro, inmigración, violencia, algaradas, delincuencia…) en estos guetos: El odio (1995), La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003), Distrito 13 (2004), L'embrasement (2006), Rengaine (2012), Girlhood (2013), Dheepan (2015)...

En lo formal, rueda con un estilo geométrico, de oposiciones y planos cuidadosamente pensados, dejando notar la influencia de las novelas gráficas, o la concepción visual de Jacques Tati, Wes Anderson, Pierre Etaix o Jean-Pierre Jeunet. Para ajustarse al escenario reducido del inmueble ha recurrido al casi olvidado formato cuadrado 1:33, lo mismo que a una laudable labor de montaje. Ofrece así escenas que podrían haber resultado cargantes (el episodio del culebrón televisivo, los dos "colgaos" que asisten al aterrizaje de la nave, la del ensayo de la obra teatral sobre Nerón…) pero que acaban por tener su gracia. Introduce también, con algo de filme-collage como los de Godard en los sesenta, muchos guiños y referencias: el pasquín de Jungla de cristal (1988), el filme de arte y ensayo La femme sans bras que la actriz hizo en su juventud –en realidad un homenaje a la igualmente conmovedora La encajera (1977)-, la ironía de la torre Verlaine situada en Ciudad Picasso (el rodaje sin embargo no tuvo lugar en los auténticos y conflictivos suburbios parisinos, sino en la localidad alsaciana de Colmar, uno de cuyos barrios con aspecto de ciudad del Este europeo, el de "Bel Air", estaba a punto de ser demolido).

            Estos personajes de trayectorias frustradas a sus espaldas, cada una de las cuales daría para otra película, están sostenidos por las interpretaciones de un notable reparto. Sorprende ver en una cinta pequeña como ésta a Isabelle Huppert (la actriz que ha acabado en ese agujero muy alejado de las alfombras rojas, siempre habilidosa a la hora de llevar una copa entre las manos) o a Valeria Bruni-Tedeschi (la enfermera del turno de noche). Frente a ellas han estado respectivamente Jules Benchetrit -hijo del director y de la malograda Marie Trintignant- y el belga Gustave Kervern -el vecino minusválido, tratando de redimir cómica y patéticamente su egoísmo haciéndose pasar por quien no es, lo mismo que hacían los protagonistas de Janis y John y de Chez Gino-; Tassadit Mandi y Michael Pitt -Soñadores (2003), Delirious (2006), Funny Games (2007)- han sido por su parte la maternal madame Hamida (adivinándose tras su mirada afable los golpes que le ha dado la vida) y el astronauta americano perdido en lo que podría ser la sucursal de un poco acogedor país musulmán. Todos ellos (y unos pocos más como el hijo encarcelado de la argelina o los dos "fumaos") dan vida a esa fauna entrañable que deambula por "la comunidad de los corazones rotos", cercana probablemente a la cafetería donde confluían los cuatro relatos de J'ai toujours rêvé d'être un gangster (2007), filme de Benchetrit que igualmente lo acredita como uno de los cineastas menos reconocidos de la actualidad, o a los edificios de otros filmes "vecinales" como La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock, Delicatessen (1990) de Jeunet y Caro, La comunidad (2000) de Álex de la Iglesia o En un patio de París (2014), de Pierre Salvadori, donde por cierto Gustave Kervern hacía un papel similar. 

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