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STAR WARS – LOS ÚLTIMOS JEDI

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    Star Wars: The Last Jedi
  • Producción
    Lucasfilm / Walt Disney Studios Motion Pictures (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Rian Johnson
  • Guión
    Rian Johnson
  • Fotografía
    Steve Yedlin
  • Música
    John Williams
  • Montaje
    Bob Ducsay
  • Distribuidora
    Walt Disney
  • Estreno
    15 Diciembre 2017
  • Duración
    150 min.
  • Intérpretes
    Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie, Kelly Marie Tran, Lupita Nyong'o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis

ultimosjedi2Segunda entrega de Star Wars en manos de Disney, casi tan mercantilista como la primera.

“Hoy os disparan ellos, mañana les disparáis vosotros… esto es un negocio”. La reflexión del mercenario y traficante de armas DJ (Benicio del Toro) escuchada en esta nueva entrega auspiciada por Lucasfilm y Disney de la saga Star Wars, pretende erigirse en comentario oscuro, adulto, acerca de los conflictos bélicos y los intereses pecuniarios latentes en ellos. Es un intento más, tan inconexo como casi todos los demás, por diferenciar, por avalar el arco argumental iniciado en Star Wars: Episodio VII - El despertar de la Fuerza (2015) y películas independientes como Rogue One: Una historia de Star Wars (2016) frente a las trilogías en apariencia más inocentes, en el fondo más diestras y honestas en su abordaje de lo arquetípico, producidas en los periodos 1977-1983 y 1999-2005 bajo el control personal de George Lucas.

Sin embargo, el apunte cínico de DJ atañe en última instancia, no tanto al carácter de la fantasía en que el personaje se imbrica –fantasía que jamás adquiere carta de naturaleza sostenible–, como a los condicionantes de producción de la misma, un mercantilismo que vuelve a ser difícil de soslayar. Star Wars: Episodio VIII: Los últimos Jedi no ofrece, en efecto, otra cosa que figuras de acción hiperactivas de un extremo a otro de la galaxia, situadas por convención en bandos opuestos, y cuyas refriegas no solo duran demasiados minutos –la película, borracha de sí misma, se alarga con altibajos notables de ritmo hasta las dos horas y media de metraje–, sino que amenazan con prolongarse durante muchos episodios y trilogías más, una vez alcanzado el cénit de la clonación dramática, de la nada expresiva.

Los últimos Jedi no es en cualquier caso una película tan perezosa como El despertar de la Fuerza, con la que su coguionista y director, el gestor de imaginarios J.J. Abrams, pretendió actualizar e impulsar hacia el mañana, por la vía de un remake desvergonzado de la seminal Star Wars: Episodio IV - Una nueva esperanza (1977), la trilogía más popular de la serie, origen de todo un emporio del merchandising y las licencias: la liderada por Luke Skywalker (Mark Hamill), Leia Organa (Carrie Fisher) y Han Solo (Harrison Ford). Poco se les permitía hacer en El despertar de la Fuerza a Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac), la nueva generación de rebeldes contra el Imperio Galáctico y su régimen sucesorio, la Primera Orden, más allá de deambular por un parque temático cuya única narrativa original era la referida a la corrección política imperante, tanto más estrafalaria cuanto menos armónica con un relato que, insistimos, no era sino simulacro de tal, destinado a reverdecer todo tipo de formas de consumo material y anímico para quienes tienen hoy entre 35 y 55 años –y, de rebote, sus sufridos retoños–, objetivos privilegiados del capitalismo al constituir parte sustancial de las pirámides poblaciones del Primer Mundo.

Gracias al fichaje como director del interesante Rian Johnson –Brick (2005), Looper (2012)–, Los últimos Jedi fluye con algo más de naturalidad que su predecesora. Aunque, como aquella, siga la plantilla de uno de los grandes clásicos de la saga –en esta ocasión tocaba Star Wars: Episodio V - El imperio contraataca (1980)–, los ecos y fantasmas perceptibles en sus imágenes no son tan obvios, y, en algunas escenas, hasta tienen razón de ser. La película, por un lado, enfrenta a Rey con Luke, que no quiere revelar a la joven los secretos de La Fuerza, y, por otro, sigue los intentos contra reloj de Poe y Finn por evitar que las tropas del siniestro Líder Supremo Snoke (Andy Serkis) aniquilen la flota estelar rebelde capitaneada por Leia Organa y Amilyn Holdo (Laura Dern).

