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COLOSSAL

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Voltage Pictures / Sayaka Producciones / Brightlight Pictures (EEUU-Canadá-España-Corea del Sur, 2016)
  • Dirección
    Nacho Vigalondo
  • Guión
    Nacho Vigalondo
  • Fotografía
    Eric Kress
  • Música
    Bear McCreary
  • Montaje
    Ben Baudhuin, Luke Doolan
  • Distribuidora
    Versus
  • Estreno
    30 Junio 2017
  • Duración
    109 min.
  • Intérpretes
    Anne Hathaway, Dan Stevens, Jason Sudeikis, Austin Stowell, Tim Blake Nelson, Agam Darshi, Hannah Cheramy, Christine Lee

colossal2Mezcla discursiva de tragicomedia y ciencia ficción.

A estas alturas, la situación del guionista y realizador Nacho Vigalondo en el seno del cine español contemporáneo, puede tildarse de trágica. Su figura pública se halla escindida entre una vertiente como tertuliano de redes sociales y showman de la escena cultural friki, y otra como director de cine. Y la primera no acaba de redundar en la más significativa a largo plazo, la segunda. Más aún, esta última ha sido sumisa en su tortuosa progresión a la primera: cuatro largometrajes en diez años, incluyendo Colossal, que no han tenido ni mucho menos el eco popular que demandaba, con halagos hiperbólicos, cierta burbuja virtual abstraída en preocupaciones muy particulares.

En ese sentido, Los cronocrímenes (2007), Extraterrestre (2011) y Open Windows (2014), sus tres largometrajes previos, no han sido tanto fábulas en las que abismar inquietudes individuales y generacionales a fin de tasar su pertinencia y la del aparato mediático que les ha otorgado una presunta legitimidad, como las excrecencias más sofisticadas de dicho aparato. El cine de Nacho Vigalondo representa, como supo ver el crítico Roberto Alcover Oti a propósito de su ópera prima, una confluencia entre formas socioculturales y de entretenimiento. Confluencia inestable que, en el caso de sus títulos más inspirados, Los cronocrímenes y Open Windows, ha derivado en un universo de imágenes, tan lúdico como reflexivo, acerca del cariz espectral que ostentan en nuestro presente el yo y lo que solíamos entender por realidad. Mientras que, en los títulos más endebles, Extraterrestre y Colossal, ha dado lugar a obras menos asimilables al cine que al programa de variedades o la revista de tendencias, sintomáticas en sí mismas de nuestra condición fantasmática.

En esta película interpretada por Anne Hathaway y Jason Sudeikis –inmersión plena de Vigalondo en la industria estadounidense tras participar en las películas de episodios The ABCs of Death (2012) y V/H/S Viral (2014)–, cabe apreciar la erudición puesta de manifiesto en torno a las claves del cine independiente norteamericano, las superproducciones gestadas en aquel país, y el kaiju eiga o cintas con monstruos gigantes como Godzilla; así como su honda implicación con la tercera ola del feminismo que vivimos hoy por hoy. Sin embargo, tales aspectos están lejos de cuajar en la película, solo convincente como repositorio desordenado de intereses creativos, sentimentales y, si se quiere, políticos.

La protagonista de Colossal es Gloria, una escritora desempleada y con problemas de alcoholismo, afincada en Nueva York hasta que su pareja, Tim, se cansa de su comportamiento errático y rompe con ella. Obligada a volver a la localidad natal del Medio Oeste donde nació, trata de recomponer su vida con la ayuda de Oscar, un amigo de la infancia. Pero un extraño fenómeno desbarata la cotidianidad a que trataba de acostumbrarse la joven: cada vez que se abandona al sueño, una descomunal criatura irrumpe en la capital de Corea del Sur, Seúl, y arrasa sus calles. Gloria descubre una misteriosa conexión con el ente, que replica sus ademanes y actitudes… Vigalondo aspira a elaborar un discurso sobre la represión y el empoderamiento de la mujer, las estructuras patriarcales que articulan nuestro orden social, las patologías de lo masculino, y el efecto en los adultos de los traumas infantiles. Y, al mismo tiempo, pretende materializar un imaginario sincrético a partir de los registros de la imagen ya señalados, en el que caben lo tragicómico, la fantasía, y un análisis de las fórmulas de uno y otro género.

Las grandes ambiciones de Colossal no son equiparables al talento artístico que su responsable despliega en pantalla. La consecuencia es una cinta que fracasa en el desarrollo orgánico de lo que se revela ocurrencia brillante sobre el papel, pero contrahecha en imágenes; en la que los actores sobreactúan, quizá porque no están seguros de si encarnan a personas, o alegorías a subrayar gestualmente; que tarda en arrancar, y sufre varios altibajos de ritmo; y que sucumbe en escenas decisivas a lo peor de las constantes audiovisuales que se intentaban subvertir. Véanse como ejemplos las veladas nocturnas en el bar, el recurso a canciones de un determinado estilo, o los flashbacks postreros que aclaran el origen del conflicto latente entre Oscar y Gloria, el germen de sus monstruos interiores. Las similitudes de Colossal con una película reciente afianzada sin ironía ninguna en lo indie, La última canción (2015), que cuenta asimismo en su reparto con Jason Sudeikis, son sangrantes.

No son los únicos problemas de un filme que deposita la reivindicación del feminismo en los hombros de una mujer de ficción elaborada a golpe de equívocos y estereotipos muy discutibles, y cuya extrañeza, que se promete radical, termina por ser pintoresca. Puede que Colossal sea útil para que Nacho Vigalondo mantenga todo tipo de entrevistas y debates sobre los asuntos que ha abordado, y para hacerse merecedora con el tiempo de cierto culto cinéfilo. A cambio, se ha frustrado la posibilidad de que resultase una película memorable.

 

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