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LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL ARTISTA: AFTERIMAGE

Escrito por Francisco M. Benavent
  • Titulo Original
    Powidoki
  • Producción
    Michal Kwiecinski (Akson Studio) (Polonia, 2016).
  • Dirección
    Andrzej Wajda
  • Guión
    Andrzej Mularczyk
  • Fotografía
    Pawel Edelman
  • Música
    Andrzej Panufnik
  • Montaje
    Grazyna Gradon
  • Distribuidora
    Sherlock Films
  • Estreno
    30 Junio 2017
  • Duración
    98 min.
  • Intérpretes
    Boguslaw Linda (Wladyslaw Strzeminski), Zofia Wichlacz (Hania), Bronislawa Zamachowska (Nika Strzeminska), Andrzej Konopka (Personalny), Krzysztof Pieczynski (Julian Przybos), Mariusz Bonaszewski (Madejski), Szymon Bobrowski (Wlodzimierz Sokorski), Aleksander Fabisiak (Rajner), Paulina Galazka (Wasinska), Irena Melcer (Jadzia), Tomasz Chodorowski (Tomek), Filip Gurlacz (Konrad)

ultimos2Un creador contra los dogmas impuestos 

            Con noventa años, el polaco Andrzej Wajda se ha despedido con esta película terminada poco antes de su fallecimiento el 9 de octubre de 2016. Murió con las botas puestas, como cabía esperar en este incansable cineasta nacido en 1926 y cuya carrera abarca seis décadas -de la II Guerra Mundial al sindicato Solidaridad y más allá- y cerca de cuarenta largos que no sólo son parte de la conciencia nacional de Polonia, sino de la Historia del Cine. Casi todos sus camaradas también se han ido: A. Ford (1908-1980), Munk (1920-1961), Kawalerowicz (1922-2007), Rózewicz (1924-2008), W. Has (1925-2000)... Vivos siguen Kazimierz Kutz (1929) y un Krzysztof Zanussi (1939) que todavía sigue firmando películas. Con Generación (1955), Kanal (1957) y Cenizas y diamantes (1958) su nombre se dio a conocer, encumbrándolo en aquellos tiempos al lado de los de Akira Kurosawa, Ingmar Bergman o Satyajit Ray. Desde una perspectiva crítica, en aquella trilogía Wajda retrató a toda una generación, la suya propia, desgarrada por la guerra y el comunismo, contraponiendo ya, frente a los héroes positivos del realismo socialista, la figura del perdedor. En los setenta alumbró el corpus central de su obra -Paisaje después de la batalla (1970), La boda (1972), La tierra de la gran promesa (1975)…-, provistas de su característico estilo visceral y arrebatado, lleno de romanticismo trágico, con una cámara nerviosa e inquisitiva y unos actores "posesos".

            En Los últimos años del artista: Afterimage ha vuelto a fijarse en otro disidente al que le toca vivir tiempos difíciles, un luchador rebelde que al igual que Danton, Korczak o Walesa enarbola la bandera de la libertad frente a la tiranía. Este es W?adys?aw Strzemi?ski (1893-1952), el pintor más reconocido de Polonia en la primera mitad del s. XX, figura señera -junto a su mujer, la escultora Katarzyna Kobro-, de las vanguardias artísticas de entreguerras. Creó el primer gran museo de Polonia, el Sztuki de Lodz, para el que diseñó con figuras geométricas de vivos colores la "sala neoplástica" (se puede ver en la película) y que todavía hoy forma parte de la exposición permanente; contribuyó además a fundar la Academia de Bellas Artes de la ciudad, en la que impartió la docencia mientras arrastraba con muletas su cuerpo lisiado, falto de un brazo y una pierna que perdió en la I Guerra Mundial. Pero ante todo fue un intelectual insobornable que se negó a seguir las consignas oficiales, defendiendo sus principios estéticos frente al único "ismo" permitido por las autoridades de la Polonia comunista: el realismo socialista.

