.

SU MEJOR HISTORIA

Escrito por José A. Planes Pedreño
  • Titulo Original
    Their Finest
  • Producción
    Elizabeth Karlsen, Amanda Posey y Stephen Woolley (Reino Unido, 2017)
  • Dirección
    Lone Scherfig
  • Guión
    Gaby Chiappe, basado en la novela "Their Finest Hour and a Half", de Lissa Evans
  • Fotografía
    Sebastian Blenkov
  • Música
    Rachel Portman
  • Montaje
    Lucia Zucchetti
  • Estreno
    14 Julio 2017
  • Duración
    117 min.
  • Intérpretes
    Gemma Arterton (Catrin), Sam Claflin (Tom Buckley), Bill Nighy (Ambrose Hilliard), Jack Huston (Ellis Cole), Helen McCrory (Sophie Smith), Eddie Marsan (Sammy Smith), Jake Lacy (Carl Lunbeck), Rachael Stirling (Phyl Moore), Richard E. Grant (Roger Swain).

Disparatado discurso ideológico de tintes patrióticos y feministas

El sentimiento patriótico de Reino Unido ha rebrotado con fuerza a raíz de la decisión de gran parte de sus ciudadanos de abandonar la Unión Europea en un referéndum histórico que quizá nunca debió convocarse. Sin embargo, lo que estos resultados arrojan es la percepción en sus votantes de que Gran Bretaña debe recuperar las riendas de su soberanía, a priori minimizada por un tablero legislativo que emana directamente de Bruselas y que constriñe las reglas del juego. Por supuesto, existen otros factores atribuibles a esta polémica salida, como el incremento de la inmigración, el miedo a la falta de seguridad a causa de la libre circulación territorial, el gasto económico que exige la pertenencia a la comunidad europea, la ineficiencia burocrática asociada a esta…, pero algunas transformaciones solo pueden producirse cuando se azuzan ciertas emociones que anidan en lo más profundo de la conciencia popular. Estas emociones podrían estar asociadas a una cierta autosuficiencia que, como señala el periodista Alex Massie en un extraordinario artículo publicado recientemente en The Spectator, se remonta al papel de Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial (“el relato de la gran creación de su estado moderno”), cuando se erige en el principal muro de contención del belicismo expansionista de la Alemania nazi, de ahí la muy pretenciosa creencia, evocada por el propio Massie, de que Gran Bretaña “es uno de los pocos países de la Unión Europea que no necesita quemar su historia durante el siglo XX”.

Este preámbulo viene a colación porque Su mejor historia puede interpretarse como lectura de estos últimos acontecimientos, aunque haya sido el azar el que haya ocasionado un encuentro entre la película y las circunstancias antes enunciadas. Para empezar, su título original, Their Finest, hace referencia al célebre discurso pronunciado por Winston Churchill el 18 de junio de 1940, “The Finest Hour”. Poco tiempo después de haber sido elegido Primer Ministro, este se dirigía a la nación para enardecer su moral, muy debilitada después del desastre de la ofensiva militar británica en Francia para refrenar la invasión alemana y de la subsiguiente evacuación de las tropas en las playas de Dunkerque.

Tomando como referencia este llamamiento, el filme expone cómo la industria cinematográfica británica se tomó en serio las palabras de Churchill y trató de fomentar en sus producciones valores que estimulasen el ánimo de los espectadores. Pero en particular, de lo que trata la película, ambientada en el Londres de 1940, es del proceso de producción de un largometraje auspiciado por la División de Cine del Ministerio de Información basándose en unos hechos supuestamente verídicos: la travesía en una pequeña embarcación de dos jóvenes hacia Dunkerque con el propósito de repatriar a cuantos soldados fuese posible. Más específicamente, lo que relata Su mejor historia es el itinerario de Catrin Cole, contratada por este organismo para dotar de mayor realismo y convicción a los diálogos femeninos de sus producciones, aunque finalmente acabará involucrándose en el ambicioso proyecto como guionista.

Como podemos inferir, este largometraje dirigido por la danesa Lone Scherfig gira en torno a dos ejes: en primer lugar, la confianza en el cine como vehículo de las instituciones estatales para promover el patriotismo en periodos de crisis; en segundo, la reivindicación de figuras femeninas históricas que consiguen realizarse profesionalmente a pesar de las poco favorables circunstancias socioculturales en que se hallaban. En este sentido, la historia de Catrin no es otra cosa que una progresiva toma de conciencia de sus cualidades intelectuales en ámbitos en los que la presencia de mujeres era marginal. Indirectamente, es el contexto histórico el que propicia esta transformación a causa del vacío generado por la población masculina, obligada a acudir al frente.

Pero todo en esta obra emana conservadurismo, blandura y complacencia, empezando por una delirante, cuando no peligrosa, exaltación sin paliativos del cine como instrumento con que provocar las más fuertes emociones de carácter patriótico y nacionalista, discurso que no dudarían haber firmado a pies juntillas la inefable Leni Riefenstahl, documentalista de cabecera del nazismo; los cineastas del realismo socialista promovido por el Politburó después del triunfo de la Revolución de Octubre; o creadores más próximos a nuestra cinematografía, tales como José Luis Sáenz de Heredia, autor de aquella oda al espíritu nacional escrita por el mismísimo Francisco Franco y titulada Raza (1941). Sorprende la manera en que la película se regodea en sus metros finales en las respuestas sentimentales de los espectadores frente a la producción que a los protagonistas tanto les había costado elaborar. Su mejor historia legitima, entonces, la necesidad de apelar a los más bajos instintos del espectador para movilizar sus energías en favor de las direcciones que dictan las autoridades gubernamentales: planteamiento discutible e, insisto, peligroso, que hubiese requerido de muchos más matices para no incurrir en el reaccionarismo burocrático.

Pero también tenemos en este relato la historia de Catrin, quien se ha establecido en Londres tras abandonar su Ebbw Vale (Gales) junto a su marido, un pintor que sufre una discapacidad física después de haber intervenido como brigadista internacional en la Guerra Civil Española. El periplo que recorre la protagonista hasta alcanzar un reconocido estatus profesional está sustentado en una relación de amor-odio con Tom Buckley, otro de los guionistas que forman parte de la épica producción que intenta llevar a buen puerto el Ministerio de Información británico. Algunas desviaciones de la trama cantan estrepitosamente, como la previsible infidelidad del marido de Catrin, artimaña para que esta pueda caer decentemente en los brazos de su compañero de trabajo. Pero lo peor es de nuevo la muleta melodramática con que se sostiene el itinerario de este personaje femenino, inmiscuyéndolo en un arco de transformación a todas luces previsible. No ayuda la discreta interpretación de Gemma Arterton, que inflama sus reacciones en los momentos de tensión y se muestra escasamente expresiva en las escenas de mayor intimidad; como tampoco la académica dirección artística ni la dulcificada música de Rachel Portman, en la línea de las composiciones que la hicieron célebre, como Las normas de la casa de la sidra (1999), La leyenda de Bagger Dance (2000), Chocolat (2000) o La sonrisa de Mona Lisa (2003).

Estos atributos convierten a Su mejor historia en un drama histórico de plácido visionado que quizá disfruten los espectadores británicos más predispuestos a rememorar con nostalgia este episodio histórico. En cambio, los espectadores ajenos a tales hechos es probable que queden boquiabiertos ante la glorificación de tal disparatado discurso ideológico de efluvios patrióticos y feministas.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.