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REY ARTURO: LA LEYENDA DE EXCALIBUR

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    King Arthur: Legend of the Sword
  • Producción
    Warner Bros / Village Roadshow Pictures / Weed Road Pictures (EE. UU., 2017)
  • Dirección
    Guy Ritchie
  • Guión
    Joby Harold, Guy Ritchie, Lionel Wigram, David Dobkin, Joby Harold
  • Fotografía
    John Mathieson
  • Música
    Daniel Pemberton
  • Montaje
    James Herbert
  • Distribuidora
    Warner
  • Estreno
    11 Agosto 2017
  • Duración
    120 min.
  • Intérpretes
    Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsou, Eric Bana, Aidan Gillen, Freddie Fox, Craig McGinlay, Tom Wu, Kingsley Ben-Adir, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Zac Barker, Oliver Barker, Geoff Bell, Poppy Delevingne, Jacqui Ainsley, Bleu Landau, Georgina Campbell, Rob Knighton, David Beckham, Katie McGrath, Michael McElhatton, Mikael Persbrandt

arturo2Nueva versión del mito artúrico, realizada por Guy Ritchie

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur es la enésima recreación cinematográfica del mito artúrico. La industria del cine regresa una y otra vez al mismo, con insistencia deudora a fecha de hoy quizá no tanto del hechizo de un determinado argumento de ficción, como de su potencial para el despliegue de imaginarios a la moda, amparados por una marca muy reconocible. Así parecen indicarlo las versiones más recientes de los hechos del legendario monarca, el mago Merlín y los caballeros de la Mesa Redonda: El primer caballero (1995), ejemplo de romanticismo pulcro que debía lo suyo a Ghost (1990) y Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991), y la áspera El Rey Arturo (2004), producida en la estela de Braveheart (1995) y Gladiator (2000).

Por su parte, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur prefiere ubicarnos en una mítica Britania posromana en la que no cuesta demasiado rastrear en principio ecos de El señor de los anillos (2001-2003) y Juego de tronos (2011-). El rey Uther logra salvar Camelot de las garras de un mago diabólico y sus ejércitos. No sospecha que la mayor amenaza para la región es su propio hermano, Vortigern, que se hace con el trono derramando la sangre familiar. El único superviviente de la matanza es el hijo de Uther, el pequeño Arturo, que es criado sin tener noticia de su linaje en los peores barrios de la Londres medieval. Como adulto, a Arturo tan solo le motiva sacar un buen rendimiento a los ahorros que le ha costado años reunir como y proxeneta y delincuente. Pero en su camino se cruza la misteriosa espada Excalibur, aparecida en las cercanías del castillo de Vortigern sólidamente hundida en la roca...

Los primeros quince minutos, correspondientes a la presentación del escenario de fantasía medieval en que tendrá lugar la acción del filme y de su personaje principal, son brillantes. Conviene advertirlo de entrada, puesto que el resto del metraje no está a la altura del reto dialéctico que plantean esas dos escenas, y que la película ha sido masacrada por la crítica internacional en base al talante frívolo y atropellado de sus imágenes. Una acusación que, sin dejar de ser cierta, responde en parte a una intención premeditada: tras una introducción épica, sombría, que da cuenta con grandilocuencia afecta a lo neoclásico y lo romántico y, a la vez, a la naturaleza dinámico-espacial del videojuego, de la fusión entre la Era de la Magia y el absolutismo monárquico, el director británico Guy Ritchie refleja el tránsito de la infancia a la madurez de Arturo con un vertiginoso ejercicio de montaje que se constituye en declaración de intenciones.

Lo que pretende Ritchie no es reeditar las aventuras del Rey Arturo con un aparato audiovisual susceptible de hacer que le preste atención un público contemporáneo; sino intervenir el signo tradicional de la fábula, los modos heroicos del relato, con una manipulación de los ritmos y los tempos que alberga un alegato de clase, inadaptación y masculinidad en crisis. Algo que no le será extraño a quien haya visto las ocho realizaciones previas de Ritchie, desde sus debuts en forma de revisiones posmodernas del cine de gángsters –Lock & Stock (1998), Snatch: Cerdos y diamantes (2000)– a sus dos superproducciones sobre Sherlock Holmes interpretadas  en 2009 y 2011 por Robert Downey Jr., pasando por abstracciones neo-noir tan peculiares como RocknRolla (2009) y, en especial, Revolver (2005), en la que podíamos escuchar un parlamento revelador sobre la creatividad según Ritchie a cargo de Jake Green (Jason Statham): “La única razón por la que nos levantamos cada mañana, por la que soportamos la sangre, el sudor y las lágrimas, es porque queremos hacerle saber al mundo lo especiales que somos. Que nos teman o reverencien, pero que piensen que somos especiales”.

