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MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Kazoku wa tsuraiyo
  • Producción
    Shochiku Company (Japón, 2016)
  • Dirección
    Yôji Yamada
  • Guión
    Yôji Yamada, Emiko Hiramatsu
  • Fotografía
    Shinji Chikamori
  • Música
    Joe Hisaishi
  • Montaje
    Iwao Ishii
  • Distribuidora
    Sherlock Films
  • Intérpretes
    Isao Hashizume (Shuzo Hirata), Kazuko Yoshiyuki (Tomiko, la esposa), Masahiko Nishimura (Konosuke, el hijo mayor), Yui Natsukawa (Fumie, la hija), Tomoko Nakajima (Shigeko Kanai), Yû Aoi (Noriko, la enfermera), Jun Fubuki (Kayo, la barman).

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Comedia algo rancia. 

Yôji Yamada es un cineasta con casi noventa largometrajes en su haber y 86 años a la espalda. Su Maravillosa familia de Tokio viene a ser un resumen o condensación de la mayoría de su prolífica filmografía, que se centra en la vida en familia con un cierto regusto rancio, pues muchas veces se ha hecho eco de las bondades del hogar tradicional japonés. Pero su cine se libra de lo melodramático gracias a dos rasgos importantes. De un lado, el retrato delicado, matizado y certero de los personajes, vistos casi siempre con ternura; y, por otro, el sentido del humor mediante el cual nos hace perdonar los defectos evidentes o los problemas que suscita el conservadurismo en la concepción de la familia.

Admirador del gran maestro Ozu, el film viene a ser un homenaje a su famosa obra Cuentos de Tokio (1953) con numerosas alusiones o guiños a esta y otras de sus obras. Yamada utiliza en él los recursos habituales de la comedia de situación, tal como se han utilizado profusamente en las series televisivas.

Que tras cuarenta y cinco años de estar –en apariencia– felizmente casados, la esposa le pida el divorcio a su marido como regalo de cumpleaños resulta toda una declaración de principios. Para entonces ya hemos visto cómo se comporta el patriarca: juega al golf, bebe aguardiente y picotea en una cantina de la estación, le echa los tejos a la tabernera y, ya en casa, su mujer, que le tiene el baño preparado, le ayuda a desvestirse y recoge del suelo los calcetines usados que… siempre deja del revés. El perfil del paterfamilias se completa con un sentido del humor sarcástico, una prepotencia y egoísmo evidentes y una dialéctica sofista que sabe meter el dedo en la llaga ajena. Con que abra la boca, ya deja descalabrado a algún miembro de su familia.

La esposa ha cumplido hasta entonces con el prototipo de japonesa casada volcada en el hogar. Pero se ha hartado de ese papel de sirvienta camuflada y se ha puesto a escribir. Su hermano, ya fallecido, fue un novelista con éxito y ella asiste ahora a un taller de redacción en el que descuella por su inventiva y buen estilo. Cree que, con los hijos ya establecidos, ha de olvidarse de ser el perrito faldero de su marido y dejar de competir con el chucho que cumple con este oficio haciendo zalemas al gruñón de su esposo.

En el hogar familiar conviven tres generaciones, dos hijos de los tres que tienen, la mujer del mayor y los dos chicos (unos mozalbetes ruidosos) de esta pareja. Todavía habita en casa el pequeño, afinador de pianos, que pronto va a abandonar la casa para casarse con una linda enfermera, que presta un servicio impagable a la familia. La única hija, asesora fiscal y casada con un imbécil metepatas, vive por su cuenta.

Al haber dirigido durante dos años una serie televisiva del estilo sit-com, del que hablaba más arriba, Yamada se mueve como pez en el agua a la hora de manejar los hilos de esta comedieta que logra arrancarnos benevolentes carcajadas… a ratos. Tampoco cabe pedirle mucho más a un film que no trata de convencernos de nada si no es que las relaciones familiares funcionan mejor cuando hay comunicación mutua, respeto y equidad en el trato. Destaca la excelente interpretación por parte de todo el elenco de actores (descuella por méritos propios Isao Hashizume como el paterfamilias cascarrabias).

Si no fuera por los rasgos culturales propios de la sociedad japonesa que hacen de Maravillosa familia de Tokio un film interesante para un espectador occidental y por ese cariño hacia los personajes incluso los más estúpidos (como el detective privado) relegaríamos esta película a la serie B, pero he de confesar que también produce un disfrute sencillo y discreto si no entra uno en el cine con grandes pretensiones.

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