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LA ALTA SOCIEDAD

Escrito por Pedro Miguel Lamet
  • Titulo Original
    Ma loute
  • Producción
    Producción 3B Productions, Arte France Cinéma, Scope Pictures , Twenty Twenty Vision Filmproduktion (Francia-Alemania, 2016)
  • Dirección
    Bruno Dumont
  • Guión
    Bruno Dumont
  • Fotografía
    Guillaume Deffontaines
  • Montaje
    Basile Belkhiri
  • Distribuidora
    Vercine
  • Estreno
    21 Abril 2017
  • Duración
    122 min.
  • Intérpretes
    Fabrice Luchini (André Van Peteghem), Juliette Binoche (Aude Van Peteghem), Valeria Bruni Tedeschi (Isabelle Van Peteghem), Jean-Luc Vincent (Christian Van Peteghem), Brandon Lavieville (Ma Loute Brufort), Billie Van Peteghem (Raph), Didier Despres (Alfred Machin), Cyril Rigaux (Malfoy), Laura Dupre (Nadège), Thierry Lavieville (El Eterno (Padre Brufort)), Laurena Thellier (Gaby Van Peteghem), Manon Royère (Blanche Van Peteghem), Caroline Carbonnier (La Madre Brufort).

alta1Sarcástica, surrealista, grotesca y sobrepasada comedia negra  contracultural.

Bruno Dumont, un exprofesor de filosofía llegado al cine con una estética rupturista, nos sorprende con un nuevo film que no ha dejado indiferente a nadie. Presentado en Cannes, cosechó igualmente silbidos y escapadas de la sala de proyecciones así como desmelenamiento de algunos críticos que aseguran encontrarse ante una obra maestra. Con películas tan diferentes como El pequeño Quinquin y Emile Claudel, L’Humanité o Twentynine Palms, el realizador francés ha transcurrido del amor a lo cotidiano al esperpento grotesco y surrealista de Ma Loute, título original de La alta sociedad.

Desde el primer momento que el espectador se enfrenta con esta película no sabe a qué a atenerse. A primera vista parece un film de estética pictórica fascinante en tonos pastel, hasta que van apareciendo los personajes, que más que seres reales son caricaturas llevadas al absurdo. En 1910 los Van Peteghem, una adinerada familia burguesa llega a su mansión del norte de Francia, de espantoso gusto, una mezcla de estilo egipcio y fascista, situada en la Bahía Slack, a los pies del Canal de la Mancha, para pasar la temporada veraniega. Allí se cruzan por una parte con una familia de mariscadores de mejillones, los Bréfort, liderados por el padre al que apodan “El Eterno”, y  con Machin y Malfoy, dos investigadores, a medio camino entre Laurel y Hardy o los Dupont de Tintin, que intentan averiguar el misterio que se esconde tras las desapariciones de varias personas en la región.

                  La surrealista relación entre el joven y bello andrógino burgués Billie, fruto de una relación incestuosa de los burgueses, y Ma Loute, el primogénito del turbio clan de pescadores que resultan ser caníbales, componen este aguafuerte que, sobre todo, intenta intranquilizar y desconcertar al espectador.

El humor sarcástico de Dumont lleva a sus caricaturas al extremo. Con aparentes técnicas del cine cómico mudo –continuas caídas, persecuciones y aspavientos- el film sería substancialmente una crítica rompedora con ribetes marxistas a partir de la pronosticada decadencia de la burguesía. Pero ni siquiera eso, porque la clase proletaria, representada aquí por los mariscadores, se come a la burguesa –pies y manos ensangrentados- literalmente después de transportarla en brazos por las marismas y asesinarla porque la barca esta rota. Como ha dicho algún crítico, lo que sea que Dumont quiere transmitir sobre la clase, el conformismo y la imposibilidad de escapar a nuestra naturaleza apenas se puede discernir entre las meteduras de pata, las exageraciones, los chirridos y la agitación. Y es que incluso en el humor histriónico es imprescindible cierta dosis de contención estética.

En las primeras películas Dumont, analizaba el mundo espiritual y lo social a través de un acercamiento a fenómenos religiosos. En sus últimas dos obras se diría que el director opta por la iconoclastia absoluta, una anarquista carencia de esperanza en el ser humano, donde nada queda en pie: los ricos, los pobres, la policía, la Iglesia, la sexualidad, todo. La persona se convierte en un globo en el aire, como el detective gordo al final.

Se ha dicho que Dumont se considera un hijo cinematográfico de Bresson, con influjos de Bergman  y Fellini entre otros. Pero mientras estos directores mueven su genialidad dentro de unos códigos clásicos de arranque, nudo y desenlace La alta sociedad es una sucesión de escenas entre cómicas e hiperrealistas que se amontonan y repiten sin más concierto que su propio absurdo. Lejos de la crítica social de un Buñuel en El ángel exterminador o El discreto encanto de la burguesía, que en su rupturismo tiene una lógica interna, esta obra parece un collage de comics amontonados y solo conectados por una idea dominante: la decadencia del ser humano pintada a brochazos de gags y sarcasmo. Otros han visto incluso el humor físico de Tati en sus imágenes. Pero qué lejos de aquella transparente e ingenua mirada inocente del genio de la pipa.

El patriarca de los Van Peteghem interpretado por un histriónico Fabrice Luchini representa la estupidez corrupta del “pijo”. La pareja de detectives viene a ser, como he dicho, un homenaje al cine mudo y al comic, e intentaría mostrar la inutilidad de la ley y sus representantes. La irrupción de Juliette Binoche (increíble cómo la gran actriz se ha dejado dominar por este estereotipo sobreinterpretado), es la encarnación del histerismo femenino e insatisfecho de la clase dominante. La familia autóctona, al par que homenajea al cine de terror o una especie de pintura negra a lo Francisco de Goya, descoloca el mito de los “buenos pobres” de toda la vida, mientras que el grupo de burgueses  pretende honrar a Fellini y se queda en viejas caricaturas de revistas de los años veinte. Finalmente no faltan los que encuentran en esta película, por la elección del paisaje en que se desarrolla, el preludio de la guerra a la que condujo la decadencia de Occidente. Todo demasiado obvio. Solo la joven y andrógina Billie Van Peteghem escapa de este frontis de caricaturas simplistas, con un deje de misterio, que podría evocar algo el encanto del muchacho de Muerte en Venecia de Visconti.

                  Para resumir, ¿qué vivencias reales tuvo este crítico ante tal producto? En primer lugar sorpresa por la imagen en sí misma, la cuidada fotografía y el primer impacto de los estereotipados personajes. Luego algunas risas por reducción al absurdo. Finalmente exasperación, aburrimiento y desconexión total no solo por la longitud del metraje, sino por su estrategia de mera acumulación de escenas. Después, cuando llega el momento de escribir es inevitable  buscar conexiones y tics culturales. Pero, desprendiéndose de la óptica del intelectual progre y sabiondo, solo cabe una conclusión: es un ensayo con cierto interés icónico, una ruptura contracultural con casi todo, pero carente de estructura y valor narrativo para cualquier espectador normal que va al cine sencillamente a ver una película y no un tratado fílmico sobre Theodore Roszak. Si no, hagan la prueba. Dumont nos ha ofrecido incursiones en el ser humano y el arte cinematográfico mucho más validas y no menos osadas y valientes.

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