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MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO

Escrito por Rubén de la Prida
  • Producción
    Gustavo Salmerón (España, 2017).
  • Dirección
    Gustavo Salmerón
  • Guión
    Gustavo Salmerón, Raúl de Torres, Beatriz Montañez
  • Fotografía
    Gustavo Salmerón
  • Música
    Mastretta
  • Montaje
    Raúl de Torres, Dani Urdiales
  • Distribuidora
    Caramel Films
  • Estreno
    15 Diciembre 2017
  • Duración
    90 min
  • Intérpretes
    Julita Salmerón, Gustavo Salmerón y el resto de su familia.

muchoshijos2Muchas risas, una abuela y un peliculón.

Hay muchos modos de retar a la muerte. Se le puede retar, por ejemplo, dialogando con ella mientras se juega una partida de ajedrez. Pero si se es una abuela entrañable y regordeta, pongamos por caso Julita Salmerón, lo mejor es llegar al duelo riéndose de ella. Y seguir comiendo pan como si no hubiera mañana, a pesar de los años y del sobrepeso. Con la referencia a la muerte, omnipresente en la cinta, comienza y termina Muchos hijos, un mono y un castillo, primer largometraje de Gustavo Salmerón. Un delicioso documental que, con la búsqueda de las vértebras de la bisabuela (¡!) como macguffin argumental, procede a la radiografía pormenorizada de una familia extraña y normal a la vez. Como todas.

Resulta imposible obviar las resonancias de este film con la obra maestra de Jaime Chávarri, El desencanto (1976). Ambas son un retrato de familia, con la madre como figura clave del relato. En ambas se desvelan, por parte de los propios miembros del clan, secretos inconfesables de la vida en común. Y, sin embargo, resultan tan opuestas en fondo y forma como la cara y la cruz de una moneda. Nada hay en la cinta de Salmerón del orden y la pulcritud de la puesta en escena con que Chávarri representó la putrefacción de la familia Panero. Julita y los suyos han vivido y viven en el puro caos, y así también confecciona su hijo Gustavo las formas de la película: saltando continuamente entre los tiempos y los formatos. Un desorden voluntario que transmite, sin embargo, una gran sensación de libertad, como la que tiene Julita, que dice lo que le da la real gana en todo momento. Libertad que se traspasa al público de modo inmediato y como por ósmosis, y lo prepara para la carcajada. El crítico que suscribe estas líneas no recuerda haber oído reír tanto, ni tan alto, en una sala de cine. Eso sí, sospecha también que será difícil que la película se entienda fuera de nuestras fronteras. Bien es cierto que regresó de los Festivales de Karlovy Vary y de Hampton con sendos premios al mejor documental debajo del brazo. Pero se trata de un hecho que resulta un tanto sorprendente, teniendo en cuenta que pertenece a un género genuinamente español: el esperpento. Un esperpento muy peculiar, eso sí. Amén de auténtico, porque sospechamos que poco hay de postizo en la actitud vital que muestran Julita y toda su tribu. Los Salmerón han decidido no esconder nada, aceptarse como son, con sus rarezas y sus genialidades. Convirtiendo, si es menester, lo doloroso y lo incómodo en grotesco, pero sin ocultarlo debajo de la alfombra. Es esta posición ante el propio destino, ante la vida y la muerte, la que sitúa el fondo de Muchos hijos… en la antítesis del engaño existencial por el que Felicidad Blanc y los suyos habían optado, y que mostraban sin rebozo, como quien exhibe un trofeo, en El desencanto.

El collage de Salmerón, entrañable y crítico a un tiempo, llega justo a tiempo para cerrar el año con una de las mejores obras que ha dado nuestro cine en 2017. Una labor de muchos años –catorce en concreto– en la que se percibe de continuo que, por todo motor, subyace la ilusión por un proyecto artístico, y la pasión por el buen cine. Ningún interés por hacer caja, ni por contentar al público. El arte por el arte, auténtico y fresco. Solo queda esperar que Salmerón siga la senda autoral que confirma con esta película, y nos dé muchos más hijos cinematográficos. Aunque sean sin mono y sin castillo.

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