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DETROIT

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Producción
    Annapurna, First Light Prod. y Page 1 (Estados Unidos, 2017).
  • Dirección
    Kathryn Bigelow.
  • Guión
    Mark Boal
  • Fotografía
    Barry Ackroyd.
  • Música
    James Newton Howard
  • Montaje
    William Goldenberg y Harry Yoon
  • Distribuidora
    eOne Entertainment
  • Estreno
    15 Septiembre 2017
  • Duración
    142 min.
  • Intérpretes
    Will Poulter (Krauss), Jack Reynor (Demens), John Boyega (Dismukes), Algee Smith (Larry), Jacob Latimore (Fred), Jason Mitchell (Carl), Hannah Murray (Julie), Kaitlyn Dever (Karen), Ben O'Toole (Flynn).

detroit2Motel de mala muerte

            En el verano de 1967 se produjeron en Detroit unos violentos disturbios como consecuencia del desalojo –con malos modos y sin respeto a la ley– de un club en un barrio de mayoría afroamericana que carecía de licencia para servir alcohol. El motín, los saqueos e incendios se prolongó durante días. La que fuera capital del automóvil, que daba trabajo a miles de empleados, se había ido despoblando en su casco antiguo por el éxodo a urbanizaciones de la periferia por parte de la población más adinerada (en su mayoría caucásicos, como denominan allí a los de piel blanca).

            La película de Kathryn Bigelow toma como base un hecho puntual de aquellos sangrientos sucesos, un incidente acaecido en un pequeño motel desde el que –supuestamente– un francotirador disparó a las fuerzas del orden (para entonces ya conformadas por la policía local, federal y el ejército). La búsqueda del autor y de su arma (inexistente) supuso un noche de terror para los allí alojados y tres asesinatos perpetrados por parte de la patrulla de policía municipal con la pasividad de las otras fuerzas presentes en el lugar.

El film narra el detonante de la posterior revuelta y, en un estilo casi de documental informativo, los incendios, saqueos y violencias que se sucedieron, entre ellos, la suspensión de la actuación de un grupo de jazz, The Dynamics, que estaba a punto de actuar en un teatro del barrio. Dos de sus componentes (uno de ellos el solista) tienen la mala suerte de hospedarse en el motel Algiers de marras, desde una de cuyas ventanas un insensato, medio borracho, tiene la ocurrencia de gastar una broma a su amigotes haciendo varios disparos con una pistola de fogueo. La alarma producida por el ruido hace creer a las fuerzas del orden que se trata de tiros.

A partir de este momento, Bigelow se faja con unos cuantos personajes, sometidos a las arbitrariedades sádicas de un policía paranoide que no deja de considerar a sus retenidos como carnaza para su juego de intimidación, brutalidad y desprecio por los afroafricanos y las dos chicas blancas que también estaban en el motel. Krauss, al que ya conocíamos por un altercado similar en que había disparado por la espalda a un amotinado causándole la muerte, despliega todo su desequilibrio sobre los asustados huéspedes que son sometidos a un trato vejatorio, inhumano y contrario a los derechos de cualquier ciudadano. El juego acabará trágicamente para unos y para otros, pero antes del final somos testigos de unos abusos policiales intolerables, de una discriminación y violencia raciales que, por desgracia, siguen siendo todavía frecuentes en muchos cuerpos policiales de aquel país. Basta con leer casi a diario cómo agentes acusados de «abatir» a personas desarmadas, que no oponían resistencia, ni desobedecieron las órdenes de los guardias, son absueltas en juicios que nos retrotraen a siglos anteriores por su parcialidad e iniquidad. Lo que no deja de suceder también en el caso que nos ocupa.

Impresiona, capta y sobrecoge el despliegue formal que pone en marcha Kathryn Bigelow. No nos da respiro con una sucesión de planos muy breves de duración, unas veces cámara en mano, otras con leves panorámicas o travelines, que nos tienen prendidos de la pantalla. Llegamos a sentir el mismo pánico de las víctimas porque Krauss es capaz de cualquier atrocidad y salvajada, y su conducta es impredecible.

En este sentido, hay que notar que Bigelow sigue la mejor tradición del cine americano: los caracteres se perfilan por lo que hacen o dicen, pero no por la descripción de su temperamento u otra clase de información. Así la acción no se interrumpe y nuestro pavor aumenta cada vez que va progresando nuestro conocimiento de la pareja que componen Krauss y Demens, a los que luego se añadirá el lerdo del novato. Dirección, fotografía y música coadyuvan a dar solidez cinematográfica al film. La elección del reparto, en el que no figuran estrellas, otorga todavía más verosimilitud. La peripecia posterior del solista de los Dynamics acaba por ser lo único que realmente nos conforta entre tanto desprecio y vejación a la dignidad humana.

Hace cincuenta años de aquellos terribles sucesos, pero el supremacismo blanco no es tan sólo la ideología de unos cuantos «chalados» o nostálgicos. Sigue siendo una forma de pensar y actuar que descalifica y estigmatiza a los afroamericanos de EEUU. El mismo Trump no deja dudas al respecto tratando de acabar con la herencia de ese negro que llegó a presidente de su país y fue su antecesor en el cargo.

Si algo hay que reprocharle a la directora es, tal vez, el cambio de planteamiento que sufre el film, que al comienzo da la impresión de que va a ser una recreación colectiva de aquellos sucesos (al estilo de la reciente Dunkerque), para luego ceñirse al caso del motel y, al final, alargar tal vez demasiado el desenlace. En cualquier caso, una de las películas más impactantes de este año y segura candidata a los óscares, por más que no gustará demasiado al montón de racistas que todavía pululan por Hollywood. Y, de pasada, corrobora que nos encontramos en un año en que el tema de los afroamericanos, en el pasado y en el presente, ha constituido un fenómeno muy notable y de altísima calidad en la mayoría de las obras. Tal vez como «resaca» de la era Obama y justamente en el año en que fue relevado por el tejano del peluquín rubio.

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