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THE DISASTER ARTIST

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Good Universe / New Line Cinema / Point Grey Pictures / RabbitBandini Productions / RatPac-Dune Entertainment (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    James Franco
  • Guión
    Scott Neustadter, Michael H. Weber según el libro DE Greg Sestero, Tom Bissell
  • Fotografía
    Brandon Trost
  • Música
    Dave Porter
  • Montaje
    Stacey Schroeder
  • Distribuidora
    Warner
  • Estreno
    29 Diciembre 2017
  • Duración
    106 min.
  • Intérpretes
    James Franco, Dave Franco, Alison Brie, Josh Hutcherson, Seth Rogen, Zac Efron, Sharon Stone, Bryan Cranston, Kate Upton, Hannibal Buress, Jacki Weaver, Nathan Fielder, Jerrod Carmichael, Zoey Deutch, Kristen Bell, Lizzy Caplan, Megan Mullally, Jason Mantzoukas, Adam Scott, Eliza Coupe, J.J. Abrams, Tommy Wiseau, Melanie Griffith, Judd Apatow, Christopher Mintz-Plasse, Zach Braff, Randall Park, Greg Sestero, Bob Odenkirk

disaster2James Franco celebra el filme de culto The Room y, de paso, a sí mismo.

En el momento de escribir estas líneas, el estadounidense James Franco estaba a punto de cumplir cuarenta años. Y con esa edad, que permite pensar en muchos años de actividad aún por delante, acumulaba ya en la célebre base de datos virtual sobre cine IMDb ciento cuarenta y seis créditos como actor, sesenta y siete como productor, y treinta y ocho como director. Incluso si quien nos lee es un cinéfilo irredento o un fan de Franco, le resultará prácticamente imposible abarcar dicha trayectoria, típica de alguien que careciese de filtros a la hora de involucrarse en proyectos.

Y eso es exactamente lo que sucede con Franco: se trata de un tipo desprejuiciado y prolífico, que no solo se atreve a todo, en una carrera marcada por la prueba y el error, la experimentación y el tanteo, que engloba también las artes plásticas y la escritura; sino que, además, tiende a hacerlo siempre buscando la camaradería, la complicidad, con sus colaboradores, que en el cine incluyen a su hermano pequeño Dave, Seth Rogen, Evan Goldberg, Brandon Trost...

Con ellos y más sospechosos habituales, Franco está alumbrando desde hace unos años un cine de colegas, con rasgos muy generacionales, en el que lo relevante estriba en pasar un buen rato, disfrutar de una creatividad proteica que no establece fronteras entre lo amateur y lo profesional, entre los aficionados a las películas y quienes las producen; y en la que resultan esenciales los lazos amistosos de intensidad casi familiar que se suscitan, el valor de la cultura como manifestación orgánica de la vida.

Franco no es el único caso de esta filosofía en el seno del Hollywood reciente, que concede a lo artístico y el trabajo la importancia justa. Véanse los precedentes de Quentin Tarantino y Kevin Smith, o la tendencia que vino a denominarse Nueva Comedia Americana, que celebró su ocaso en Juerga hasta el fin (2013); entre los protagonistas de aquella gamberrada polifónica se contaba precisamente James Franco, que hacía burla –y, por lo tanto, enmarcaba y controlaba– su imagen mediática como tipo de atractivo casual, con un porro en una mano y, en la otra, un puñado de cuartillas atravesadas por reflexiones bienintencionadas sobre su labor y la existencia.

Este último dato es significativo al afrontar la crítica de The Disaster Artist, guión de Scott Neustadter y Michael H. Weber basado en un libro de Greg Sestero y Tom Bissell, que Franco lleva a su terreno. El libro y, lógicamente, la película rememoran el encuentro en puertas del siglo XXI de Sestero, actor ocasional –interpretado en pantalla por Dave Franco–, con Tommy Wiseau (James Franco), una de las personalidades más estrambóticas, esquivas y narcisistas que se pasearon por Los Ángeles durante aquella época. Sestero fue testigo privilegiado de los esfuerzos ímprobos de Wiseau por hacerse un hueco en la industria del cine poniendo en pie The Room (2003); un filme por el que llegó a creer que sería nominado a los Oscar, aunque se trate de un bodrio sin paliativos, un drama sobre el amor y la infidelidad tan chapucero y ridículo como para que muchas de sus secuencias funcionen en clave de humor hilarante.

