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WONDER WOMAN

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Warner Bros. Pictures / DC Entertainment (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Patty Jenkins
  • Guión
    Allan Heinberg (Historia: Zack Snyder, Allan Heinberg, Jason Fuchs; Personajes: William M. Marston)
  • Fotografía
    Matthew Jensen
  • Música
    Rupert Gregson-Williams
  • Montaje
    Martin Walsh
  • Distribuidora
    Warner
  • Estreno
    23 Junio 2017
  • Duración
    141 min.
  • Intérpretes
    Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Connie Nielsen, David Thewlis, Elena Anaya, Lucy Davis, Danny Huston, Ewen Bremner, Samantha Jo, Saïd Taghmaoui, Lisa Loven Kongsli, Florence Kasumba, Mayling Ng, Emily Carey, Doutzen Kroes

wonder2Por fin una superheroína como protagonista absoluta

 

Los títulos de crédito de Wonder Woman se abren con un logo animado que, en la estela del que precede a las películas también de superhéroes auspiciadas por Marvel, ofrece la idea de que nos hallamos, tras El Hombre de Acero (2013), Batman v Superman: El amanecer de la justicia (2016) y Escuadrón suicida (2016), ante un nuevo jalón orgánico del expanded universe forjado por Warner Bros. a partir de los tebeos que publica DC Comics. Es la primera vez que hace acto de aparición dicho logo, que muestra las siluetas en acción de los superhéroes más reconocibles de la editorial.

Todo un subrayado en torno al concepto que han intentado –y logrado– transmitir los publicistas del gran estudio norteamericano: Wonder Woman es la película que supuestamente va a cohesionar de una vez, a impulsar hacia un horizonte operativo, un microcosmos de ficción que ha avanzado hasta ahora con paso titubeante y fatigoso, presa de la falta de naturalidad, la afasia moral de sus personajes, y una estética discutible en cuya configuración ha sido esencial Zack Snyder. Factores susceptibles, por otra parte, de procurar a este conjunto de películas una reivindicación futura, aunque solo sea por comparación a la asepsia robótica de las producidas por Marvel Studios.

Pero no se nos ha prometido solo que Wonder Woman aseguraba la pervivencia del universo expandido de Warner/DC. Se nos ha dictado además que lo haría apelando a los valores superiores del feminismo, ausentes hasta la fecha de lo superheroico tal y como el género se ha reflejado en el cine. Y buena parte de la crítica y los prescriptores culturales, al menos en Estados Unidos, ha comparado ambos discursos, víctima del entusiasmo del fan, el cariño por una marca perdedora, y agendas ideológicas y/o mercantilistas varias.

Lo cierto es que el origen de Wonder Woman, el cómic creado en 1941 y escrito hasta 1947 por William Moulton Marston con la ayuda de Elizabeth Holloway y Olive Byrne, es posiblemente la muestra de cultura popular más comprometida con el feminismo que jamás se haya realizado; y, a pesar de que la superheroína ha pasado por décadas de explotación inmisericorde en el seno de una editorial mayoritaria que ha diluido en muchos momentos su mensaje pedagógico, siempre ha preservado su potencial, como demuestran las épocas recientes en que su cabecera ha sido encargada al escritor Greg Rucka.

Se ha optado sin embargo, síntoma de prudencia o cobardía, por primar otra versión, muy tradicional, debida al guionista Brian Azzarello. En la misma, Diana (en pantalla, Gal Gadot) y las demás amazonas que desde tiempos inmemoriales viven de espaldas al mundo de los hombres en la incógnita Isla de Themyscira, hasta que el aterrizaje forzoso en sus costas del militar y espía estadounidense Steve Trevor (Chris Pine) en plena Primera Guerra Mundial les fuerza a interactuar con nuestro plano de la realidad, son meros instrumentos en la batalla inmemorial que libran los dioses Zeus y Ares por el dominio del panteón olímpico. Las amazonas se ven reducidas, por tanto, a la condición de personajes secundarios en un panorama mitológico –del que los seres humanos y, más en concreto, los héroes, toman ejemplo moral– en el que no importa quién detenta el poder, sino la configuración inamovible del mismo en términos de patriarcado, en base a principios brutales de autoridad y sumisión. Algo totalmente contrario a lo pretendido por William Marston o por Greg Rucka, que cifraron la odisea de la (super)heroína en un sentido casi opuesto a la del héroe.

Este, lucha por instituir de nuevo un orden que pone en entredicho una figura de corte luciferino, y, en el transcurso de la batalla, halla su lugar individual en el mundo, madura. La labor de la heroína, por el contrario –una labor que, como ha reflexionado la ensayista Elisa McCausland, llega a hacerle empatizar en sus momentos de mayor lucidez con el villano o la villana–, es la de desatar el Apocalipsis, es decir, el fin del mundo tal y como lo conocemos, para que tenga la oportunidad de amanecer otro en el que la concepción del poder establecida dé paso a la justicia; a una igualdad entre todos y todas cimentada en la empatía hacia el otro y la solidaridad. Casi todo ello brilla por su ausencia en Wonder Woman, ya desde los compases iniciales de metraje, que retratan la infancia y juventud en Themyscira de Diana, escindida intelectualmente entre la influencia benigna de su madre, la reina Hipólita (Connie Nielsen), desencantada de la guerra y sus efectos, y la actitud belicosa de su tía Antíope (Robin Wright), alerta ante la posible reaparición de un Ares vencido antaño por Zeus.