Cuando hablamos de naturalidad en Johnson, nos referimos a su administración, no exenta de un humor peculiar, de signos, escenografías, un acervo familiar, así como a la elegancia que caracteriza algunas secuencias, como las que tienen lugar en la sala del trono del Líder Supremo Snoke, reminiscentes de La montaña sagrada (Alejandro Jodorowsky, 1973); el homenaje en un casino a Alas (1927); o el momento en que una nave espacial se fragmenta en blancos y negros abstractos cuando colisiona con otra que salta al hiperespacio. Pero, como texto en sí mismo considerado, Los últimos Jedi vuelve a ser profundamente insatisfactoria. Los personajes apenas pueden considerarse tales; en sus relaciones tratan de forzarse vínculos afectivos sin efecto convincente. Los diálogos entre ellos oscilan entre lo explicativo hasta el grado del sonrojo, la reiteración machacona de eslóganes –La Fuerza, El Poder del Amor, La Chispa de la Esperanza–, y el intercambio de aforismos dignos de cualquier libro de autoayuda. Las motivaciones y acciones de héroes y villanos se aprecian postizas, pendientes, sobre todo, de brindar una apariencia de sentido a lo que ocurre y satisfacer expectativas emocionales e ideológicas ligadas al feminismo, lo animalista o un misticismo antiilustrado. Las escenas en particular entre Rey y Luke en el planeta oceánico Ahch-To, donde el segundo hace vida de ermitaño, son una sucesión de contradicciones, absurdos, callejones sin salida y arbitrariedades. Dan cuenta ejemplar del esfuerzo titánico por facturar otro episodio obligado, visto el bajo nivel intelectual de los fans, a remitirse con modos casi literales a un determinado legado cinematográfico, y, al mismo tiempo, de elaborar alegorías que lo hagan proyectarse hacia algún lugar diferente.

En este sentido, la tensión entre la nostalgia por la Star Wars que representan La guerra de las galaxias, El imperio contraataca y Star Wars: Episodio VI - El retorno del Jedi (1983), y la posibilidad de escenarios inéditos como los que alumbró el propio George Lucas en los episodios I, II y III de la serie, es mayor en Los últimos Jedi que en El despertar de la Fuerza. Dicha tensión queda puesta de manifiesto con sorprendente explicitud cuando el villano Kylo Ren (Adam Driver) está a punto de ganar para su causa a Rey. Kylo es el personaje sin duda más sugestivo de la presente trilogía. Diríase que los responsables de la misma hubiesen volcado en él, con más o menos premeditación, sus miedos ante las críticas de que pudieran ser objeto por parte de una ciudadanía/público joven que asiste con cierto estupor a la pervivencia de un universo en el que, como sucede en la realidad, no tienen demasiadas oportunidades de prosperar, son meros convidados de piedra; incluso, cuando han tratado de recoger con gran esfuerzo el testigo de sus mayores, como sucede aquí con el mítico Darth Vader.

El resentido millennial Kylo, hombre joven cuya masculinidad es sometida a humillaciones incesantes por lugartenientes, superiores y enemigos, le ruega a Rey que deje de prestar atención a Siths y Jedis, a Luke Skywalker y Han Solo; le descubre la vulgaridad de su linaje, la ausencia de antepasados ilustres; y le alienta a forjar con él un relato independiente de lo ya escrito por otros. Kylo ejerce así la crítica más lúcida concebible contra la propia película y El despertar de la Fuerza, contra la brutal influencia en las últimas cuatro décadas del imaginario Star Wars, que la explotación impúdica de Disney está amplificando hasta niveles de distopía sociocultural. Y es sintomático que Rey, mujer aupada a la condición de heroína con cualidades regaladas, se niegue a coger su mano, lo que exigiría de ella un esfuerzo por conocerse, deconstruirse y redefinirse a sí misma. La joven prefiere lo viejo conocido, que al fin y al cabo ha rendido pleitesía a su presencia porque así se legitima y porque ella lo vale, antes que lo bueno por conocer.

Rey es el enésimo rostro humano intercambiable, la cara de ángel estereotípica, que precisa el mercado para perpetuar sus estrategias dominantes y que todo juicio al respecto de los haters suene a pulsiones condenables. Resulta inevitable extraer de la escena cumbre entre Kylo y Rey una lectura demoledora, no para galaxias muy lejanas, sino para la muy cercana que habitamos, relativa a la persistente criminalización pública de ciertos colectivos y el auge del feminismo de mercado; penúltimo cómplice oportunista, inmoral, de lo establecido.

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