La paradoja estriba en que Wiseau sí ha gozado con el tiempo de cierto reconocimiento, si bien en el ámbito de las proyecciones de madrugada, la cinefilia iconoclasta de Internet, y el regocijo cómplice con su película en veladas caseras. The Room devino así fenómeno de culto, a contracorriente, en unos tiempos de ansiedad, marcados por el 11-S y la Guerra contra el Terror, en los que la extravagancia, la alienación respecto de unos constructos paranoides de lo real, no podían ser sino bienvenidas.

En sintonía con esa apropiación popular de The Room, The Disaster Artist es una película que se acoge en apariencia a los códigos del cine biográfico liviano de moda, con su moraleja –conviene dar rienda suelta al buen salvaje que anida en nosotros–; su progresión narrativa lineal, que culmina en un clímax emotivo y los rutinarios cartelitos informativos finales sobre lo ocurrido a los personajes tras lo reflejado en la ficción; y su sucesión de anécdotas pintorescas y dramáticas acerca de la filmación de The Room y la relación agridulce entre Greg Sestero y Tommy Wiseau, hilvanadas con eficiencia digna de un software o un máster sobre escritura de guiones.

Pero, como ponen de manifiesto las declaraciones jocosas de Franco en torno a los parecidos de su realización con las graves Boogie Nights (1997) y The Master (2012) de Paul Thomas Anderson, el prólogo que componen en su filme las declaraciones entusiastas sobre The Room por parte de personalidades reales, su composición de Wiseau y la mirada sobre ella de los restantes personajes/actores, y la comparativa durante los títulos de crédito finales de escenas varias de The Room con su réplica en el seno de The Disaster Artist, esta última es, sobre todo, una celebración. Un ejercicio fílmico de sing-along, de imitación entusiasta de los tropos por los que una personalidad y una película han calado en una determinada parroquia. En este sentido, The Disaster Artist es tan amena, tan placentera, como extrañamente hueca y hasta insensible hacia Wiseau: nunca se nos brinda como espectadores la oportunidad de asomarnos a los misterios que rodean su identidad y sobrevolaron The Room, los misterios que sobrevuelan nuestra propia identidad. La película de Franco se adscribe a la cultura del evento que vivimos, inquieta ante lo que pueda descubrir de sí misma al abismarse en una ficción, por lo que prefiere ensordecerla y ensordecerse a sí misma con los cánticos del festejo.

Al homenajear The Room, Franco y sus colegas se homenajean ante todo a sí mismos: su idea de las interacciones personales y el hecho fílmico, su heterodoxia controlada, y, por qué no decirlo, su talante posibilista. Cuando The Disaster Artist apuesta por un Wiseau sin escrúpulos, capaz con tal de ocupar un lugar en el sol de vender como comedia lo que había concebido como drama –última de las muchas estrategias con las que ha pretendido llamar la atención de la comunidad cinematográfica–, nos situamos muy lejos en espíritu de un título con el que muchos críticos han ligado el presente: Ed Wood (1994), la fábula biográfica de Tim Burton sobre “el peor director de todos los tiempos”.

Aunque Burton también rendía tributo sublimado a su personalidad como cineasta a través de su retrato romántico de Ed Wood, hacía en todo momento del cine y sus abismos el alfa y el omega del personaje y de sus propias inquietudes. The Disaster Artist prefiere centrarse en las satisfacciones individuales y colectivas, la ceremonia del bienestar, el postureo –más lúdico que cultural– hoy en auge a costa del uso y el abuso del medio. Resulta curioso que en la película, como sucedía en su modelo, se perciba una inquietud obsesiva por lo que representa la traición a personas e ideales, cuando, para cumplir con la penúltima etapa de su filosofía vital y creativa, para revalidar ciertas cualidades como artista y figura pública, James Franco ha sacrificado en el altar de The Disaster Artist al Tommy Wiseau de The Room. Su carta de amor, como todas, es un canto a su propia retórica.

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