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THOR: RAGNAROK

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Marvel Entertainment / Marvel Studios / Walt Disney Pictures (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Taika Waititi
  • Guión
    Eric Pearson, Craig Kyle, Christopher Yost
  • Fotografía
    Javier Aguirresarobe
  • Música
    Mark Mothersbaugh
  • Montaje
    Zene Baker y Joel Negron
  • Distribuidora
    Walt Disney
  • Estreno
    27 Octubre 2017
  • Duración
    130 min.
  • Intérpretes
    Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Cate Blanchett, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo, Tessa Thompson, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Jeff Goldblum, Jaimie Alexander, Sam Neill, Ray Stevenson, Tadanobu Asano, Taika Waititi, Karl Urban, Stan Lee

thor2Tercera y mejor aventura del superhéroe de Marvel Studios.

“Nada tiene sentido, salvo el hecho de que nada tiene sentido”, se reflexiona en una escena de esta nueva aventura cinematográfica del Dios del Trueno, pasados seis años de Thor y cuatro de Thor: El mundo oscuro. Los intervalos temporales entre unas y otras películas ponen de manifiesto los riesgos que supone abordar el personaje ideado para las viñetas hace más de medio siglo por Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby. El superhéroe –como su intérprete, Chris Hemsworth– tiene el carisma justo. Por ello es lógico que, en Thor: Ragnarok, forme equipo con otra creación aún más insípida del panteón Marvel, Hulk –encarnado a su vez por Mark Ruffalo–, y, a partir de cierto punto, también con su pérfido hermanastro Loki (Tom Hiddleston) y con Valquiria (Tessa Thompson), última de las guerreras que antaño protegieron Asgard, hogar de Thor. Los cuatro se constituirán en amago de supergrupo apodado jocosamente, en guiño a los célebres Los Vengadores, Los Vengativos.

La idea de que el Dios del Trueno luche junto a Hulk, Loki y Valquiria no deja por otra parte de tener su encanto. Nos remite a cabeceras menores de los cómics en que se inspiran las producciones Marvel: Two-in-One, Los Defensores, Team-Up, Héroes de Alquiler... En ellas, la editorial ha experimentado con el potencial de personajes nuevos o secundarios, y ha permitido que guionistas y dibujantes se tomasen licencias creativas. Y así viene a ocurrir también en Thor: Ragnarok, la película más sugestiva de entre las auspiciadas en los últimos años por el estudio que dirige Kevin Feige: títulos como Capitán América: Civil War y Doctor Strange han adolecido de una falta de inquietudes, una complacencia en la aplicación de fórmulas con éxito automático, que amenazan con el estancamiento artístico del universo cinemático Marvel. Que, no está de más indicarlo, va camino de ser uno de los proyectos más ambiciosos en la historia de la cultura popular.

Durante sus primeros minutos, el tono de Thor: Ragnarok puede confundirse con el de dos de las propuestas Marvel con más repercusión hasta la fecha, el díptico Guardianes de la Galaxia (2014-2017); es decir, con el de una aventura estereotipada que aderezasen pinceladas humorísticas y brochazos emocionales. Sin embargo, pronto resulta evidente que los tres guionistas del filme que nos ocupa y su director, Taika Waititi –que ya practicó en Lo que hacemos en las sombras (2014), el más conocido de sus cuatro largometrajes anteriores, algo similar–, han apostado por situar la comedia en primer plano.

Una comedia deudora en sus registros del Thor concebido en los años ochenta por el guionista y dibujante Walter Simonson, pero propulsada hasta extremos insolentes, autoparódicos, metanarrativos, que emparentan por sorpresa la película con la reciente Transformers: El último caballero. Thor: Ragnarok coquetea incluso en sus ocurrencias más temerarias con el Mel Brooks de Sillas de montar calientes (1974) y Máxima ansiedad (1978), con un espíritu anarquista que brinda todo su sentido al fragmento de diálogo con que se inicia esta crítica. Y, aunque Taika Waititi y su equipo accedan en última instancia a pagar los peajes expositivos y dramáticos que limitan la expresividad del cine superheroico actual, los transforman en detonadores de unas cuantas revoluciones argumentales. Nada que ver con el humor infantil de Thor y Thor: El mundo oscuro, ni con el gamberrismo pueril característico de Guardianes de la Galaxia y su secuela, que disimula la tendencia de las fábulas Marvel a imposibilitar cambios significativos para sus personajes.