Se aboga ya desde esos minutos primeros por una noción del feminismo banal y, en última instancia, deudora del principio de excepcionalidad sobre sus hermanas de nuestra protagonista; hija, como se descubrirá más tarde, de un dios. Un feminismo de mujeres monótonamente poderosas, con el ceño siempre fruncido, a cuyas excepcionales aptitudes físicas y para el combate no les corresponde una gran capacidad filosófica o agencial. Cuando se introduce a Steve Trevor, y él y Diana inician su aventura, consistente en evitar que el general alemán Erich Ludendorff (Danny Huston), la doctora Maru (Elena Anaya) y una figura en la sombra diseminen sobre las trincheras europeas un nuevo gas de inmenso poder letal que impediría la posibilidad de un armisticio entre los países enfrentados, la guerra de sexos adquiere rasgos de screwball comedy más (o menos) ingeniosa y de romance mundano, que terminan por malbaratar la agenda presuntamente activista de Wonder Woman. Es el momento de señalar que el guionista del filme es Allan Heinberg, que pasó por la cabecera de cómics de la amazona sin pena ni gloria en 2009, y que ha escrito y producido artefactos televisivos women-driven, asignados totalmente a género o, en los casos más demenciales, al feminismo del capital, como Sexo en Nueva York (2000-2002), O.C. (2003-2005), Anatomía de Grey (2006-2010) y The Catch (2016-2017).

Wonder Woman no constituye, por tanto, una aportación relevante a la causa del feminismo en la cultura de masas. Y Heinberg tampoco acierta a la hora de que sean convincentes otros alegatos, como el relativo a la disparidad de criterios entre Diana y Steve en cuanto a la naturaleza del mal humano, que deriva en flagrante contradicción; o el que atañe a la necesidad o no de la violencia para combatir lo injusto. Como suele ocurrir en las películas de superhéroes a cargo de Warner/DC, la línea que separa la complejidad de los discursos y la incompetencia para expresarlos, es difícil de precisar. Todo parece profundo en base a una tremenda torpeza, y dicha torpeza propicia a su vez que la cosmogonía Warner/DC ostente interesantes cualidades procelosas. Ello a pesar de que Wonder Woman es una película más luminosa y legible que Batman v Superman: El amanecer de la justicia o Escuadrón suicida. O, al menos, todo lo luminosa y legible que permite el abuso nuevamente de una fotografía en tonos lívidos, y ostentosas pirotecnias y fondos digitales que carecen de la calidad suficiente. A ello hay que sumar una puesta en escena mediocre firmada por una realizadora sin cualidades para el encargo, Patty Jenkins, fichada de manera obvia por su condición de mujer y de directora con talante indie (Monster, 2003, The Killing, 2011-2012).

Los instantes más espectaculares, que beben literal o espiritualmente de lo planteado en sus propios filmes por Zack Snyder, no ocultan en ningún momento ni la mediocridad de las interpretaciones –salvo la de Chris Pine, impecable galán cómico y romántico–, ni la vulgaridad de la planificación, ni la ineptitud del montaje. En momentos clave por tener la intención de otorgar épica a la película, como el combate en la playa de Isla Themyscira, la carga de Diana contra el enemigo desde una trinchera –la mejor escena de la película, y, quizá no por casualidad, pura digresión narrativa–, o el horrendo enfrentamiento final con Ares, los insertos de planos detalle o de recurso suponen una agresión para los ojos por su fealdad, respecto de los que plasman con ambición las habilidades de las amazonas o los superpoderes de Diana.

Ello no obsta para que Wonder Woman funcione en muchas ocasiones a un nivel primario. Su intento de emular el pulp de época que bordó Capitán América: El primer vengador (2011) se salda con dignidad. Las dinámicas en el seno del peculiar grupo de misfits que reclutan Diana y Steve para adentrarse en tierra de nadie, son emocionantes. La química entre Gal Gadot y Chris Pine es innegable, y la actriz israelí es perfecta a nivel icónico. El prólogo y, en especial, el epílogo en la París actual, que tratan de ligar a brochazos la película al universo expandido Warner/DC, ostentan por otra parte perturbadoras referencias latentes al terrorismo que asola Europa hoy por hoy. Y la recreación temprana en forma de tableaux vivant neoclásico de la historia mitológica que ha dado con las amazonas en Isla Themyscira, obra de un equipo artístico liderado por Houston Sharp, es excelente. Cada espectador ha de valorar si estos aspectos, o el relato feminista y superheroico por fallido que resulte, le compensa o no. Para nosotros, Wonder Woman es una película simpática pero decididamente menor, que no disipa ninguna duda en cuanto a la legitimidad del panteón fílmico en torno a los superhéroes DC.

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