La mayoría de las películas de Ritchie pueden entenderse por tanto, bajo sus diferentes apariencias, como odiseas dickensianas que viven personajes al margen del orden establecido, al que acaban por imponer un aliento existencial subversivo que tiene paralelismo perfecto en la espasmódica concepción de la imagen característica del director. Las estrategias de Ritchie no solo ponen en perspectiva crítica, como adelantábamos, los desarrollos narrativos –ideológicos– consensuados para las historias que aborda. Llegan al extremo, mediante variaciones en los puntos de vista, flash forwards, jump cuts y otros recursos expresivos, de dinamitar su pertinencia esencial, lo que deja vía libre para el análisis de sus sentidos o la exploración de otros inéditos.

Muestra clara de ello en Rey Arturo: La leyenda de Excalibur es el viaje iniciático que lleva a cabo el protagonista a tierras oscuras con el fin de vencer sus miedos y limitaciones; para, en palabras de la intrigante maga ligada a Merlín que encarna Àstrid Bergès-Frisbey, “romper con su antiguo yo y aprender a pensar a lo grande”. En cualquier otra saga del Hollywood contemporáneo –lo que aspiraba a iniciar este filme antes de que su fracaso en taquilla haya puesto en duda el empeño–, el fragmento en cuestión se habría bastado para generar todo un largometraje. Ritchie, en cambio, lo solventa en cinco minutos de cadencia casi paródica, cuya estructura mezcla tiempos, espacios y planos de realidad con gran virtuosismo. Cuando acaba la secuencia, la familiaridad del cinéfilo con códigos que se le han brindado una y mil veces ha dado paso al desconcierto, a la necesidad de reordenar expectativas en cuanto a cómo y con qué intención va a proseguir la película.

Otras escenas posteriores –el magnicidio fallido de Vortigern en Londres y la huida posterior de sus responsables por la ciudad, la llegada postrera de Arturo al castillo– ponen de manifiesto idéntico virtuosismo relativista, que hace del filme una de las propuestas comerciales más sugerentes de la temporada. También vale la pena destacar cómo Arturo no experimenta una elevación moral cuando logra doblegar el hálito mágico de Excalibur: sus atributos se ven legitimados, no por su origen noble, sino en tanto ser humano forjado entre el lumpen, lo que convierte su victoria final sobre Vortigern y la institución de la Mesa Redonda en promesas de una Camelot menos rutilante que igualitaria. El cine de Ritchie vuelve a ostentar así una sensibilidad fraterna de arrabal.

Ahora bien, no todo en el ánima fracturada responde a méritos artísticos. Resulta obvio que las imágenes carecen de una focal discursiva firme, y que han existido problemas de escritura y montaje a la hora de materializarlas. Unas y otras cuestiones derivan en una falta de entidad última que permite su aprehensión en términos de cine basura, tasado eso sí en 175 millones de dólares. Apelativo que tampoco sería justo, dadas las cualidades que hemos señalado. En realidad, la película se mueve en una incómoda tierra de nadie, la que separa los dominios en que imperan grandes espectáculos que abrazan sin rebozo sus potenciales más lúdicos, como Dioses de Egipto (2016), de aquellos en que reinan los blockbusters obsesionados con aportar al registro una gravedad que en muchas ocasiones no tiene razón auténtica de ser, como sucedía en La guerra del planeta de los simios (2017).

A partir de Sherlock Holmes, Guy Ritchie emprendió su propia travesía de riesgo por tierras oscuras, las del cine de gran presupuesto auspiciado por Hollywood. Sus inquietudes han de imbricarse desde entonces en macroestructuras, y corren el riesgo de alterar sus rasgos hasta lo difuso, como ocurre en Rey Arturo: La leyenda de Excalibur –una oportunidad perdida en definitiva, dado el peso del mito artúrico en el imaginario inglés del poder–, o incluso hasta lo invisible, como pasaba en Operación U.N.C.L.E. (2015). Su siguiente película, ya en producción, versión en imagen fotorrealista de uno de los clásicos animados de Disney, Aladino (1992), tiene capacidad sobre el papel para hacer honor pleno a sus intereses habituales… o para arrasar con ellos y que no dejen huella ninguna en pantalla.

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