En muchos casos, tales revoluciones ya habían sido plasmadas en los cómics. Pero Thor: Ragnarok las sincretiza con acierto en una sola historia, más absorbente aún por cuanto renuncia en buena medida a los guiños que tienden a menoscabar estos filmes para forzar sinergias con otros, y, en especial, las peripecias de Los Vengadores. Recogiendo el testigo de Loki en Thor y Malekith el Maldito (Christopher Eccleston) en Thor: El mundo oscuro, el villano que amenaza en esta ocasión el orden establecido de la ficción es Hela (Cate Blanchett), Diosa de la Muerte... y una hermana mayor que Thor desconocía tener. Lo interesante es que el apocalipsis que Hela aspira a desencadenar sobre Asgard se ve precedido por unas revelaciones con la autoridad moral suficiente como para trastocar por completo la idea que se tenía hasta entonces de aquel reino y los valores que representa.

El holocausto que trae consigo la deidad, su nihilismo –“nada tiene sentido, salvo…”–,  simboliza en realidad una catarsis, una resignificación para la condición asgardiana, que también afecta de lleno a Thor, al rol que desempeñaba en su comunidad. El superhéroe se verá sometido a una deconstrucción traumática –que incluye el clásico descenso a los infiernos como esclavo y gladiador para solaz de un tirano, el Gran Maestro (Jeff Goldblum)– y la alteración subsiguiente de sus poderes, su fisonomía y sus obligaciones. El recurso insistente –y facilón– al tema musical de Led Zeppelin Immigrant Song (La canción del inmigrante) trasciende la referencia al Dios del Trueno, siempre a caballo entre su mundo natal y la Tierra, para atañer a toda una civilización forzada ante cierta coyuntura a emprender el éxodo sin más equipaje que su memoria colectiva.

Es difícil no extraer de ello una lectura política de actualidad, cuyas resonancias se amplifican al desechar Thor: Ragnarok el sentimentalismo tóxico imperante en el cine comercial de hoy, ligado casi siempre al trauma familiar. Véase cómo son tratadas la desaparición de Odín (Anthony Hopkins), el primer encuentro de Hela con sus hermanos, o la reconciliación postrera de Loki y Thor; la formulación visual contribuye de manera decisiva a que el talante ácrata, descreído del filme –hasta que el derrumbe literal y metafórico de convenciones abre paso a formas renovadas de la épica–, sea convincente. En términos de puesta en escena y armonía entre sus aspectos técnicos, Thor: Ragnarok puede que sea inferior a los dos lances previos del superhéroe. Taika Waititi aboga por la mera funcionalidad de unas imágenes que abusan de actores sobreimpresos en plano medio a fondos virtuales, y en las que se producen disonancias entre efectos digitales y fotografía. Ello genera una sensación de monotonía que enturbia las dos horas largas de metraje, a pesar de la belleza puntual de algunos momentos: el desvelamiento de unos frescos ocultos bajo los que han acreditado desde tiempos inmemoriales la historia de Asgard, la evocación por Valkiria del aniquilamiento de sus pares a manos de Hela, la orientación final del trono de Asgard respecto de sus ciudadanos.

Es a nivel estético, lo referido a la banda sonora y el vestuario, la paleta cromática y los efectos de sonido, la interpretación de Jeff Goldblum y las tipografías, donde la película marca diferencias y hace honor al ánimo inconformista que pretende reclamar para sí. Thor bebía del pulp, del Flash Gordon ilustrado por Alex Raymond. Thor: El mundo oscuro, de los imaginarios románticos y posrománticos de la pintura del siglo XIX. Thor: Ragnarok prefiere mirarse en el post punk y la New Wave en boga durante la década de los ochenta, y su correspondencia cinematográfica más o menos rigurosa en títulos como Cielo líquido (1982), Las aventuras de Buckaroo Banzai (1984), Sueños radioactivos (1985) y Las chicas de la Tierra son fáciles (1988), en algunos de los cuales nos topamos con Goldblum.

Como tendencia cultural, la New Wave atemperó, hasta incurrir en una cierta desactivación, el escepticismo y la rabia consustanciales al punk, a través de una sensibilidad lúdica bajo la que latía el terror perenne de sentirse a escasos minutos de la medianoche nuclear: tintes y vestimentas estrafalarias, texturas chillonas propias de lo videográfico y los 8 bits, sintetizadores techno, luces de neón. Thor: Ragnarok es lo más parecido a la acracia lúdica de la New Wave que ha experimentado el Universo Cinemático Marvel desde que inició su andadura allá por 2008.

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