Como gran teórico del Arte que fue merecen destacarse algunos de sus ensayos, como "El unismo en la pintura" (1928), donde defendía el valor específicamente estético de la obra de arte (su dimensión social, caso de existir, o cualquier otra trascendencia emotiva o simbólica, debería ser siempre algo secundario) y la vinculación del artista con sus raíces, lo que Wajda comprobó de primera mano cuando por culpa del General Jaruzelski tuvo que exiliarse en los ochenta para hacer su irregular periplo europeo con Danton (1982), Un amor en Alemania (1983) o Los poseídos (1988). No menos importante es "La teoría de la visión" (1948), donde expuso su noción sobre la persistencia de las imágenes en la retina –retentiva en la que igualmente se basa el fenómeno cinematográfico-, ese "Powidoki" (o "Afterimage") que da el título original a la película, la impresión óptica que por ejemplo queda brevemente tras mirar al sol. En esa fracción de segundo la imagen permanece en el ojo, no siendo ya un duplicado exacto de la realidad física puesto que de inmediato las emociones del artista la transforman; por no hablar luego de la memoria que con el paso del tiempo siempre deforma a pasos agigantados los recuerdos. Así, unas flores blancas (las que lleva la estudiante al comienzo, las que coge la hija) pueden acabar siendo azules (las que acaban en la tumba).

La película se centra en los cuatro últimos años de la vida de Strzemínski, de 1948 a 1952, la peor etapa de Polonia una vez que acabada la guerra el país estaba sumido en el estalinismo tras quedar convertido en un satélite de la Unión Soviética. En diciembre de 1948, la tela roja de un gigantesco retrato de Stalin cae sobre la fachada de un edificio, inundando de luz carmesí la habitación donde vive el pintor. Con sus muletas, la rasga para que la luz natural pueda seguir entrando. El "sabotaje" le supone ser detenido y llevado a comisaría, el inicio de sus desgracias. Una charla sobre Van Gogh (otro gran deformador de la realidad) en la escuela de Bellas Artes de Lodz, donde da clases ante un alumnado fiel que lo adora, se ve interrumpida cuando llega el Ministro de Cultura para proclamar que el arte debe estar al servicio de la causa socialista. Lejos de sumarse al coro de aplausos, Strzemínski se pone en pie como puede y le rebate: el arte tiene que ser independiente del poder y los artistas deben seguir sus propios principios estéticos y no dogmas impuestos. Sus palabras son nuevos clavos que caen sobre su ataúd. Es acusado de defender los formalismos y las vanguardias, el arte degenerado de Occidente, muy alejado del revolucionario que debe exaltar al heroico obrero estajanovista.

Ser íntegro e independiente ante unos gobernantes que no soportan a los discrepantes conlleva siempre pagar un precio muy alto, aunque luego quede el leve consuelo de poderse mirar al espejo. En la progresiva aniquilación que Strzemi?ski sufre no hay torturas, encarcelamientos o violencia física. Es destruído lenta y silenciosamente, empujado a un laberinto kafkiano mientras le hacen la vida imposible y las puertas se le van cerrando. La primera es la de su despacho en la Academia de Bellas Artes, de donde es despedido. Sus cuadros son descolgados de las salas de exposición, cuando no hechos añicos. Es expulsado del sindicato de artistas, lo que le impide adquirir tubos de pintura, y del apartamento en el que vive junto a su pequeña hija. Tampoco puede comprar comida al no tener cartilla de racionamiento. Hambriento (estremecedor el momento en que lame los restos del plato) y enfermo de tuberculosis, el único apoyo lo tiene en sus alumnos. El que fuera uno de los grandes del arte en la vigésima centuria, amigo de Kandinski, Chagall, Malévich, Marinetti o Mondrian se vio obligado a subsistir pintando carteles de Stalin, o vistiendo maniquíes en los escaparates de un comercio ante el paso indiferente de los transeúntes.

Esta odisea recuerda mucho a la de otros protagonistas de Wajda, varios de ellos aparecidos durante aquella etapa del llamado "cine de la inquietud moral" de los años 1975-1981, etapa del "socialismo con cara humana" o de la "sociedad del bienestar" a la que Jaruzelski inentó poner fin, pero que los cineastas supieron aprovechar para denunciar la discordancia existente entre los ideales propagados oficialmente y la realidad cotidiana: el obrero modelo sepultado en el olvido de El hombre de mármol (1976), el periodista igualmente caído en desgracia de Sin anestesia (1978), El director de orquesta (1980)... Luego firmaría también otros retratos similares de gente indoblegable en Danton (1982), la muy similar Korczak (1990) –los últimos días en la vida de este médico judío que tampoco quiso abjurar de sus principios- o Walesa. La esperanza de un pueblo (2013).

