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HACIA LA LUZ

Escrito por Norberto Alcover
  • Producción
    Kumie / Comme des Cinémas / Kino Films / MK2 Productions (Japón-Francia, 2017)
  • Dirección
    Naomi Kawase
  • Guión
    Naomi Kawase
  • Fotografía
    Arata Dodo
  • Música
    Ibrahim Maalouf
  • Montaje
    Tina Baz
  • Distribuidora
    BTeam
  • Estreno
    17 Noviembre 2017
  • Duración
    101 min.
  • Intérpretes
    Masatoshi Nagase, Ayame Misaki, Tatsuya Fuji, Kazuko Shirakawa, Mantarô Koichi, Noémie Nakai, Chihiro Ohtsuka, Saori, Nobumitsu Ônishi

hacialaluz2Cuando la belleza escapa

            Una pastelería en Tokio era un film agradable pero impreciso. Su directora, la japonesa Naomi Kawase, ha llevado los postulados de tal película hasta el límite de sus propias ambiciones, tras la gestación larga y entusiasta de una historia que ella misma ha guionizado, organizado y dirigido. Se trata de Hacia la luz, que viene cosechando comentarios críticos desiguales, sin que nadie le quite esa ambición por dar con la relación exacta entre lenguaje visual y lenguaje escrito, médula del film. Y puede que también, por ahondar en la complejísima lejanía entre cine y palabra en el sentido más teórico que pensarse pueda. Pero es evidente que las intenciones programáticas de la realizadora nipona nunca se convierten en esa “historia fidedigna” que hace de la narración cinematográfica el sólido fundamento de cualquier intentona estética y hasta ideológica. Decimos desde el comienzo que la superabundancia de “encanto fotográfico” se pierde entre efectismos un tanto esteticistas y el naufragio de la historia contada. Y cuando esto sucede, el cine no perdona.

            Misako (una occidentalizada Ayame Misaki) es una especialista en audiodescripciones de películas para invidentes. En una de tales sesiones, conoce a Masaya (un hierático hasta el cansancio Masatoshi Nagase), un excelente fotógrafo camino de la ceguera total. Y entre ambos surge una extraña relación, muy oriental, de forma que Misako hace de “punto de apoyo moral” de Masaya y éste le inicia, casi sin pretenderlo, en el misterio del cine y de la fotografía. Ambos, a su vez, se permiten abrirse a los sentimientos, territorio al que se han cerrado por razones más o menos consistentes. La amargura japonesa se convierte en ira para Masaya, ira que Misako reciclará como desesperación tras la muerte de su padre. Así, a lo largo y ancho de relaciones tan profesionales como afectivas, pueden encontrarse juntos ante la contemplación de un paisaje primero fotografiado por Masaya y recogido admirativamente por Misako. Un final feliz que sin embargo no resulta definitivo, para cansancio nuestro.

            A lo largo de este entramado narrativo, que hemos intentado reorganizar para comprensión del lector, se nos propone, como ya indicábamos, la dificultad para no convertir en palabras el misterio de cualquier imagen cinematográfica, exactamente igual que el caso de la fotografía. Por la sencilla razón que la imagen oculta dimensiones sentimentales mientras que la palabra que intenta trasladarla a los invidentes nunca acaba por transmitir ese sentimiento. De tal manera que la imaginación de un invidente no estorbada por el icono concreto de la pantalla y solamente afectada por unas palabras prioritarias, será capaz de “organizar su imagen interior” precisamente con los materiales sentimentales de su espíritu.

            Muy interesante tal postulado, si bien la realidad artística siempre está sometida al “imperio de la vista”, del icono, salvo en el caso de la música, que sin embargo es capaz de madurar toda historia fílmica o fotográfica…pero tal reflexión se sumerge en un océano de “bellísimo” casi kitsch, o como ha apuntado algún crítico, en una suerte de comentario my new age, que acaba por saturarnos. A Naomi Kawase le viene muy grande, precisamente, contar en imágenes lo que previamente ha organizado por escrito en el guión. Un viaje al contrario del pretendido por Misako, en un giro que la misma realizadora no pretendía probablemente. Las buenas intenciones…

            Puede ser que el filme permanezca en la historia del cine como un ámbito en que las relaciones lingüísticas entre imagen y palabra intente ser verificada, puede. Pero nada más. Tanta intensidad como la dominante en el film, hasta agotarnos, solamente consigue atosigar al espectador que, sin poderlo evitar, desea que este viaje “hacia la luz” se torne algo más luminoso. Porque en la tercera parte del film se oscurece hasta el punto de sumirnos en un agobio intolerante. Otra vez será. 

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