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EL CASTILLO DE CRISTAL

Escrito por José Luis Sánchez Noriega
  • Titulo Original
    The Glass Castle
  • Producción
    Lionsgate / Netter Productions (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Destin Cretton
  • Guión
    Marti Noxon, según las memorias de Jeanette Walls
  • Fotografía
    Brett Pawlak
  • Música
    Joel P. West
  • Montaje
    Nat Sanders
  • Distribuidora
    eOne Entertainment
  • Estreno
    12 Octubre 2017
  • Duración
    127 min.
  • Intérpretes
    Brie Larson, Naomi Watts, Woody Harrelson, Max Greenfield, Sarah Snook, Iain Armitage, Ella Anderson, Shree Crooks, Charlie Shotwell, Sadie Sink, Eden Grace Redfield, Dominic Bogart, Alanna Bale, Andrew Shaver, Brigette Lundy-Paine, Kyra Harper, Joe Pingue, Nathaly Thibault, Darrin Baker

castillo2Adorables y monstruosos padres

            Diríase que al cine norteamericano le quedaba poco por contar de las relaciones entre hijos y padres, particularmente con historias de los reproches de los primeros hacia los segundos. Adultos que evocan su infancia con amargura por el desprecio y otros maltratos, jóvenes que chocan con sus progenitores y luego viven el peso del arrepentimiento, mujeres y hombres que llevan años sin hablarse con sus padres, tipos traumados por infancias de abandono… en fin, todo tipo de historias cuyo tratamiento cinematográfico –salvo excepciones- me atrevo a calificar de “pringoso”, con sobredosis sentimentales que soporta con dificultad la sensibilidad común. Pues bien, adaptando el texto autobiográfico de Jeannette Walls cuyo punto de vista se respeta, el hawaiano Destin Daniel Creton abunda en este su tercer largometraje en el mismo tema, solo que esta vez se muestran las contradicciones irresolubles de las situaciones y de la propia condición humana, que reúne en el mismo cuerpo a ángeles y demonios. Es decir, afortunadamente aporta algo nuevo al ciclo y muestra un talante con mayor interés.

            La citada Jeannette es una treitañera exitosa que vive en Nueva York y se va a casar con un analista financiero. Llega a invitar a sus hermanos a la boda, pero no a sus padres, a quienes no ha querido ver cuando días atrás ella rebuscaba en la basura y él, borracho, toreaba a los coches. Jeannette evoca diversos episodios de su infancia y adolescencia, desde que, con unos cuatro o cinco años, sufrió quemaduras al utilizar la cocina porque su madre Rose Mary no le preparaba comida, muy dedicada, como estaba, en pintar unos cuadros que proliferan por la casa y no vende. Jeannette tiene dos hermanas y un hermano; su padre, Rex, es un tipo tan encantador como visionario: suele justificar su bohemia y condición de vagabundo o transeúnte permanente en su rechazo a una sociedad capitalista y urbana regida por el dinero, pero donde la gente no puede contemplar las estrellas por la noche debido a la contaminación lumínica. La familia deambula de un lugar a otro, sin horizonte de trabajo estable o escuela para los niños; Rex alimenta el sueño de construir una casa original, con paredes de cristal y una escalera de caracol que le ha pedido Jeannette.

            La vida de los niños resulta un tanto esquizofrénica, pues coexiste la aventura, la diversión en el grupo familiar, la protección entre los hermanos, el cariño y la ternura de los padres… con situaciones de violencia debido al alcoholismo de Rex, la irresponsabilidad de la madre que antepone sus caprichos a cualquier obligación hacia los pequeños y la desasosegante incertidumbre para un niño de una vida a salto de mata. Esta dualidad genera en los chicos un sentimiento encontrado de amor/odio hacia sus progenitores, como Jeannette explicita en el desenlace: ello parece lo más honrado y original de una historia que creo que puede tener mayor valor sociológico y antropológico del que inicialmente uno intuye. Es decir, que, más allá de la situación trágica de los Walls, se plantea los casos de padres irresponsables a quienes los niños adoran, casos donde resulta cuestionable o dudosa la intervención de los servicios sociales, justificada por la salud y la integridad de los pequeños. 

            Cinematográficamente el relato deja que desear; resulta largo y la articulación en los dos tiempos (presente y momentos diferentes de Jeannette entre los 4 y los 20 años) no añade mayor ritmo o interés, ni aporta mucho a una exposición lineal y cronológica, aunque tampoco resulte confusa. Como no podía ser de otro modo, para los personajes de los niños se emplean actores diferentes, no así para los padres, lo que lleva a maquillar con poca fortuna a Naomi Watts. La elección de Woody Harrelson es muy adecuada, heredero digno de Jack Nicholson con su propensión al histrionismo. El resultado final es un drama que se ve sin entusiasmo aunque deja huella en el espectador por las emociones y dilemas morales que plantea. 

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