W?adys?aw Strzemi?ski se halla en esa misma línea, otro personaje de gran estatura moral que prefiere soportar el martirio antes que traicionar su forma de pensar, a diferencia de aquellos paniaguados "apparátchiks" que recibían el título de "Artista del Pueblo" (como Sergei Bondarchuk en 1952), y a los que Gleb Panfilov retrató con agudeza en Tema (1979), una crítica de los artistas oficiales del régimen en contraposición a los desconocidos que jamás hicieron concesiones a cambio de llenar el estómago. Bogus?aw Linda, un habitual en la filmografía del director -Danton (1982), El hombre de hierro (1981), Pan Tadeusz (1999)- compone magistralmente a este hombre entre el cielo y el infierno (como antaño hacían Zbigniew Cybulski o Daniel Olbrychski), transmitiendo con su rostro iluminado sus fuertes convicciones, lo mismo que su temperamento solitario y colérico. El guión, escrito por Andrzej Mularczyk -vid. Katyn (2007), denuncia de otra atrocidad estalinista-, deja sin embargo fuera de foco otros rasgos menos complacientes del artista, en particular las tormentosas relaciones que mantuvo con su familia, primero con la que fue su pareja en el arte y en la vida (Katarzyna Kobro, interpretada por una Aleksandra Justa que ni siquiera aparece en los créditos) y después con su hija Nika (Bronislawa Zamachowska), a la que alejó en un hospicio. Esta es aquí presentada como una chica de gran madurez para sus doce años, que guía con sentido común a su progenitor y que acude vestida de rojo al entierro de su madre. Esa relación entre padre e hija es conmovedora, y tal vez ese sea el mayor castigo que tiene que soportar el pintor: ver el sufrimiento de una familia a la que no puede mantener. Igual importancia se da, como en otras cintas del director, a la juventud, heredera de un legado y símbolo de un futuro que tiene que llegar. Entre el grupo de discípulos a los que transmite sus principios, como si fuera un mentor griego, destaca la hermosa Hania (Zofia Wichlacz), ese ángel que le lleva las flores, pero que como el resto sólo recibe indiferencia.

Personaje y tema son por lo tanto familiares para Wajda, y coherentes con una de sus preocupaciones principales: la lucha del individuo contra un sistema opresor, o más en concreto la figura del virtuoso que se niega a inclinarse ante el poder, sea político, financiero o religioso, añadiendo otra pieza al debate recurrente de las relaciones entre el artista y la autoridad. Todo ello en una época histórica significativa, la Polonia comunista de postguerra, cuando la cultura que no seguía la ortodoxia marcada desde el gobierno era asfixiada. Un periodo gris que la cinta refleja bien -a pesar de unos medios que se notan justos-, en gran parte gracias a la fotografía del maestro Pawel Edelman (rojos, blancos, amarillos y azules, los colores preferidos del pintor) y a la dirección artística de Marek Warszewski e Inga Palacz. Se ven así los bloques de edificios levantados por el comunismo, las calles tristes, el ambiente frío, las colas para hacerse con alimentos, los jovencitos milicianos con pañuelos y corbatas rojos, los cines donde se proyectan películas rusas de propaganda (harto, el protagonista se levanta y abandona la sala), etc. Lo que se echa en falta es ese estilo impetuoso y torrencial tan definitorio del cine de Wajda, siendo aquí su puesta en escena muy austera, con planos estáticos y ritmo sosegado.

Al igual que Strzemínski, Wajda era hijo de militar -su padre murió en la matanza de Katyn- y tuvo aspiraciones de ser pintor, para lo que estudió en la Academia de Bellas Artes de Cracovia entre 1946 y 1949. Pero la pintura según confesó requiere mucha confianza en uno mismo y ser capaz de soportar una enorme soledad. Marchó entonces a Lodz para estudiar cine (1950-1954), aunque curiosamente sus caminos nunca llegaron a cruzarse con los de Strzemínski. Hasta ahora, en esta película. Una película que tal vez pueda ser entendida como el habitual legado testamentario del autor, la summa espiritual que deja quien se sabe cercano a la muerte. Lejos de ese carácter póstumo, Los últimos años del artista: Afterimage es una obra plenamente coherente con su filmografía, un manifiesto de primera mano sobre la libertad del creador enfrentado a los resortes del Estado. Está hecho con lucidez por alguien que sigue conservando una mirada poderosa a la hora de enjuiciar aquel pasado, un pasado que se nota vivido. Su estreno coincide además con la exposición que tiene lugar en el Museo Reina Sofía, "Kobro y Strzemínski. Prototipos vanguardistas" (Abril-Septiembre de 2017). 

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