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WONDER WHEEL (LA NORIA DE CONEY ISLAND)

Escrito por Norberto Alcover
  • Titulo Original
    Wonder Wheel
  • Producción
    Gravier Productions / Amazon Studios (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Woody Allen
  • Guión
    Woody Allen
  • Fotografía
    Vittorio Storaro
  • Montaje
    Alisa Lepselter
  • Distribuidora
    A Contracorriente
  • Estreno
    22 Diciembre 2017
  • Duración
    101 min.
  • Intérpretes
    Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, James Belushi, Max Casella, Michael Zegarski, Tony Sirico, Marko Caka, Jack Gore, Dominic Albano, Evin Cross, Debi Mazar, Brittini Schreiber, Geneva Carr, Steve Schirripa, Matthew Maher

wonder2El genio narrador 

            Hace tantos años, cuando contemplamos Annie Hall y su acceso al Nueva York de nuestros sueños, descubrimos tres realidades ínsitas al pequeño judío que llegaba hasta nosotros más allá de sus entusiasmos cómicos y casi cínicos: inteligencia en los guiones, maestría para dirigir actores y sobre todo actrices, pero muy especialmente, capacidad narrativa hasta límites insospechados. Recogía, así, la mejor escuela norteamericana, basada en contar, contar y contar historias de vida para que los espectadores empatizaran con ellas, y sintiéndose copartícipes de tales historias por obra y gracia de la modélica narración: sutil siempre, juego fascinante mediante la planificación y un montaje de alta calidad, capaz de relacionar los planos de forma tan espontánea como científica. Siempre la cámara en su lugar como si guión e imágenes estuvieran coordinados desde el comienzo de los tiempos. Y toda la cultura civil judía descargada en tales imágenes para la imaginación, según feliz expresión del maestro Villegas López. Contra lo que solemos opinar, en absoluto un cine intelectual, solamente historias inteligentes, extraídas de la vida cotidiana, y concentradas de forma que parecían las nuestras. Un realizador, un guionista, un hombre como testigo histórico. Desde Annie Hall, hasta Esa mujer o la magnífica Blue Jasmine, que anunciaba, en 2013, la maravilla a la que nos aproximamos en este momento.

            Allen vivió su infancia muy cerca de Coney Island, el enorme parque de atracciones en que conviven personas, tiovivos, restaurantes de todo tipo, grutas para gritar de pánico, y una gran noria que lleva por título el mismo que la película: Wonder Wheel. Desde ella, jamás quieta en sus rotaciones de ida y de vuelta, Allen contempla nuestra vida en la vida de los años 50 norteamericanos. Guerra fría dominante, un cierto low cost en los hábitos, pero sobre todo un histrionismo de medio pelo en las costumbres familiares y amigables, todos los partícipes de que un tiempo se acaba para lugares como el que nos acoge. En este ámbito mediocre ya, entre la playa enorme y la ciudad, una pareja de divorciados sin sentirse felices, el gordo y rabiosamente bonachón Humpty (perfecto Jim Belushi) y la madura pero deseosa de triunfar Ginny (excelente Kate Winslet), comparten la vida con el hijo de ella, un adolescente pirómano de nombre Ritchie (discreto Jack Gore) y desde el comienzo del film con la hija de él, una Carolina pizpireta y un pelín desubicada (Juno Temple, espléndida), huyente de su marido, un pequeño gángster que la maltrataba. A este grupo familiar, tenemos que añadir un personaje muy querido para Allen, el narrador pero también protagonista del embrollo, Mickey (respetable Justin Timberlake), quien acabará por tener relaciones afectivas con Ginny pero más tarde con Carolina, desatando todas las pasiones en juego. Mientras Ritchie, como puntuando el film, provoca hogueras una y otra vez en los lugares más imprevisibles (el hall de la psicóloga), y Mickey nos narra sin énfasis alguno la confrontación de las hirsutas pasiones inevitables, la noria sigue girando como la vida misma, como si todo fuera un torrente que todo lo arrasa para que todo siga exactamente igual. En la secuencia conclusiva, Humpty le pregunta a Ginny: “¿Vienes a pescar el lunes?”, como si nada de nada hubiera pasado, y ésta le responde casi sin mirarle: “No me gusta pescar”, la misma frase que se ha repetido continuamente a lo largo del filme.

            Ruidos, silencios, pánico a la bebida, descontrol familiar, juergas de matrimonios de medio pelo, ese olor a mediocridad material y espiritual que recorre los USA del momento histórico en cuestión, como si el destrozo internacional se mostrara en el destrozo nacional de un país sin cuajar que pretendía, como los personajes del film, mucho más de lo que podía soñar. Allen sabe cómo re-presentar en imágenes tal disociación personal y social mientras, en los 50, las películas bélicas abundaban y los melodramas nos dejaban exhaustos, sin olvidar los divertimentos de la gran comedia de los maestros, Marilyn a la cabeza. Allen, insistimos, es un viejo mago que resucita fantasmas. Los fantasmas de la mediocridad.

            Todo lo anterior huele muy mucho a Tenesse Williams y al maestro O’Neill, con referencia muy específica a Un tranvía llamado deseo. Escenografías sudorosas, y relaciones enfermizas, pasiones nunca satisfechas, sueños del todo rotos, y buenos sentimientos convertidos en dramas insuperables. Con poco dinero. Con gritos por la hartura. Pero sobre todos, mostrada magistralmente en el caso de Ginny, la mujer que soñó en interpretar y se ha quedado sirviendo copas en una mugrienta cafetería de Coney Island. Una Ginny que, en el colmo del delirio, se pondrá de nuevo las piezas de bisutería mediocre para intentar violentar el sobrevenido desamor de Mickey. Porque todo en este baile de mentiras es fugaz. El juego, el amor, las pasiones, ilusiones y torturas, presentes y pasados. Ya lo escribíamos: el tiovivo que todo lo preside es el símbolo de la vida alrededor, y de la vida misma. Solamente Carolina, que desaparece, y Mickey, que se automargina del grupo, consiguen sobrevivir a esa aniquilación global. Ritchie, por su parte, seguirá montando hogueras, porque lo lleva en su ADN, lo suyo es quemar, destruir, devorar, para superar su propia autodestrucción. Al final, una invitación a pescar y una solemne negativa como respuesta. Un no rotundo de la pareja inicial.

            Allen se complementa perfectamente con su última estrella técnico/artística, que es el, quizás, mejor fotógrafo del momento, Vittorio Storaro. Los planos montados en sincronía para adquirir una narración tan fluida como densa (la función cinematográfica de los diálogos), adquieren la belleza existencial necesaria por obra de una iluminación sensibilísima pero sin llamar la atención. Se trata de “iluminación para y desde la vida”, sin insistencias y enfatismo innecesarios. Allen, así, consigue un film realista pero nunca naturalista, porque la realidad es sublimada desde su adentro por la luz y la fotografía. Recordemos al Storaro de Apocalipsis Now, un film de realismo implacable pero trascendido por la luz desde los helicópteros asesinos. Todo en esta película sabe a quien la ha coordinado en pantalla pero previamente la escribiera en papel u ordenador. Allen es tan bueno al engendrar guiones como al realizarlos audiovisualmente. Esta dominación de sus films, le hace y le seguirá haciendo responsable de maravillas como ésta y de mediocridades como los films dedicados a ciudades por el placer de rodar un título por año, como rutina necesaria, como él mismo dice: “Solo me distrae e interesa trabajar”. El cine es la patología incurada e incurable de este esclavo del psicoanálisis, jamás satisfecho de sí mismo. Este filme lo explica todo. 

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