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MORIR

Escrito por José Luis Sánchez Noriega
  • Producción
    Kowalski Films / Ferdydurke (España, 2017)
  • Dirección
    Fernando Franco
  • Guión
    Fernando Franco
  • Fotografía
    Santiago Racaj
  • Música
    Maite Arrotajauregi
  • Montaje
    Miguel Doblado
  • Distribuidora
    Golem
  • Estreno
    06 Octubre 2017
  • Duración
    104 min.
  • Intérpretes
    Marian Álvarez, Andrés Gertrudix, Iñigo Aranburu

morir2El dolor de acompañar la agonía

            Aunque veterano como cineasta en labores de montaje y guion, el bilbaíno Fernando Franco se pone tras la cámara por segunda vez tras La herida (2013), que fue recibida con justificadas esperanzas. Repite estilo, clima emocional, tema del dolor y el acompañamiento, y la misma protagonista, la excelente Marián Álvarez que, en realidad, es quien sostiene en buena medida la película. En lo que sigue, inevitablemente, tenemos que desvelar gran parte del argumento por lo que, el lector sensible a ello, debería abandonar esta lectura.

            La historia se limita a seguir a dos personajes, la pareja formada por Marta y Luis, a partir del momento en que a éste se le diagnostica un cáncer. Ella deja su trabajo para cuidarlo en todo momento. La reacción inicial de Luis es de rechazo a cualquier terapia porque no asume la enfermedad, aunque lo disfrace de resignación ante el mal imbatible. Pero pronto acepta ser operado del tumor en la cabeza y logra una mejoría que, lamentablemente, no dura mucho tiempo. Marta tiene que ir descubriendo cuál ha de ser su papel en cada momento, cómo ayudar al enfermo respetando su voluntad al tiempo que estimulando su esperanza, cómo mantener la entereza y la utopía de seguir amando lo que se le escapa. Por tanto, la larga agonía de Luis es, también para Marta, un calvario al que ha de sobrevivir con el dolor a cuestas. 

            Franco apuesta fuerte por un tema tabuizado en la sociedad y prácticamente vedado en el cine, como es el de la muerte, que solamente acepta representaciones estilizadas y “de género”. Es inteligente al hacer pivotar el relato sobre el personaje de Marta, pues ello añade complejidad y riqueza a una narración que no solo tiene el peligro de resultar esquemática y triste, sino la trampa de que nadie que no haya pasado por una situación similar está en condiciones de contarla: en rigor, la muerte no se puede narrar en primera persona. El dolor de Marta es el de la amante impotente que siente que la vida de su ser amado tiene fecha de caducidad; es un dolor mayor que la agonía en primera persona en cuanto encrucijada de contradicciones: cuidar y curar respetando al enfermo, infundir esperanzas sabiendo el horizonte negro, sentirse útil y no culpable por sobrevivir.

El título está muy bien elegido, no es un sustantivo, ni adjetivo ni sintagma preposicional sino ese infinitivo que indica acción o proceso en su formulación más general o abstracta. El relato va creciendo gracias a que atrapa al espectador y lo que parece una historia minimalista y melodramática adquiere intensidad debido al punto de vista de Marta, que podía ser el de cualquier espectador. Todo lo que cuenta son sucesos de la vida cotidiana, se evita cualquier sorpresa, los giros que establecen los manuales de guion y la introducción de variables dramáticas destinadas a sobredimensionar la historia. Esta es la apuesta y el reto que hay que agradecer: conseguir una obra de arte con emoción sin efectismos ni concesiones. Cualquiera somos Marta porque en ella –que, obviamente, es la actriz en estado de gracia- se plasma el dolor de ver al ser amado muriendo, la tentación de abandono o de la habitual y bienintencionada hipocresía de negar la realidad; el dolor, también, de sentirse impotente y no saber cómo gestionar esa agonía. Sobre todo cuando, en el último tramo, el dolor se transforma en miedo, aún más difícil de conjurar.

            Planos muy próximos, diálogos escasos, interiores domésticos están al servicio de una obra de enorme fuerza emocional y extraordinaria honradez. Ni siquiera hace concesiones al debate actual sobre la eutanasia, lo que le haría ganar público o, al menos, presencia mediática. Como tampoco se plantea la vida tras la muerte, el más allá o la supervivencia del alma. Ello es así porque, bien pensado, en realidad es una historia de amor que plantea cómo seguir amando en condiciones de supervivencia, cómo amar y respetar una voluntad del enfermo derrotado, cómo amar cuando la vida se va y, con ella, la posibilidad misma del amor. Al final, Morir no es una película triste porque evita el énfasis melodramático, aunque el espectador puede salir tocado de la sala.  

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